La portada de sensibilidad discutible que recuerda una máxima: politizar asuntos es 'deporte nacional'

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Portada de El Mundo del miércoles 15 de abril.
Portada de El Mundo del miércoles 15 de abril.

Si antes de la pandemia politizar posturas sobre determinados asuntos, decisiones, opiniones e incluso noticias era deporte nacional en España, en tiempos de coronavirus esta práctica está viviendo una época de esplendor.

Han sido varias las portadas recientes que han aparecido en los medios de comunicación escritos en papel e internet que han ahondado en diversos temas que reflejan el drama de las víctimas, la heroicidad de los sanitarios, los miedos de la sociedad, los actos de solidaridad… La cantidad de historias que el periodismo está generando cuenta con una variada gama de tratamientos: los hay magistrales, insubstanciales, amarillistas, tremendistas, prudentes, escalofriantes… De esta manera, la realidad entra por nuestros ojos con imágenes y textos que muestran un momento histórico que jamás olvidaremos.

Tanto contenido da para muchos debates. La ética periodística es uno de ellos, es decir, los límites información y responsabilidad social; otro es el escepticismo sobre qué medio está detrás de qué noticia, historia o reportaje, y qué intenciones tiene al transmitirla, si demonizar al Gobierno o a la oposición, defenderlos etc. Es en ese punto donde el trabajo de los periodistas cuya única intención es ser fieles con la verdad y reflejarla de la manera más objetiva posible se pierde en una maraña de decisiones y juicios de valor que entretienen y desenfocan el verdadero sentido de una profesión que simplemente busca contar lo que sucede.

Trabajador en un mortuorio de Bélgica durante la crisis de Covid-19. REUTERS
Trabajador en un mortuorio de Bélgica durante la crisis de Covid-19. REUTERS

El fotoperiodista, Alberto Di Lolli, y el reportero, Rodrigo Terrasa, cubrieron una historia en El Mundo donde contaron cómo es una jornada de guardia en una ambulancia que recorre Valencia, “una ciudad paralizada por la pandemia y atrapada por el miedo”. Lo que es una labor periodística de manual, es decir, conseguir los permisos para acompañar a los sanitarios, convencerlos para que su identidad sea revelada, tener el visto bueno de los pacientes y sus familiares para retratar un momento tan íntimo como el dolor, observar, poner en riesgo su salud, exponerse a dramas personales muy complicados, etc, se acabó convirtiendo en un imán de críticas de diferentes sectores y en una lucha de bandos.

Las redes sociales, especialmente Twitter, están siendo la plataforma donde se exponen los argumentos de un asunto que nace del sentimiento periodístico, continúa en las decisiones editoriales y se difumina en la polémica.

Lo hay que defienden el reportaje y a los profesionales que lo han ejecutado, pero luego critican a los editores por la foto elegida en la portada y el titular seleccionado. “La portada es otra cosa. Porque no depende de quién hace el reportaje ni es quién elige la fotografía. Porque la portada es editorial, porque no pretende hacer periodismo, sino política. Que es a lo que se dedica Francisco Rosell y el resto de plana mayor del periódico”, aseguró el periodista y autor, Antonio Maestre, en otro tweet refiriéndose al director de El Mundo.

Maestre habla de la fotografía de la portada del miércoles 15 de abril, donde aparecen dos sanitarios que certifican la muerte de un hombre fallecido por coronavirus, una instantánea que para muchos es de una falta de sensibilidad manifiesta que podría haber sido evitada por responsabilidad social, para otros una realidad que necesita ser mostrada, mientras que para algunos es una manera de politizar la pandemia, de recordar al Gobierno “las consecuencias de los errores que han cometido” durante esta crisis sanitaria y económica.

Estos son tan solo algunos de los ejemplos de cómo ha sido recibido el reportaje por un medio que algunos tildan de ecuánime y otros de partidista. El sentido crítico de muchos de los usuarios se estanca en la ideología y a partir de ahí, todo lo demás. Son muchos los episodios relativamente recientes en los que la actuación de los responsables mediáticos a la hora de contar historias - con intención política o sin ella - han servido de caldo de cultivo para la opinión pública de cada bando salte en defensa de lo que le conviene. Los que se quejaban de la crudeza del tratamiento en determinados medios del Prestige (petrolero que provocó uno de los mayores desastres naturales en España en 2002 y que sacó los colores al Partido Popular), ahora ensalzan reportajes de portada como el de El Mundo. Y viceversa, los que alababan las afiladas investigaciones y las sensibles imágenes de la catástrofe medioambiental provocada por una fuga de 77 mil toneladas de petróleo en las costas gallegas, ahora se quejan del sensacionalismo del reportaje que incluye la imagen de un fallecido en la portada.

Incluso las imágenes que llegan desde Ecuador, Italia o Estados Unidos (concretamente desde Nueva York), donde se ven cadáveres siendo quemados en la calzada, apilados en las aceras o fosas comunes, no han sufrido el filtro político que imágenes similares han tenido en España. El bucle polarizador como hobby antes y durante la cuarentena; algo que continuará.

Y al final, perdido en la vorágine de bandos afines a dos polos opuestos (donde se incluyen editores, directivos y público), el trabajo de dos periodistas cuya única misión es contar lo que ven durante una jornada que antaño estaba reservada para los reporteros de guerra desplazados lejos de su tierra y ahora cuentan a la vuelta de la esquina de sus casas. Escondido también entre la polémica lo que verdaderamente importa y que nada tiene que ver con las necedades de unos partidos y de otros: el drama humano que tanto preocupa y que no puede quedar en una mera estadística.

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