El coronavirus demuestra que prohibir parece la única solución, pero ¿dónde está el límite?

Donald Trump ha protegido más sus fronteras que a sus ciudadanos. REUTERS/Kevin Lamarque


La disciplina está siendo una de las claves para combatir la propagación del coronavirus en países como China, Singapur, Corea del Sur o Taiwán. Esa es la razón fundamental del porqué la famosa curva es más estable allí que en Estados Unidos, España, Italia o Francia. En las naciones orientales, las medidas desde el comienzo de la pandemia se aplicaron por ley, nada de recomendaciones a la población. Saltarse el confinamiento, evadir la cuarentena tras sortear la tecnología punta con la que controlan a la ciudadanía (geolocalizadores en el celular, pulseras y hasta envíos diarios obligatorios de temperatura) supone un enfrentamiento con unas autoridades a las que no les tiembla el pulso a la hora de reprender la irresponsabilidad con multas exageradas e imposibles de asumir, con agresiones a los infractores y con penas de cárcel que en muchos países occidentales serían vistas como desproporcionadas. 

Si hay algo que está demostrando esta pandemia es que, en muchos lugares, cuanta más libertad tienen las sociedades, mayor es la propagación del virus. Hay varios ejemplos que sostienen este hecho. En Australia, por ejemplo, el Gobierno de Scott Morrison recomendó a la ciudadanía que mantuvieran la distancia de seguridad y prohibió eventos públicos en los que hubiera 500 personas o más. Al día siguiente de sus palabras, la icónica playa de Bondi Beach en Sídney recibió a miles de personas que acudieron a disfrutar de una jornada de sol. Un día después, tras reprender a los que fueron a la playa, el primer ministro anunció que las cerraría junto a algunos parques para evitar aglomeraciones de gente. 

No es el único país en el que la población se deja llevar por la tentación. En Reino Unido, un día soleado es tan inusual como deseado por los británicos. El pasado fin de semana, el buen tiempo dejó una estampa que hubiera sido imposible de ver en los países orientales. Alrededor de tres mil personas decidieron acudir a un parque ubicado en Lambeth, al sur de Londres para tomar el sol. La consecuencia de tal irresponsabilidad fue que ahora el Gobierno está planteándose endurecer las medidas de confinamiento, que hasta el momento permite a los ciudadanos salir a pasear o a hacer deporte, pero no a reunirse con amigos en un parque. 

España no se queda atrás. Una periodista de El Comercio de Gijón, publicó en Twitter que el centro de la ciudad “parecía una romería” por la cantidad de gente que estaba realizando gestiones. Incluso con la llegada de la Semana Santa, varias localidades españolas están indignadas ante la potencial llegada de ciudadanos que tienen segundas viviendas en lugares costeros, de montaña o en otras ciudades. Las fuerzas de seguridad están realizando controles para impedir que las personas que no hacen caso a las recomendaciones (y normas) e intentan buscar excusas para acudir a otros lugares, paguen por ello. Un claro ejemplo de este tipo de actitudes sucedió en los compases iniciales del estado de alarma, cuando muchas personas comenzaron a marcharse de las grandes ciudades a lugares más retirados e incluso se pudieron ver instantáneas de restaurantes llenos de gente que desoyeron las encarecidas recomendaciones del Gobierno. Las medidas debieron endurecerse para evitar ese tipo de irresponsabilidades. 

Es así como pagan justos por pecadores, por pura necesidad, porque siempre hay alguien dispuesto a mirar por su propio interés en lugar de por el general. Por eso, en muchos países, la opción es la de extender una medidas rígidas que eviten el riesgo a la irresponsabilidad. La consecuencia es un alargamiento del confinamiento hasta que la contención del virus sea suficiente como para permitir licencias y libertades a los ciudadanos. Los países más autoritarios están teniendo más éxito a la hora de controlar a la ciudadanía y al virus que los más laxos, aunque los últimos se estén poniendo las pilas cada vez más. Sin embargo, hay una cuestión en este maremágnum de nuevas leyes y prohibiciones que preocupa a algunos expertos. ¿Están aprovechando determinados Gobiernos el control que están teniendo sobre los ciudadanos para reforzar su autoritarismo? 

Varios países, como Francia, han sacado a sus militares a las calles. REUTERS/Christian Hartmann

En EE.UU. el coronavirus sirvió para reforzar los controles fronterizos que tanto ansió la Administración de Donald Trump, pero los vuelos nacionales siguen llenando el espacio aéreo y el continuo movimiento de población permanece. En Israel, Singapur, Taiwán, China o Corea del Sur, la crisis del Covid-19 les ha dado la excusa de rastrear los movimientos de las personas a través de los teléfonos celulares. En Irán, el Gobierno ha desplegado fuerzas de seguridad en todo el país para limpiar las calles de personas, cueste lo que cueste. En Hungría, su presidente, János Áder, que ha construido su carrera política sobre la demonización de los inmigrantes llegó a afirmar que había un “claro vínculo” entre los inmigrantes y el coronavirus. En Turquía, los bares, clubes nocturnos y bibliotecas han cerrado por temor al coronavirus, pero los centros comerciales, tiendas y restaurantes siguen abiertos, en una reacción atípica si no fuera por el carácter islamista conservador del Gobierno.  

Salvo algunas excepciones como Australia o Nueva Zelanda, con medidas de confinamiento laxas que se basan en la responsabilidad de una ciudadanía que en líneas generales está cumpliendo, los números demuestran que cuanto más rígidas son las medidas de confinamiento y actividad, más se reduce la propagación del virus, pero ¿a qué precio? ¿Puede ser el coronavirus y la irresponsabilidad de la ciudadanía una excusa para tomar medidas excesivas?

Los límites ante esta nueva realidad no están claros y tan sólo queda ver cuál es el mundo que quedará cuando todo pase. 

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