La picaresca española es el sambenito de una sociedad que está demostrando su responsabilidad

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Una mujer en La Coruña muestra su imagen más positiva durante el confinamiento. (Getty Images)
Una mujer en La Coruña muestra su imagen más positiva durante el confinamiento. (Getty Images)

España está viviendo uno de los confinamientos más severos del mundo después de más de 40 días en los que salir de casa se reduce a mínimos imprescindibles. Se cumple a regañadientes, con capacidad crítica y con la sensación de estar siendo unos niños castigados sin salir por la desconfianza de los padres; pero se cumple, y se hace con ejemplaridad, por responsabilidad social o porque las multas las sirven calientes. En líneas generales, se acepta y se asume la realidad con el deseo de que sirva para que pronto se regrese a la cotidianidad más normal posible.

El riguroso encierro que se está viviendo en el país no tiene nada que ver con las medidas laxas de otras naciones en las que los Gobiernos permiten a su ciudadanía realizar determinadas actividades con una responsabilidad vigilada aunque de manga ancha. Mientras que la estrategia en España ha sido la de cortar por lo sano de manera radical, en otros lugares han optado por prohibiciones paulatinas que han dado tiempo a su ciudadanía a ir digiriendo cada cambio. Será por el lujo de no tener unas cifras de contagiados y fallecidos tan estratosférica. Por contar con territorios más controlables. O quizás porque las decisiones no llegan exclusivamente desde la cúpula sino del consenso entre gobernantes y oposición, y la ciudadanía las acoge con más confianza. Todo puede ser, sin embargo, a fin de cuentas, en otros países la confianza en la población es mayor que la que existe en España.

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La picaresca es el sambenito español y esto significa que se da por hecho que al que le dan la mano siempre acaba agarrando el brazo. Ahora, con la primera apertura social de envergadura sobre la mesa y con fecha de ejecución, es el momento de demostrar que la generalidad social tiene la misma responsabilidad bajo medidas extremadamente estrictas que ante el atisbo de apertura que se viene. Los niños podrán salir de casa, con condiciones, a partir del 27 de abril. Será entonces cuando la confianza de gran parte de la sociedad española se ponga a prueba. Habrá de todo, porque 47 millones de habitantes dan para mucho y si hubo insensatos que el 14 de marzo trataron de marcharse a sus segundas residencias como si estuvieran de vacaciones, también habrá otros que estiren el chicle de la confianza y no sólo agarren el brazo, sino el cuello y hasta la coronilla, pero es el común de la ciudadanía lo que cuenta, no las excepciones más vergonzosas.

La flagelación española existe y queda sellada en piedra con expresiones como “tenemos lo que nos merecemos”, “los gobernantes son el reflejo de nuestra sociedad” o “España es un país de pandereta” entre otras. ¿Acaso esa cualidad o defecto es únicamente ‘made in Spain’? ¿Es que en otros lugares no sucede lo mismo?

Parque londinense con gente que hizo caso omiso a las recomendaciones el 5 de abril. (Getty Images)
Parque londinense con gente que hizo caso omiso a las recomendaciones el 5 de abril. (Getty Images)

Lo que en España son prohibiciones durante la pandemia, se convierten en recomendaciones en otros lugares. En algunos puntos de Reino Unido, la población está haciendo caso omiso a las sólidas sugerencias de no acudir a los parques con los niños y, por supuesto, quedarse en casa a no ser que sea estrictamente necesario. La respuesta de parte de la ciudadanía es la contraria, y los parques muestran una estampa poco acorde con la realidad de un país al alza en número de contagios y fallecimientos por coronavirus.

Australia es una de las naciones en las que el Gobierno está depositando más confianza en su ciudadanía. Las cifras están contenidas y la responsabilidad social, en líneas generales, brilla por su presencia. A pesar de ello, siempre hay personas que interpretan las recomendaciones y medidas a su antojo. Aunque, además de para gestiones esenciales, solamente se puede salir a la calle para hacer ejercicio, las autoridades pasean por los lugares más tentadores para hacer picnics o tirarse a la bartola. El flujo de personas que, eso sí, de dos en dos como dicta la normativa - a no ser que sean familiares o amigos que viven bajo el mismo techo - se aventuran a hacer creer que están haciendo ejercicio cuando lo que realmente hacen es tomar el fresco es constante. De hecho, hace un mes tuvieron que cerrar las playas más concurridas porque la población hizo caso omiso a la recomendación de no formar parte de aglomeraciones que servían de potencial foco de contagio. Incluso en Suiza hubo parques naturales repletos de gente haciendo senderismo durante los días soleados de la semana pasada.

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En ninguno de estos países se está viviendo un confinamiento tan férreo como el de una población española que está demostrando estar a la altura de las circunstancias. Con dolor, con dificultad y con frustración, pero con responsabilidad y la mejor cara posible. Con estrategias para seguir conectando a nivel emocional con los seres queridos y vecinos. Con mayor bondad, alerta cuando se sale a hacer la compra, pero respetuosos con los trabajadores y conciudadanos. Se podrá discutir si los españoles están cumpliendo el confinamiento con más rigor o si están sufriendo el encierro más riguroso, pero lo que está claro es que, como sociedad, el nivel de concienciación es mayúsculo, la capacidad de sacrificio es inconmensurable, y la solidaridad y compromiso están siendo una parte fundamental de su carácter. Será que habrá que fijarse en las virtudes de la sociedad española más que en los defectos, y no como medicina anti-complejos o como ejercicio para hacernos sentir mejor; sino porque hay razones de sobra para estar orgullosos de la manera en la que se está lidiando con el momento más trágico e incómodo de los últimos 81 años.

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