Influencers, ¿el trabajo soñado o una falsa libertad con riesgos irreversibles?

Gonzalo Aguirregomezcorta
·7  min de lectura
Ibai Llanos es uno de los influencers más reconocidos de España. (Getty Images)
Ibai Llanos es uno de los influencers más reconocidos de España. (Getty Images)

Ejercer una profesión y, además, disfrutarla es una suerte que sólo tiene una ínfima parte de la población. Aun así, cuántas veces hemos escuchado o incluso pronunciado comentarios como: “me encanta mi oficio”, “el tiempo se me pasa volando en el trabajo”, “adoro tanto lo que hago, que estaría currando todo el día si hiciera falta”…

Tener laburo es una bendición, sobre todo en los tiempos que corren, y si encima supone una diversión, poco más se puede pedir en este apartado de la vida. Sin embargo, existe una fina línea que separa la devoción laboral del aprovechamiento de las empresas; el placer de hacer lo que a uno le gusta sin límites, de la explotación. Esta dicotomía se puede reducir en una cuestión que está siendo muy debatida esta semana: ¿La sensación de libertad que produce el hacer lo que nos gusta nos convierte, sin saberlo, en esclavos de nuestros empleadores, del sistema y/o de la tecnología?

Esta cuestión surgió al hilo de una entrevista publicada por el diario El Mundo a uno de los influencers más reconocidos del momento, Ibai Llanos. Este bilbaíno de 25 años de edad es presentador en G2 Esports (exitosa organización con una plantilla de jugadores de élite que participan en diferentes videojuegos) así como creador de contenido en YouTube y Twitch. Tiene millones de seguidores en sus retransmisiones e interacciones en redes sociales y entre sus mayores logros mediáticos destaca la entrevista que le hizo al jugador del F.C. Barcelona, Lionel Messi en 2019, o el reciente torneo FIFA 2020 que organizó para recaudar fondos en la lucha contra el coronavirus.

En la reciente entrevista a El Mundo, Llanos fue categórico y, como de costumbre, no tuvo pelos en la lengua:

“Hago literalmente lo que me da la gana, tengo libertad para ser como soy, hablar de lo que me apetezca y jugar a lo que quiera”, sostuvo.

Tanto el titular como el texto han generado una controversia que ni el entrevistador, Abraham P. Romero, ni el propio Llanos o incluso su jefe, el fundador de G2 Esports, Carlos ‘Ocelote’ Rodríguez entienden. La reacción que encendió la mecha fue la de esta usuaria que puso sobre la mesa el concepto de explotación laboral encubierto.

A raíz de este tuit, surgió un debate en el que muchos usuarios cargaron contra ella, incluido el propio Llanos, quien antes de borrar su publicación ridiculizó el comentario de la usuaria con una argumentación que muchos dieron por válida, pero que no resolvió el problema de fondo que se está debatiendo.

Según algunos tuiteros, Llanos básicamente vive como un rey en una mansión con tres amigos, para otros, este exitoso influencer no se da cuenta de que está alienado al contenido que produce y no percibe que su vida está completamente dedicada a su profesión. No sería el único ni el último.

¿Cuál es el precio de trabajar 24 horas al día, siete días a la semana? ¿Acaso una mansión y miles de euros en una cuenta corriente sirven para cubrir necesidades vitales fundamentales que nada tienen que ver con el dinero? No se trata de confundir explotación con alienación, ya que hay casos mucho más obvios en los que los trabajadores no tienen derecho alguno, y obviamente, la situación de Llanos no es comparable con otras mucho más extremas. Sin embargo, su caso es un claro ejemplo de individuo que le da más importancia a unos valores que a otros. Según se interpreta en la entrevista, su trabajo es lo primero, y la recompensa es satisfactoria: fama y dinero. ¿Quién no firmaría debajo de estos conceptos? Muchísima gente, pero no por ello estarían en lo cierto.

Nadie puede culpar a otra persona por adorar su trabajo y ejercerlo como vea oportuno, otra cosa es el riesgo de la obsesión por el éxito. Ser una estrella del streaming es algo que está al alcance de muy pocos, pero que algo con lo que muchos jóvenes sueñan. La dedicación para llegar al nivel de Llanos es enorme, como lo puede ser para un joven que ansía triunfar en Hollywood o como atleta profesional. Al mismo tiempo, convertirse en un juguete roto y sucumbir a la presión son factores que hay que poner sobre la mesa.

Quizás uno de los casos más sonados sea el de El Rubius, uno de los youtubers de referencia en España y a nivel mundial - con 38,1 millones de seguidores - quien tuvo un cuadro de ansiedad que le obligó a alejarse de su vocación durante varios meses. Este joven de 30 años de edad sufrió la exposición en redes sociales y la urgencia diaria de tener que generar contenido, una labor que no da tregua.

“Cada vez siento más y más presión y me pongo más nervioso, me cuesta más respirar y me dan bajones. Y eran por esto, por la necesidad de intentar ser la mejor versión de mí el cien por cien de las veces que estoy en cámara”, afirmó en un vídeo publicado en 2018.

Se trata de un claro ejemplo en el que el influencer es el personaje que está expuesto a millones de personas. Obviamente, recibe una compensación por ello pero también un peaje que con el tiempo puede pasar factura y puede llegar a terminar de manera dramática. La bloguera española Celia Fuentes se quitó la vida en 2018 tras admitir sentirse sola a pesar de sus 27 mil seguidores en Instagram. Algo parecido sucedió el mismo año con la bloguera estadounidense, Hannah Stone, quien entró en depresión sin que sus 350 mil seguidores se percataran de ello. Estos dos casos son la punta del iceberg, sin embargo los episodios de ansiedad y depresión relacionados con los influencers que viven online son muy numerosos.

Esta profesión vendida como ‘ideal’ refleja también un mundo lleno de sombras en el que, aunque parezca extraño, aquellos que tanta envidia generan se pueden convertir en víctimas de la presión, del perfeccionismo, de la exigencia que ellos mismos se insuflan, de la obsesión por agradar y mantener su estatus. Mientras tanto, los empresarios que están detrás de los Ibai, El Rubius etc, son los que se llenan los bolsillos vendiéndoles una libertad inexistente.

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