La vida nocturna de Kiev regresa en medio de la necesidad de contacto. 'Esta es la cura'

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Los juerguistas disfrutan de su tiempo junto al río Dniéper media hora antes de que comience el toque de queda en Kiev el 16 de julio de 2022. (Laura Boushnak/The New York Times)
Los juerguistas disfrutan de su tiempo junto al río Dniéper media hora antes de que comience el toque de queda en Kiev el 16 de julio de 2022. (Laura Boushnak/The New York Times)

KIEV, Ucrania — La fiesta multitudinaria se había planeado durante semanas, con el espacio asegurado y los pinchadiscos, las bebidas, las invitaciones y la seguridad, todos preparados.

Sin embargo, después de que un reciente ataque con misiles, lejos del frente, matara a más de 25 personas, incluyendo niños, en el centro de Ucrania, una agresión que perturbó profundamente a toda Ucrania, los organizadores de la fiesta se reunieron para tomar una decisión difícil de último momento. ¿Debían posponerla?

Esta fue la decisión: de ninguna manera.

“Eso es exactamente lo que quieren los rusos”, comentó Dmytro Vasylkov, uno de los organizadores.

Así que instalaron bocinas enormes, pusieron el aire acondicionado a tope y cubrieron las ventanas de una sala cavernosa con gruesas cortinas negras. A continuación, abrieron de par en par las puertas de una antigua fábrica de seda del barrio industrial de Kiev.

Y como si se tratara de una orden, la sala se llenó de hombres jóvenes sin camisa y mujeres jóvenes con vestidos negros ajustados, todos moviéndose como en trance, mirando hacia delante, casi como en una iglesia en la que el pinchadiscos era el altar.

Estaba oscuro, se sentía sudoroso, había bastante ruido y era maravilloso. Se trataba de un país inmerso en una guerra que afectaba a todos los asistentes, sin embargo, estos bailaban con todas sus fuerzas.

Jóvenes de fiesta en Kiev el 17 de julio de 2022. (Laura Boushnak/The New York Times)
Jóvenes de fiesta en Kiev el 17 de julio de 2022. (Laura Boushnak/The New York Times)

“Si sabes usarlo, esto es la cura”, comentó Oleksii Pidhoretskii, un joven asistente a la fiesta que vive con su abuela y que llevaba meses sin salir.

Tras un prolongado silencio, la vida nocturna de Kiev vuelve a rugir.

Mucha gente se aventura a salir por primera vez desde que empezó la guerra. Para beber junto al río. Para salir con un amigo. Para sentarse en un bar y tomar un cóctel. O tres.

Esta es una ciudad llena de jóvenes que han estado encerrados durante dos años, primero por la COVID y luego por la guerra con Rusia. Anhelan el contacto. La guerra hace que ese deseo sea aún mayor, especialmente esta guerra, en la que un misil de crucero ruso puede acabar contigo, en cualquier momento y donde quiera que estés.

Y ahora que el verano está en pleno apogeo, y que los duros combates se concentran sobre todo en el este de Ucrania, a cientos de kilómetros de distancia, Kiev se siente por fin un poco menos culpable por salir.

“Esta era una gran pregunta para mí: ¿Está bien trabajar durante la guerra? ¿Está bien servir un cóctel durante la guerra?”, se preguntó Bohdan Chehorka, un barman. “Pero durante el primer turno obtuve la respuesta. Podía verlo en los ojos de los clientes. Era psicoterapia para ellos”.

Tras cada fin de semana que pasa, en una ciudad que ya gozaba de fama de ser genial, es más fácil encontrar una fiesta. La otra noche, un evento de hiphop se convirtió en un mar de cabezas que se movían. La fiesta se celebró al aire libre. Por un momento, empezó a llover. Pero eso no importó. La fiesta había comenzado. En la pista de baile, los cuerpos chocaban.

Al otro lado de la ciudad, la gente salía a las aceras de las cafeterías. Dentro de los bares había menos taburetes vacíos que hace unas semanas. A lo largo del río Dniéper, que atraviesa Kiev, cientos de personas se sentaban en las orillas amuralladas, con amigos y a menudo con bebidas; el crepúsculo increíblemente largo dibujaba las siluetas de las personas contra un cielo azul sedoso, empapándose de las maravillas de un clima nórdico en plena noche de verano.

Pero el toque de queda pende sobre esta ciudad como un martillo. La fiesta puede estar en marcha, pero también la guerra.

A las 11 de la noche, por decreto municipal, todo el mundo debe estar fuera de las calles. Cualquiera que sea sorprendido infringiendo esta norma se enfrenta a una multa o, en el caso de los jóvenes, a una consecuencia potencialmente más grave: la orden de presentarse al servicio militar. De manera invertida, eso significa que los bares cierran a las 10, para permitir a los trabajadores llegar a casa. La última llamada es a las 9. Así que la gente se va temprano.

La fiesta en la antigua fábrica de seda, por ejemplo, comenzó a las 2:30 de la tarde.

Sin embargo, incluso a esa hora tan extraña, los asistentes a la fiesta dijeron que, con la ayuda del golpeteo de la música tecno y otras ayudas, consiguieron olvidarse de la guerra. Se sincronizaron con las vibraciones del bajo, cerraron los ojos y pudieron “disolverse” y “escapar” por un momento, aseguraron.

La guerra no es solo una sombra que se cierne, sino una fuerza que dirige la vida de todos, que domina los pensamientos de todos, que ensombrece los estados de ánimo de todos, aunque se esfuercen por hacer las cosas que antes disfrutaban.

Tanto la fiesta de hiphop como la fiesta multitudinaria donaron los ingresos al esfuerzo bélico o a causas humanitarias, parte de la razón por la que se celebraron en primer lugar.

Y durante conversaciones casuales, como una en el bar Pink Freud, la guerra sigue saliendo a relucir. Una pequeña charla entre una joven y Chehorka, el barman, que también trabaja como psicoterapeuta, llevó a una conversación sobre aficiones que desembocó en una discusión sobre libros que condujo, de manera inexorable, a los rusos.

Chehorka le contó a la joven que estaba vendiendo su gran colección de libros en ruso porque no quería volver a leer esa lengua.

“Esta es mi propia guerra”, explicó.

Añadió que sentía que toda la psique de la ciudad había cambiado. “Kiev es diferente ahora”, dijo. “La gente es más educada, más amable. No beben tanto”.

Ahora, cuando llegan las 10, Kiev irradia una energía nerviosa. La gente que bebe en la calle, o junto al río, consulta sus relojes. Tapan las botellas de plástico transparente de sidra que estaban bebiendo, se levantan y caminan rápidamente.

Los autos se mueven más rápido. Hay más semáforos en amarillo. El reloj avanza.

Los precios de Uber se triplican, si es que se puede encontrar uno.

Algunos jóvenes, al ver la imposibilidad de conseguir transporte, se despiden de sus amigos, agachan la cabeza y empiezan a correr hacia sus casas, desesperados por vencer el toque de queda.

Al filo de las 11, Kiev se detiene. Nada se mueve. Las aceras están vacías.

Toda la energía que se acumulaba sin cesar, de pronto se hunde en un silencio impresionante en toda la ciudad.

© 2022 The New York Times Company

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