¿Santificado demasiado pronto? Informe del Vaticano somete a Juan Pablo II a un nuevo escrutinio severo

Jason Horowitz
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Los obispos llegan para la ceremonia de beatificación del papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, el 1 de mayo de 2011. (Ruth Fremson/The New York Times).
Los obispos llegan para la ceremonia de beatificación del papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, el 1 de mayo de 2011. (Ruth Fremson/The New York Times).

ROMA — En el funeral del papa Juan Pablo II, en la Plaza de San Pedro, se vieron pancartas entre el mar de dolientes que decían “Santo súbito” o “Santo inmediato”. Juan Pablo II fue un gigante de la iglesia en el siglo XX que llegó a todas partes del mundo —inspirando a generaciones de creyentes con su magnetismo juvenil, que luego envejeció con dificultades— y que, como “el papa polaco”, ayudó a derribar el comunismo durante sus más de 26 años de reinado.

Días después de su muerte en 2005, los cardenales ansiosos por mantener vigente sus políticas conservadoras ya habían comenzado a hablar sobre acelerar su proceso hacia la santidad, mientras que los devotos en Roma y más allá clamaban por su canonización inmediata, ahogando las notas de advertencia de sobrevivientes de abuso sexual e historiadores que afirmaban que san Juan Pablo II había hecho caso omiso, de manera reiterada, a los crímenes en su Iglesia.

Ahora, después de más de una década de dudas, su reputación ha caído bajo la nube más oscura hasta el momento, luego de que el mismo Vaticano que se apresuró a canonizarlo publicara un informe extraordinario la semana pasada que echaba a los pies del santo la culpa del ascenso del exprelado caído en desgracia, Theodore E. McCarrick.

La investigación, encargada por el papa Francisco, quien canonizó a Juan Pablo II en 2014, reveló cómo Juan Pablo II prefirió no creer en las persistentes acusaciones de abuso sexual contra McCarrick, entre ellas la pedofilia, lo que le permitió ascender en la jerarquía de la Iglesia.

La investigación detalla décadas de ofuscación burocrática y ausencia de rendición de cuentas por parte de una serie de importantes prelados, y amenaza con manchar la reputación de tres papas. Pero sobre todas las cosas, dicen los críticos, proporciona pruebas contundentes de que la Iglesia aceleró con demasiada imprudencia la canonización de Juan Pablo II y ahora está atrapada en su propio desastre.

“Lo canonizaron demasiado rápido”, afirmó Kathleen Cummings, autora de “A Saint of Our Own” y directora de un centro sobre el catolicismo estadounidense en la Universidad de Notre Dame. Cummings dijo que dada la “evidencia realmente condenatoria” en el informe, si la Iglesia hubiera esperado al menos cinco años y no unos pocos días para iniciar el proceso de canonización, “es muy probable que no hubiera comenzado el proceso para Juan Pablo II debido a su complicidad en el escándalo de los abusos sexuales en el clero”.

Una anulación de la canonización, algo que los historiadores no recuerdan que haya sucedido alguna vez, es poco plausible. Algunos historiadores dicen que es más probable que el informe sobre McCarrick vuelva a frenar un proceso que el mismo Juan Pablo II aceleró. El informe podría complicar las posibilidades de canonización de otros que han estado en la cima de la jerarquía de la Iglesia durante finales del siglo XX y principios del siglo XXI, cuando el flagelo del abuso sexual detonó en la Iglesia.

El informe del Vaticano revela que el papa Benedicto XVI le dijo a McCarrick que mantuviera un perfil bajo cuando surgieron más acusaciones de abuso en 2005. El informe también reveló que Francisco, a pesar de haber escuchado rumores de los abusos de sus principales “tenientes”, confió en que sus predecesores habían examinado de manera adecuada el caso y decidió abandonar el asunto.

El papa Francisco ha reconocido su propio fracaso al creerle más a los obispos que a las víctimas. Expulsó a McCarrick del sacerdocio y en los últimos años ha instaurado nuevas políticas en la Iglesia para aumentar la rendición de cuentas.

Muchos expertos de la Iglesia consideran que esas nuevas reglas son correcciones a los abusos y a la ignorancia casi deliberada de los líderes de la institución bajo el papado de Juan Pablo II.

Los defensores de Juan Pablo II afirman que el informe solo demostró que McCarrick engañó al papa, como lo hizo con muchas otras personas durante su medio siglo de ascenso a los rangos más altos de la Iglesia católica, y que eso no afecta en absoluto la heroica virtud cristiana que convirtió a Juan Pablo II en un santo.

En un comunicado, Stanislaw Gadecki, director de la conferencia episcopal polaca, dijo que Juan Pablo II había sido “cínicamente engañado” por McCarrick y otros obispos estadounidenses.

“Los santos cometen errores de juicio. Esto fue claramente un error de juicio”, dijo George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II y testigo oficial de su proceso de beatificación. “McCarrick fue un mentiroso patológico. Y los mentirosos patológicos engañan a las personas, incluyendo a los santos”.

Weigel afirmó que si la perfección fuera un requisito previo para la santidad, ni el mismo san Pedro habría pasado la prueba. De hecho, la infalibilidad, que a veces se le atribuye a los papas, no es un atributo necesario para ser considerado santo. Además, la historia está llena de santos que no fueron exactamente santos durante sus vidas.

El ataúd del papa Juan Pablo II es trasladado durante su ceremonia de entierro tras una misa que conmemoró su vida en la Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, el 8 de abril de 2005. (James Hill/The New York Times).
El ataúd del papa Juan Pablo II es trasladado durante su ceremonia de entierro tras una misa que conmemoró su vida en la Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, el 8 de abril de 2005. (James Hill/The New York Times).

Ha habido un sacerdote satánico, prostitutas, ladrones y mucho más en el camino hacia la redención y la santidad. En 1969, el papa Pablo VI eliminó a 93 santos del calendario litúrgico universal de la Iglesia, pero sobre todo porque podrían no haber existido, como por ejemplo san Cristóbal, quien cargó sobre sus hombros a un niño que con cada paso se hacía más pesado junto al peso del mundo.

Pero sobre Juan Pablo II se saben muchas cosas, y algunos críticos sostienen que es motivo suficiente para no celebrarlo.

Citando la “insensible y desastrosa toma de decisiones” de Juan Pablo II, que según puso en riesgo a niños de todo el mundo, un editorial del 13 de noviembre del National Catholic Reporter instó a los obispos estadounidenses que se reunirán la próxima semana para su conferencia anual a que “discutan solicitar formalmente al Vaticano que elimine el culto a Juan Pablo II”, o dejen de celebrarlo. “Las víctimas de abuso no merecen menos que eso”.

En mayo, algunos periodistas le preguntaron a monseñor Slawomir Oder, el postulador de la causa de canonización de Juan Pablo II, si hubiera sido más prudente posponer la santificación. Ya en ese momento existían grandes dudas sobre la relación de Juan Pablo II con McCarrick y sus estrechos vínculos con el reverendo Marcial Maciel Degollado, el fundador mexicano de la adinerada y poderosa congregación religiosa Legionarios de Cristo, quien luego se descubrió había tenido varios hijos y había sido un abusador sexual en serie.

“Todas las preguntas fueron afrontadas, incluso las que están mencionando en este momento” sobre el abuso, dijo Oder, quien añadió que “Juan Pablo II no encubrió a ningún pedófilo”.

Pero Oder, quien no respondió a una solicitud de comentarios tras la publicación del informe, también dijo en aquel momento que el Vaticano no había permitido el acceso directo a los archivos a quienes investigaban el caso para la canonización de Juan Pablo II y que la Secretaría de Estado de la Santa Sede había investigado sus preguntas y proporcionado las respuestas.

El arzobispo Carlo Maria Viganò, un exfuncionario de la Secretaría de Estado de la Santa Sede que se convirtió en embajador del Vaticano en Estados Unidos, impulsó en parte el informe al publicar una carta notable en 2018 en la que acusaba al papa Francisco de haber encubierto el abuso de McCarrick.

Para proteger a Juan Pablo II, que fue en realidad quién estuvo en el poder durante los ascensos de McCarrick, Viganò argumentó que el frágil pontífice estaba demasiado enfermo de Parkinson en el 2000 como para ser responsabilizado.

Pero la investigación del Vaticano, que según Viganò nunca lo entrevistó, afirma que Juan Pablo II estaba en su sano juicio cuando tomó personalmente la decisión de rechazar las acusaciones y empoderar a McCarrick.

Juan Pablo II conoció a McCarrick en 1976. McCarrick, dice el informe, “estaba en un viaje de pesca en las Bahamas con adolescentes de algunas de las familias católicas” cuando un telegrama le ordenó que regresara de inmediato para que ayudara como intérprete de Karol Józef Wojtyla, una estrella en ascenso en la Iglesia. McCarrick bromeó diciendo que Wojtyla, el futuro papa, había arruinado sus vacaciones, y ambos entablaron una amistad.

Un cuarto de siglo después, McCarrick, a través de una carta, le pidió a Juan Pablo II que no creyera en las acusaciones en su contra.

Juan Pablo II se “convenció de la honestidad” de la negación de McCarrick, señala el informe, agregando que Stanislaw Dziwisz, ahora cardenal, recordó que Juan Pablo II además creyó que sería “útil nominar a McCarrick a Washington porque tiene una buena relación con la Casa Blanca”.

Esos eventos, así como otros plasmados en el informe, han llevado a algunos historiadores a sugerir que la Iglesia debería alejar sus energías de canonización de la cima de la jerarquía.

“Ya eres papa”, dijo Cummings. “Eso debería ser suficientemente bueno”.

This article originally appeared in The New York Times.

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