Ahora los poblados pakistaníes son islas desesperadas tras inundaciones históricas

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Una niña de 10 años hornea pan en una de las tres habitaciones que tiene su familia en el poblado de Juma Khan Lagha, Pakistán, el martes 13 de septiembre de 2022. (Kiana Hayeri/The New York Times)
Una niña de 10 años hornea pan en una de las tres habitaciones que tiene su familia en el poblado de Juma Khan Lagha, Pakistán, el martes 13 de septiembre de 2022. (Kiana Hayeri/The New York Times)

DADU, Pakistán — La vista desde la pequeña casa de ladrillos de barro de Muhammad Jaffar, en el sur de Pakistán, solía producirle una sensación de alivio. A pocos pasos de su puerta empezaban los campos ondulados de arbustos verdes de algodón, cuyas flores blancas ofrecían la promesa de unos ingresos suficientes para que su familia sobreviviera el año.

Ahora sus campos, junto con otras vastas franjas de tierra de Pakistán, están bajo el agua verde y pútrida. Hace unas dos semanas, en una de las últimas rondas de inundaciones históricas que han ocurrido en el país desde junio, sus tierras quedaron sumergidas por completo, incluido su pozo de agua potable.

“Ahora vivimos en una isla”, les dijo Jaffar, de 40 años, a los periodistas del New York Times que lo visitaron el martes.

Las devastadoras inundaciones anegaron cientos de poblados en gran parte de las tierras fértiles de Pakistán. En la provincia de Sindh, en el sur, las crecidas del agua transformaron lo que antes eran tierras de cultivo en dos grandes lagos que se tragaron poblados enteros y convirtieron a otros en islas frágiles. Las inundaciones son las peores que ha sufrido el país en su historia reciente, según las autoridades paquistaníes, quienes estas advierten que las aguas pueden tardar entre tres y seis meses en retroceder.

Hasta ahora han fallecido unas 1500 personas (casi la mitad de ellas niños) y las inundaciones, causadas por unas lluvias monzónicas más intensas de lo habitual y el deshielo de los glaciares, han desplazado de sus hogares a más de 33 millones.

Los científicos afirman que el calentamiento global provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero está aumentando de manera considerable la probabilidad de que se produzcan lluvias extremas en el sur de Asia, donde habita una cuarta parte de la humanidad, y dicen que no hay duda de que estas han provocado que la temporada de monzones de este año sea más destructiva.

En el distrito de Dadu, una de las zonas más afectadas de la provincia de Sindh, en el sur de Pakistán, las inundaciones cubrieron por completo unas 300 localidades y dejaron en el abandono a decenas de otros poblados. Según las autoridades, en este momento toda la provincia, un poco más de 100.000 kilómetros cuadrados de tierra (aproximadamente el tamaño del estado de Virginia) está bajo el agua.

Amira, de 15 años, en el centro, es ayudada por su esposo a caminar a través de las aguas de la inundación en las afueras de Johi, Pakistán, el martes 13 de septiembre de 2022. Había dado a luz unos días antes. (Kiana Hayeri/The New York Times)
Amira, de 15 años, en el centro, es ayudada por su esposo a caminar a través de las aguas de la inundación en las afueras de Johi, Pakistán, el martes 13 de septiembre de 2022. Había dado a luz unos días antes. (Kiana Hayeri/The New York Times)

Donde antes los agricultores cultivaban campos de algodón y trigo, ahora las lanchas de madera surcan el estanque purulento para transportar a las personas entre las ciudades que se salvaron de la peor parte de la inundación y sus poblados desamparados. En el agua flotan sandalias sueltas y frascos de medicinas, y los libros azules de los alumnos de primaria salen por las ventanas de las escuelas a medio sumergir.

Enjambres de mosquitos danzan en torno a las copas de los árboles que sobresalen del agua. Los cables eléctricos cuelgan peligrosamente cerca de la superficie.

Decenas de miles de personas cuyos hogares fueron destruidos se trasladaron a poblados y ciudades cercanos, donde encontraron refugio en escuelas, edificios públicos y a lo largo de los bordes de las carreteras y de los canales. Se refugian en tiendas improvisadas con lonas y camas de cuerda que rescataron antes de que llegara la inundación.

Entre los pocos afortunados cuyas localidades no quedaron sumergidas por completo, muchos permanecen en sus hogares, casi abandonados. Las autoridades paquistaníes instaron a la población a abandonar los poblados aislados, y les advirtieron que si miles de personas se quedan en ellos podrían sobrecargar los ya de por sí agotados equipos de ayuda, provocar una inseguridad alimentaria generalizada y desencadenar una crisis sanitaria con la propagación de enfermedades.

No obstante, los habitantes tienen sus razones para quedarse, dicen que necesitan proteger de los ladrones sus preciados objetos de valor: el ganado que sobrevivió, los refrigeradores y los techos de lámina. El costo de alquilar un barco y trasladar a su familia y sus pertenencias es demasiado elevado. La perspectiva de vivir en un campamento de tiendas es demasiado sombría.

Aun así, sus condiciones de vida son deplorables. El paludismo, el dengue y las enfermedades transmitidas por el agua causan estragos. La zona se ha visto afectada por las lluvias monzónicas y olas de calor desde que quedó sumergida. El gobierno suspendió el suministro eléctrico en la zona (una medida de seguridad para evitar que la gente se electrocute), lo cual deja a los poblados en la oscuridad todas las noches. Según los habitantes, la mayoría de las localidades no han recibido ninguna ayuda.

“Estamos abandonados, tenemos que sobrevivir por nuestra cuenta”, comentó Ali Nawaz, de 59 años, quien cultiva algodón y vive en la localidad de Wado Khosa en Dadu.

En la localidad de Wado Khosa habitan unas 150 personas que cultivan campos de algodón para un gran terrateniente, un sistema de agricultura feudal que es común en todo Sindh. Los habitantes señalaron que los campos de algodón estaban casi listos para la cosecha, cuando una noche, hace unas dos semanas, el agua de la inundación se extendió por las tierras.

Al salir de sus casas al amanecer, se quedaron asombrados. El pueblo estaba completamente rodeado de agua hasta donde alcanzaba la vista.

“Mi mente no funcionaba. Pensaba en qué íbamos a hacer; los niños sollozaban”, narró una habitante, Nadia, de 29 años, que, como muchas mujeres de las zonas rurales de Pakistán, solo tiene un nombre.

Desde ese día, el agua ha retrocedido unos 30 centímetros, según los lugareños, pero apenas se puede sobrevivir en la aldea que se convirtió en isla. Los dos pozos de la localidad fueron destruidos por la inundación, por lo que deben beber agua salada de una bomba manual que antes solo usaban para lavar la ropa y los platos. Casi todos los habitantes del poblado están enfermos de paludismo o tifus, dijo Nadia.

El simple hecho de conseguir alimentos es una hazaña. El precio de las verduras se triplicó desde que empezaron las inundaciones y la familia de Nadia no puede darse el lujo de contratar un barco que los recoja en su poblado remoto y los lleve al mercado. Así que cada pocos días, su primo, Faiz Ali, de 18 años, nada durante unos 20 minutos por el agua pútrida a lo largo de lo que fue una carretera hasta llegar a un terraplén y caminar hasta el mercado en la ciudad de Johi, que sobrevivió a las inundaciones.

Tras comprar una pequeña ración de papas, arroz y verduras, se ata las pequeñas bolsas de comida a la espalda, se sumerge en el agua y regresa a casa nadando. Intenta mantener la cabeza por encima del lago maloliente para evitar ingerir el agua y estar atento a las serpientes que ahora se desplazan por su superficie.

“Es difícil. Tengo miedo… sigo teniendo miedo cada vez que voy”, concluyó.

© 2022 The New York Times Company