Opinión: El aterrador intento de Trump de robarse la democracia

Thomas L. Friedman
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The full moon, also known as the Supermoon or Flower Moon, rises above the Statue of Liberty, as seen from Jersey City, New Jersey, U.S., May 7, 2020. REUTERS/Brendan McDermid     TPX IMAGES OF THE DAY
Muchos votantes estadounidenses votaron como nunca antes en la historia del país. (Foto: REUTERS/Brendan McDermid TPX IMAGES OF THE DAY).

¿Cómo me siento dos semanas después de nuestras elecciones? Asombrado y aterrorizado. Estoy asombrado por la expresión de democracia que tuvo lugar en Estados Unidos. Fueron nuestras elecciones más impresionantes desde 1864 y quizás las más importantes desde 1800. Y, sin embargo, todavía me aterroriza que, de no ser por unos pocos miles de votos en estados claves, fácilmente pudieron haber sido nuestras últimas elecciones.

Para expresar mis sentimientos de manera visual: es como si la Dama de la Libertad (la mujer representada en la Estatua de la Libertad) fuera cruzando la Quinta Avenida el 3 de noviembre cuando, de la nada, un loco al volante de un autobús se pasara la luz roja. La Dama de la Libertad logró quitarse del camino en el último instante, y ahora está sentada en la acera con su corazón latiendo rápidamente, feliz de estar viva. Sin embargo, ella sabe —ella sabe— que se salvó por muy poco, que este peligroso conductor nunca hace caso a los semáforos en rojo y todavía está por ahí, y, ¡Dios mío!, muchos de sus pasajeros todavía están aplaudiendo el trepidante paseo, aunque en el fondo muchos saben que es una amenaza para toda la ciudad.

Analicemos todo esto. Detengámonos por un segundo y pensemos en lo increíble que fueron estas elecciones. En medio de una pandemia cada vez más acelerada, votaron muchos más estadounidenses que nunca en nuestra historia: republicanos, demócratas e independientes. Además, sus propios compatriotas operaron las mesas electorales y realizaron el conteo, muchos de ellos estadounidenses mayores que se ofrecieron como voluntarios para ese deber, sabiendo que corrían el riesgo de contraer el coronavirus, como de hecho les pasó a algunos.

Es por eso que esta fue nuestra mayor expresión de vitalidad democrática estadounidense desde que Abraham Lincoln derrotó al general George B. McClellan en las elecciones de 1864, en medio de una guerra civil. Y es por eso que son tan infames los intentos de Donald Trump de manchar estas elecciones con sus falsas alegaciones de fraude electoral.

Si Trump y sus facilitadores se hubieran resistido solo un día o dos, está bien, no pasa nada. Pero el hecho de que continúen haciéndolo, luchando por encontrar formas de anular la voluntad de la gente, alentados por sus aduladores mediáticos —Lou Dobbs en realidad dijo en Fox Business que el Partido Republicano debería rehusarse a aceptar los resultados electorales que le niegan a Trump “lo es que legítimamente suyo”— plantea la siguiente pregunta:

¿Cómo se puede confiar en esta versión del Partido Republicano para que vuelva alguna vez a ocupar la Casa Blanca?

Sus miembros han permanecido en silencio mientras Trump, en lugar de utilizar la burocracia federal para lanzar un ataque contra la creciente pandemia, ha iniciado una guerra contra sus supuestos enemigos dentro de esa burocracia federal —incluido el secretario de Defensa, la directora de la Administración Nacional de Seguridad Nuclear y, el martes 17 de noviembre, el más alto funcionario de ciberseguridad responsable de proteger las elecciones presidenciales— debilitándola cuando más la necesitamos.

El ingeniero de la purga interna de Trump es Johnny McEntee, de 30 años, “un ex mariscal de campo universitario que fue expulsado de la Casa Blanca hace dos años después de que un control de seguridad descubriera un hábito prolífico de hacer apuestas en línea”, pero que después fue recibido de vuelta por Trump, quien lo instaló como el director del personal de todo el gobierno de Estados Unidos, según reportó The Washington Post.

Un partido político que no se pronuncie contra un líder tan negligente ya no es un partido. Es una especie de culto populista a la personalidad.

Eso ha sido evidente desde que este Partido Republicano se convirtió en el primer partido en concluir su convención de nominación presidencial sin ofrecer ningún programa de gobierno. Con eso, declaró que su programa de gobierno era lo que sea que su querido líder dijera. Eso es típico de un culto.

¿Se supone que solo olvidemos el comportamiento de este Partido Republicano apenas se vaya Trump, y dejar que sus líderes digan: “Oigan, compatriotas, Trump trató de revertir las elecciones con afirmaciones infundadas —y le seguimos la corriente— pero ya se fue, así que ya pueden volver a confiar en que volveremos a hacer lo correcto”?

Es por eso que tenemos mucha suerte de que estas elecciones se decantaran en favor de Joe Biden. Si así se comporta este Partido Republicano cuando Trump pierde, imaginen cuán dispuesto habría estado a tolerar sus excesos si hubiera ganado. Trump jamás se habría detenido en ningún semáforo rojo otra vez.

Las personas que mejor entendieron eso fueron los demócratas en todo el mundo, en especial los de Europa. Eso se debe a que han visto a populistas de derecha parecidos a Trump en Turquía, Hungría, Polonia, Rusia y Bielorrusia, así como en Filipinas, ser elegidos y luego tomar el control de sus tribunales, medios de comunicación, internet e instituciones de seguridad y utilizarlos para intentar neutralizar a sus oponentes y aferrarse al cargo de manera indefinida.

Los demócratas en el extranjero temían que este mismo virus político se apoderara de Estados Unidos si Trump era reelegido, y que tuviera un efecto devastador.

Temían que el concepto democrático central que Estados Unidos le regaló al mundo en 1800 —cuando John Adams perdió las elecciones ante Thomas Jefferson y de manera pacífica le entregó las riendas del poder— se fuera a marchitar, socavando los movimientos democráticos en todo el mundo. Todos los autócratas se habrían envalentonado a ignorar los semáforos en rojo.

Ver a un presidente estadounidense intentar socavar los resultados de unas elecciones libres y justas “es una advertencia para los demócratas de todo el mundo: no tomen a la ligera a los populistas, pues no abandonarán el poder fácilmente como lo hizo Adams cuando perdió contra Jefferson”, me comentó el experto francés en política exterior Dominique Moïsi.

Es por eso que la misión de Biden —y la de todos los conservadores decentes— no es solo reparar a Estados Unidos. Es marginar esta versión trumpiana del Partido Republicano y ayudar a nutrir a un partido conservador saludable, uno que aporte enfoques conservadores al crecimiento económico, la infraestructura, la política social, la educación, la regulación y el cambio climático, pero que también se preocupe por la gobernabilidad y por lo tanto acepte concesiones.

Los demócratas no pueden invocar a un partido conservador con principios. Para eso se necesitan conservadores valientes. Sin embargo, los demócratas sí deben preguntarse por qué Trump sigue siendo tan popular entre los votantes blancos de clase trabajadora sin títulos universitarios, y por qué en estas elecciones obtuvo un mayor apoyo de las votantes negras, latinas y blancas.

Hay una luz de advertencia que parpadea ante los demócratas desde estas elecciones: no pueden confiar en la demografía. Necesitan asegurarse de que cada votante crea que el Partido Demócrata es un partido inclusivo y no excluyente. Y necesitan hacerlo antes de que aparezca un Trump más inteligente y menos tosco para promover el trumpismo.

Necesitan asegurarse de que todos los estadounidenses crean que los demócratas están a favor de volver a repartir el pastel y al mismo tiempo hacerlo crecer, de reformar los departamentos de policía y al mismo tiempo fortalecer la ley y el orden, de salvar vidas en una pandemia y a la vez salvar empleos, de exigir igualdad en la educación y a la vez exigir excelencia, de fortalecer las redes de seguridad y a la vez el capitalismo, de celebrar la diversidad y el patriotismo al mismo tiempo, de hacer más accesible la educación universitaria y lograr que el trabajo de los estadounidenses sin educación superior sea más respetado, de construir un muro fronterizo alto y a la vez agregarle una enorme puerta, de felicitar a las personas que crean empresas y a la vez apoyar a quienes las regulan.

Además, necesitan exigir menos corrección política y tener más tolerancia con aquellos que quieren ajustarse a los nuevos tiempos pero necesitan hacerlo a su manera, sin sentirse avergonzados por ello.

Necesitamos que nuestras próximas elecciones presidenciales se libren entre un Partido Republicano de centroderecha con principios y un Partido Demócrata inclusivo. Los grandes países se dirigen desde un centro saludable. Los países débiles no tienen uno.

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This article originally appeared in The New York Times.

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