La mujer que sin saberlo contaminó con su ADN la escena de decenas de crímenes

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Hace poco más de una década, la National Forensic Academy (ubicada en Tennessee, Estados Unidos) publicaba un interesante y a la vez curioso informe ofreciendo datos y estadísticas sobre el trabajo realizado por investigadores y forenses y en el que se indicaba que el objeto que se había encontrado con más frecuencia en la escena de un crimen era la colilla de un cigarrillo, siendo lo más asombroso del estudio que hasta un 30% de esas colillas correspondían a policías u otras personas que habían visitado aquellos lugares durante las investigaciones.

Una trabajadora contaminó con su ADN la escena de decenas de crímenes (imagen vía Wikimedia commons)
Una trabajadora contaminó con su ADN la escena de decenas de crímenes (imagen vía Wikimedia commons)

Esta introducción viene a colación sobre una serie de casos que llevó de cabeza a la policía de Alemania, Francia y Austria entre los años 1993 y 2009, invirtiendo miles de horas y millones de euros en investigaciones en el que una cuarentena de crímenes de todo tipo (desde sangrientos asesinatos a simple robos callejeros o de gran precisión) teniendo todos ellos en común que había aparecido el mismo rastro genético recogido en las diferentes escenas del crimen.

Todo comenzó en mayo de 1993. En la población germana de Idar-Oberstein fue asesinada, mediante estrangulamiento, Lieselotte Schlenger, una jubilada de 63 años que la misma tarde que murió había invitado a un grupo de amigas a tomar el té en su casa, siendo estas quienes hallaron el cadáver.

La policía de esta pequeña población alemana (poco más de treinta mil habitantes) se puso de inmediato a investigar el caso, tomando muestras de posibles restos humanos por toda la casa de la señora Schlenger y dando casi todas ellas resultados negativos, excepto una de las muestras (de una cucharilla de té) que indicaba que había ADN que correspondía a una mujer (no era de la víctima, las amigas ni ninguna allegada), por lo que se determinó este género como el de la posible responsable de aquel crimen.

El tiempo fue pasando pero no se halló ningún resultado en las pesquisas policiales y el caso quedó en el olvido, hasta que en 2001, en el otro extremo del país (Friburgo), durante la investigación de otro caso por estrangulamiento de un anticuario de 62 años, solo se halla un único rastro de ADN, que tras ser analizado también determina que corresponde a una mujer y alguien del equipo policial le da por compararlo con el viejo caso de 1993 que tenía ciertas similitudes.

La sorpresa llegó al comprobar que efectivamente es el mismo ADN y los investigadores de diferentes comisarias del país empiezan a coordinarse para encontrar coincidencias en otros casos sin resolver, apareciendo diferentes delitos en distintos puntos de Alemania cuyas pruebas genéticas corresponden a la misma persona.

Solo sabían que pertenecía a una mujer, siendo acuñado eta serie de extraños crímenes como el de ‘la mujer sin rostro’; pero lo curioso es que en algunos casos en los que había aparecido ese mismo rastro genético había testigos que declaraban que no había participado en ellos ninguna mujer, siendo muy diferentes las descripciones que se hacían de quienes lo habían cometido.

La policía alemana llegó a determinar incluso, que podría tratarse de una banda organizada que iba dejando esos rastros de ADN como pistas falsas, con el fin de entorpecer las investigaciones o de una persona transexual.

Pero según iban pasando los años y aumentaban los delitos en los que coincidían los mismos restos genéticos, también llegaron solicitudes de colaboración desde lugares como Francia y Austria, en los que dicho ADN también había aparecido en casos ocurridos en sus respectivos países.

El 25 de abril de 2007 una pareja de jóvenes policías de Heilbronn, ciudad situada al norte de Baden-Württemberg (Alemania), que se encontraban tomándose un descanso en su vehículo, fueron atacados por unos desconocidos que se introdujeron en la parte de atrás del coche patrulla, disparando a la cabeza de los dos agentes. La agente Michèle Kiesewetter falleció al instante y su compañero quedó en coma, gravemente herido (no transcendió su identidad por protocolo de seguridad).

Tras analizar el vehículo policial se encontró, una vez más, el mismo ADN, algo que desconcertó terriblemente a los investigadores, debido a que se tenía la sospecha que los autores del asesinato de la policía tenían alguna relación con los neonazis y hasta entonces, ninguno de los casos investigados había indicio de conexión alguna con esos grupos.

Pasaba el tiempo e iban apareciendo nuevos delitos (de todo tipo) en los que el mismo rastro genético estaba presente. La policía estaba desesperada y no tenían la más remota idea de quién podría ser ‘la mujer sin rostro’ (rebautizada por algunos medios como ‘el fantasma de Heilbronn’).

En una rueda de prensa, el máximo responsable de las fuerzas de seguridad de Alemania llegó a pedir la colaboración ciudadana para esclarecer el caso y ofrecer una suculenta recompensa de trescientos mil euros a aquella persona que diese una información tan valiosa como para poder resolver el caso. Además, ofreció datos estadísticos sobre la investigación puesta en marcha desde 1993, indicando que se habían invertido cerca de 20.000 horas de trabajo y 25 millones de euros.

La sorpresa saltó cuando unos meses después, en 2009, a alguien se le ocurre vincular una posible contaminación de los bastoncillos utilizados para tomar las muestras en todos aquellos casos y efectivamente, todos ellos eran de una misma compañía que las fabricaba (Greiner Bio One).

Tras seguir esta pista se localizó a una de las empleadas (que llevaba trabajando en la compañía desde inicios de la década de 1990), que involuntariamente había estado contaminando los bastoncillos de los kits para tomar restos biológicos utilizados por la policía de un buen número de lugares, al haber estado ejerciendo su labor sin los correspondientes y obligatorios guantes de esterilización puestos, por lo que a lo largo de dos décadas transfirió y contaminó con su propio ADN todo aquel material.

Dieciséis años de trabajo e investigaciones, miles de horas invertidas por parte de la policía de Alemania, Francia y Austria, además de una desorbitante cantidad de dinero que no sirvió para nada y en mucho de los casos se tuvo que empezar a investigar de cero, debido a que desde el primer momento siguieron el hilo de una pista falsa.

Aquella historia quedó como uno de los momentos más humillantes de las investigaciones policiales del último medio siglo.

Fuentes de consulta e imagen: dw / gizmodo/ ‘Crimenes’ de Carles Porta / Wikimedia commons

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