México y el regreso a clases más esperado, porque la pandemia se robó mucho tiempo

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Regreso a clases. REUTERS/Jose Luis Gonzalez
Regreso a clases. REUTERS/Jose Luis Gonzalez

La pandemia se llevó horas que no volverán. Los días pasaban lentos y una pregunta carcomía a cada uno de nosotros: ¿cuándo se va a terminar esto? Nadie lo sabía. Nadie lo sabe todavía. Dos años y medio después, apenas tenemos unas cuantas certezas. Pero eso nos ha bastado para regresar a eso que hemos decidido llamar "la normalidad". Y no existe muestra más evidente que el regreso a clases. Ahora sí, el verdadero y total.

Las calles estuvieron en silencio por mucho tiempo. Más del que cualquiera habría deseado. Siempre es bueno descansar de la rutina —y más de una rutina tan agobiante como la que se vive en las grandes urbes—. Pero hubo un exceso absoluto. De alguna forma, todos empezaron a extrañar el caos inherente a la vida escolar. Porque seamos sinceros: hay algo de mágico en todo lo que implica volver a las aulas, y más en esta ocasión.

Al menos en la previa es así: comprar los útiles de última hora, preparar mochila, comida y todo lo que sea necesario para el ansiado primer día. No importa que un mes después los colores estén incompletos y los cuadernos ya solo tengan 70 hojas de las 100 que deberían tener (hacer avioncitos apremia). Pocas cosas se comparan con esa expectación de entrar al salón después de unas largas vacaciones. El reencuentro con los amigos de siempre y con los profesores que, en distinta medida, también dejan ver que nada en sus vidas fue igual durante el tiempo muerto.

Y es que el ritual es universalmente conocido. Por eso todo mundo sabe que no faltarán los reportajes en televisión en donde un niño es seguido, paso a paso, por una cámara: se despierta adormilado pero con ganas de ir a estudiar; desayuna y se marcha a las carreras. Esa escena será una constante durante todo el año, pero resulta particularmente especialmente el día del estelar regreso. Pocas notas de color están tan institucionalizados como esa y es justo que así sea: lo cotidiano pasa desapercibido la gran parte del tiempo.

Es algo tan nuestro que sólo podemos entenderlo mejor después de estos años de parón en los que la vida se virtualizó a niveles insólitos. A quienes todavía pueden vivirlo, no queda más que pedirles que los disfruten. La escuela presencial, con todo lo bueno y malo que pueda tener, sigue siendo un transmisor de emociones mucho más efectivo que cualquier clase en línea. Y más a esa edad. Tan sólo hagamos un ejercicio de imaginación: ¿cómo nos habría caído dejar de ver a nuestros colegas por más de dos años a esa edad?

Escuela en México. (Angel Morales Rizo / Eyepix Grou/Future Publishing via Getty Images)
Escuela en México. (Angel Morales Rizo / Eyepix Grou/Future Publishing via Getty Images)

Lo que ha soportado esa generación es digno de ser reconocido. Sí, en poco tiempo la normalidad volverá al 100%, al menos en términos humanos: las peleas, discusiones, y diferencias de siempre. Pero al menos por un momento vale la pena detenerse a pensar en lo que se ha recuperado. Dentro de todo, siempre queda algún motivo para volver a esa odisea cotidiana que nunca termina por sorprendernos a la buena y a la mala. Lo sabemos de un modo predecible que entraña contradicciones: lo inesperado siempre es una opción en este marasmo de adrenalina que representan la vida multitudinaria.

Hace dos años no volaba una mosca. Pero también entendimos que la tranquilidad de evitar la calle se confundía fácilmente con un tipo de cárcel: los caminos habituales habían sido vedados por el riesgo permanente de adquirir el virus. Quizá sirve de algo recordar esos días y luego traer la memoria de vuelto al presente. De eso modo, todo contratiempo actual puede parecer matizable. Bienvenido sea el regreso a clases y que todo vuelva a ser como un día fue.

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