No pueden contenerse y envían un mensaje claro en los obituarios de sus seres queridos

Julie Bosman
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Charles Childs hijo, propietario de la funeraria A.A. Rayner & Sons en Chicago, el 11 de diciembre de 2020. (Lucy Hewett/The New York Times)
Charles Childs hijo, propietario de la funeraria A.A. Rayner & Sons en Chicago, el 11 de diciembre de 2020. (Lucy Hewett/The New York Times)

CHICAGO — Cuando Kim Miller se sentó en su casa de Illinois a redactar el obituario de su marido, no pudo contenerse.

No pudo omitir cómo el coronavirus había dejado a Scott, su esposo sano y en forma que amaba nadar, jugar golf y pasar el rato en el jardín, jadeando y sin poder mover las extremidades mientras estaba de pie en la barra de la cocina. Tampoco lo que lo había matado rápida y cruelmente en solo unos días.

“Esta enfermedad es real, es grave y es mortal”, escribió en su obituario. “Usa cubrebocas, mantén la distancia social; si no lo haces por ti, hazlo por quienes podrían perder a un ser querido a causa de la enfermedad”.

“No podía escribir solamente que vivió, murió y tuvo dos hijos”, afirmó Kim Miller, profesora universitaria jubilada, que lloró al hablar de quien fue su esposo durante 25 años. “Quería que la gente leyera esto y que realmente lo entendiera”.

En Estados Unidos las muertes por Covid-19 alcanzaban los 300 mil fallecidos, una cifra comparable con la pérdida de toda la población de Pittsburgh o San Luis. Los informes de nuevas muertes se han duplicado con creces en el último mes hasta un promedio de casi 2400 por día, más que en cualquier otro punto de la pandemia. Estas se han anunciado de la manera tradicional, en obituarios, avisos en sitios en internet y en diarios que han mantenido el mismo formato durante décadas, donde señalan el lugar de nacimiento, los miembros de la familia, la ocupación y los pasatiempos.

Preparativos para un funeral en la funeraria Adolf Funeral Home & Cremation Services en Willowbrook, Illinois, el viernes 11 de diciembre de 2020. (Lucy Hewett/The New York Times)
Preparativos para un funeral en la funeraria Adolf Funeral Home & Cremation Services en Willowbrook, Illinois, el viernes 11 de diciembre de 2020. (Lucy Hewett/The New York Times)

No obstante, en los últimos meses, a medida que la cantidad de fallecimientos por coronavirus en Estados Unidos aumenta de modo constante, las familias que han perdido a sus miembros a causa de la enfermedad están escribiendo de la pandemia con mayor profundidad en las esquelas que envían a las funerarias y en el material que comparten con los redactores de obituarios de los periódicos. En ellos les suplican a las personas que usen cubrebocas, les reprochan a quienes creen que el virus es un engaño y describen, con todo detalle, la soledad y el sufrimiento físico que el coronavirus les provocó a los moribundos.

“Quieren hacerlo público”

“Al principio, las familias querían mantener el tema del COVID en privado”, comentó Charles S. Childs hijo, uno de los propietarios de la funeraria A.A. Rayner & Sons en Chicago, que ha visto una oleada de fallecimientos por el virus en el último mes. “Eso ha cambiado. Ahora quieren hacerlo público”.

Durante décadas, con frecuencia las familias se habían negado a escribir en un obituario la causa del fallecimiento de su familiar cuando se relacionaba con algo que provocara ansiedad o temor, ya fuera sida, una sobredosis de opiáceos o un suicidio, pero, a medida que el público ha ido tomando conciencia sobre enfermedades infecciosas, enfermedades mentales y la adicción a las drogas que antes eran desconocidas, la tendencia a ocultar las causas ha ido cediendo poco a poco a la franqueza.

Después de la muerte de Shirley Flores, jefa de correos y madre de tres hijos, en Las Cruces, Nuevo México, su familia escribió en su obituario: “Tuvo una muerte solitaria muy dolorosa porque no se nos permitió tomarle la mano y sentarnos con ella. Por favor, tomen en serio el COVID-19, protéjanse y protejan a sus seres queridos”.

Judy Fuller, de 76 años, originaria de Blue Grass, Iowa, falleció a causa del coronavirus en septiembre, después de que ella y su esposo, Ron, enfermaron al mismo tiempo. Judy Fuller era conocida por su radiante sonrisa, su amor por la moda y el aire libre, y su devoción por el trabajo de manejo de personal en el hospital, donde trabajó durante casi cuatro décadas.

“En lugar de flores o donaciones, solo pedimos que tomen al COVID-19 en serio y por favor, pasen tiempo con sus seres queridos”, escribió su familia. “La vida es corta, disfruten del tiempo con su familia mientras puedan”.

Ron Fuller, quien actualmente está cuidando a su hijo para que se recupere del coronavirus, dijo que había querido enviar un mensaje discreto pero urgente en el obituario.

En las semanas posteriores a la muerte de su esposa, ha hecho sus compras en el pequeño supermercado de la ciudad y ha visto a clientes que no usan cubrebocas. La mayoría de la gente que trabaja ahí tampoco los usa.

“Lo publicamos ahí porque es serio y la gente tiene que entender que es una enfermedad grave”, señaló Fuller. “Algunas personas con las que he hablado, me llamaron y dijeron que agradecían lo que vieron en el periódico y que estaban de acuerdo con lo que afirmaba el mensaje”.

Con el aplazamiento de los servicios funerarios y los entierros que a menudo se realizan sin panegíricos públicos ni discursos en memoria de la persona, el obituario ha adquirido una importancia mayor, ya que le corresponde a la familia entregar su propio mensaje, sin filtros, a la comunidad.

Así fue como Kori Lusignan, una consultora de Lake Mary, Florida, consideró su rol al redactar el obituario de su padre, Roger Andreoli, quien murió a causa del virus dos días después del Día de Acción de Gracias.

Era divertido y animado, profesor de educación especial, carpintero hábil y un viajero entusiasta que dividía su tiempo entre Wisconsin y Florida.

Lusignan concibió el obituario para honrar a la persona que fue y para plasmar su humor y dulzura, como lo habría hecho en un panegírico pronunciado en la iglesia. “La euforia de Roger por la vida era contagiosa”, escribió. “Sería imposible enumerar todas las organizaciones en las que participó; se lanzó a vivir de lleno.”

Lusignan quería acabar de una buena vez con las ideas erróneas acerca de quién puede morir por el virus. Andreoli tenía 78 años, pero gozaba de salud y podría haber vivido más décadas, dijo, como lo han hecho muchas personas de su familia. Murió “de manera pacífica y prematura después de su batalla contra el COVID-19”, escribió en el obituario, y añadió: “La familia de Roger no hará un funeral en este momento para evitarles a otras familias el momento traumático que pasaron con el COVID-19”.

“Queríamos que la gente supiera la razón por la que falleció”, dijo Lusignan. “Y no vamos a tener un funeral porque estamos pasando por un momento traumático. No quisimos que la gente pasara por lo mismo que nosotros”.

This article originally appeared in The New York Times.

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