Los Oxxo, la víctima favorita de quienes siembran terror en México. Por este motivo

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Oxxo en Mérida, Yucatán. (Artur Widak/NurPhoto via Getty Images)
Oxxo en Mérida, Yucatán. (Artur Widak/NurPhoto via Getty Images)

25 tiendas Oxxo fueron quemadas sta semana en tres ciudades de Guanajuato (Irapuato, Celaya y León). La cifra fue dada a conocer por la empresa Fomento Económico Mexicano (FEMSA), propietaria de estos establecimientos. Al anochecer, las fotos y videos eran virales en cualquier red social: caos, gritos, llamas y pánico. Al grito de "gente del señor Mencho", los clientes eran desalojados para dar pie a una barbarie total. El enfrentamiento entre las autoridades y el crimen organizado pintó escenas que conmovieron a todo el país en una pieza más del funesto rompecabezas de violencia que compone a México.

¿Por qué resulta tan simbólico que las tiendas rojiamarillas fueran las protagonistas de este capítulo de destrucción? Porque forman parte del contexto cotidiano de casi todo el país. Los Oxxo están en todos lados y a todas horas. Hay 17 mil 400 en todo el país, según datos de FEMSA. Hace algunos años se hizo popular el chiste de que en cada calle había uno: nos estaban invadiendo y ni siquiera nos dimos cuenta. De un momento a otro, lo raro no era que existiera un Oxxo en algún rincón insólito, sino que no hubiera más. Llegaron para quedarse y apropiarse del derecho de que los usemos para todo.

Son imperfectos, sí. Quizá más que eso: tienen muchos defectos. No hay reclamo más recurrente: nunca tienen abiertas las dos cajas y entonces hay que esperar más de lo deseado para recibir atención. Pero tampoco se les puede quitar lo que se han ganado: son un salvavidas multiusos para la mayoría de los mexicanos. A estas alturas, no hay quien pueda decir que nunca ha comprando en una de estas tiendas. "¿Sabes dónde hay un Oxxo". Pregunta cientos de veces escuchada en cualquier lugar de México.

Quizá no tienen el germen entrañable de las tienditas de la esquina que hemos conocido durante toda la vida, pero en una dinámica diaria que nos obliga a vagabundear por la ciudad (cualquier ciudad), los Oxxo se han convertido en las nuevas tienditas de la esquina. Son providenciales en todos los ámbitos: para quienes salen de fiesta los fines de semana y buscan un lugar perfecto para adquirir alcohol de madrugada; para los que realizan algún pago o transferencia; o simplemente para comprar un poco de despensa. Son el punto intermedio entre ir a la miscelánea y al súper: tienen un poco de ambas experiencias.

Por eso, porque forman parte de nuestra vida —lo queramos o no—, es que resulta tan desolador verlos destruidos. ¿Por qué tanta saña con los Oxxos en especial? Nadie es ajeno a la vida corriente, a lo que conocemos de cabo a rabo porque lo tenemos en las narices. Los narcotraficantes lo saben y lo entienden: tienen claro en dónde colocar el golpe ideal para conseguir los efectos deseados.

Son astutos y metódicos. Como esa persona que sabe decir las palabras exactas para herir a alguien. Así lo hacen ellos, pero en el tétrico contexto de lo real. Tan solo hay que formular por un instante el escenario en nuestra mente: ¿cómo sería estar en un Oxxo en el momento en el que irrumpe un comando armado y te saca por la fuerza porque todo está a punto de arder? Si verlo en una pantalla o imaginarlo es espantoso, ¿cómo será vivirlo?

Los Oxxos quemados son más que Oxxos quemados. Reflejan cómo el lugar más insípido posible, ahí donde uno va a poner recargas telefónicas, se puede convertir en un infierno de manera inmediata. Los responsables lo hacen a la perfección: dibujan terror en un lienzo normal.

Podrán dar muchas cosas a sobreprecio, podrán no tener las dos cajas abiertas y todo lo que quiera. Pero a los Oxxo siempre será mejor verlos a salvo.

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