Lavan carros, cuidan ancianos y venden panes: los oficios de los políticos opositores que perseguidos por Maduro dejaron su país

Pedro Pablo Peñaloza Ochoa
·11  min de lectura
Maduro busca ganar legitimidad ante sus aliados internacionales
El gobernante Maduro y su régimen ha obligado a decenas de políticos opositores venezolanos a vivir en el exilio y a reinventarse para ganarse la vida y mantener a sus familias

Desafió a uno de los hombres fuertes de la revolución bolivariana. Derrotó a un influyente general del Ejército. Tomó el control de un bastión histórico del chavismo. Despuntaba como una nueva referencia de la resistencia democrática. Y hoy lava carros en Estados Unidos.

La historia de Delson Guarate, de 46 años, resume la realidad que enfrentan decenas de dirigentes opositores que tuvieron que marcharse al exilio por la persecución del régimen de Nicolás Maduro. Alcaldes, diputados y concejales que combatían por sus ideales en Venezuela y que ahora luchan por sobrevivir lejos de su tierra.

El municipio Mario Briceño Iragorry del estado Aragua, en el centro norte del país, estuvo gobernado por el chavismo desde 2000 hasta 2013, cuando Guarate irrumpió al frente de una coalición encabezada por Voluntad Popular, el partido de Juan Guaidó, líder del Parlamento que es reconocido como presidente encargado de la República por unos 60 gobiernos, incluidos los de Estados Unidos, las potencias europeas y la mayoría de la Organización de Estados Americanos (OEA).

El candidato opositor superó por menos de dos mil votos al abanderado del Partido Socialista Unido de Venezuela, el general Víctor Flores Urbina, quien llegó a ocupar la Comandancia de la Cuarta División Blindada de Maracay, una de las más importantes de la nación sudamericana. Este resultado marcó un hito en una región tradicionalmente identificada con el oficialismo.

“Creo que el día que gané las elecciones sentencié mi cárcel”, relata Guarate. “Desde el primer momento también me enfrenté a Tareck El Aissami y públicamente denuncié el narcotráfico y la corrupción. Mis días estaban contados porque era una lucha contra el narcotráfico”, afirma.

En ese tiempo gobernador del estado Aragua, El Aissami fue sancionado en 2017 por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos que lo acusa de tener un “importante papel” en el “tráfico internacional de narcóticos”. El funcionario, que actualmente es ministro de Petróleo de Maduro, niega los señalamientos y responde que ha sido víctima de una “infame agresión” del “imperialismo” norteamericano.

El Ministerio Público ordenó la captura de Guarate el 30 de agosto de 2016 y el alcalde se entregó en su despacho 72 horas después. La imputación obedecía a fallas en la recolección de basura, instigación -por supuestamente promover una ola de protestas en el primer semestre de 2014- y “detentación de arma de guerra”. “Me ‘sembraron’ armas de guerra, pusieron una granada debajo de la cama de mi hijo que tenía 5 años”, recuerda el antiguo regidor.

Así terminó en los calabozos del temible Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), policía política que figura en los informes de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Michelle Bachelet, por cometer torturas, maltratos y detenciones arbitrarias contra disidentes y sus familiares.

Para devolverle su libertad el 3 de noviembre de 2017, el chavismo le impuso una condición: tenía que competir en las elecciones municipales de diciembre de ese año, en contravía de la línea opositora que llamó a no participar por considerarlas fraudulentas. Guarate aceptó, mas pronto entendió que en ese juego político solo tenía una opción: perder.

Americo De Grazia, a deputy of the Venezuelan coalition of opposition parties (MUD), arrives at a news conference in Caracas March 15, 2016. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins
Americo De Grazia, a deputy of the Venezuelan coalition of opposition parties (MUD), arrives at a news conference in Caracas March 15, 2016. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

“A las 2:50 de la tarde del 10 de diciembre de 2017 -día de los comicios-, todos decían que estábamos ganando, pero comenzó el acecho del Sebin, los colectivos paramilitares y el Ejército. Sin mediar palabra, un militar disparó una ráfaga con su fusil. Me querían meter preso otra vez y como pude me escapé, ya no estaba dispuesto a entregarme a la justicia”.

Milagro en la cárcel

Cruzó hacia Colombia en enero de 2018 por uno de los tantos pasos ilegales que perforan la frontera del estado Táchira, en los andes venezolanos. En Bogotá lo esperaba David Smolansky, otro alcalde de Voluntad Popular exiliado que se desempeña como comisionado de la Secretaría General de la OEA para la crisis de migrantes y refugiados venezolanos. Smolansky le regaló un boleto de avión para que volara hacia su destino final, Estados Unidos, donde ya estaban su esposa y sus dos hijos.

Apenas aterrizó en Miami informó a las autoridades que pediría asilo político y de inmediato fue detenido por cuatro meses. Rezan las escrituras que los caminos de Dios son misteriosos, quizás por eso en aquel triste centro de reclusión conoció al yerno de un pastor cristiano de origen brasileño que le abrió un nuevo camino.

Todo lo dejó atrás. “En Venezuela teníamos casa, vehículo y estabilidad económica. Aquí vivíamos momentáneamente con una sobrina. Pensaba qué voy a hacer ahora, cuál es mi futuro. No hablo el idioma, las leyes son distintas, tengo una familia que mantener”. Con todas estas preocupaciones a cuestas, consiguió su primer trabajo lavando automóviles en Coral Springs, Florida, por 7 dólares la hora.

Luego, gracias al amigo que hizo en prisión, fue contratado como una especie de conserje por el pastor Fernando Pires en su iglesia de Margate, Florida. “¿Delson, estás seguro de que quieres limpiar baños?”, le preguntó el religioso, consciente de los antecedentes de su futuro empleado. “Yo era alcalde en Venezuela, pero esta es otra realidad. Deme la oportunidad y no se arrepentirá”, prometió al presidente de la Revival Church For The Nations.

“Tener que invertir tiempo en salir adelante es lo que te da valor y fuerza, aunque se me salían las lágrimas. Me preguntaba: ¿por qué estoy haciendo esto? Si me contrataban para limpiar el baño, les arreglaba el estacionamiento y podaba los árboles. Me convertí en voluntario de la iglesia, me tocó ayudar a personas que no tenían donde dormir”, describe sus inicios.

Su empeño arrojó frutos. Pires le dio 800 dólares para que comprara un carro y, más importante aún, le extendió una excelente recomendación para que asumiera con su propia empresa la limpieza de Jim Ellis, la distribuidora de vehículos más importante del estado de Georgia. “He sido político por más de 25 años, mis padres fueron políticos. He tenido que trabajar muy duro para sacar a mi familia adelante y pienso regresar a Venezuela”, aspira Guarate.

El camino de terror de una concejala

Una abuela acusada de terrorismo. El jefe del Sebin, general Gustavo González López, declaró el 23 de febrero de 2018 que militantes de Voluntad Popular pretendían secuestrar al expresidente del Banco Central de Venezuela, Nelson Merentes, “en función de obtener recursos para financiar inminentes actos de terrorismo”. Entre los sindicados estaba Gladys Castillo, una concejal de 65 años que en ese momento se encontraba con sus dos hijas y cinco nietos en el estado Falcón, región centroccidental.

Allí empezó lo que define como una “película de horror”. “Pasé 14 días en la clandestinidad, sin poder dormir. Allanaron la casa de una de mis hijas y le robaron la computadora y los electrodomésticos”, ofrece detalles de aquellas horas de incertidumbre y miedo.

Huyó a Colombia desde el estado Zulia por una trocha vigilada por grupos paramilitares y bandas criminales. “Eso fue lo más traumático, jamás había vivido algo así. Para ingresar a Maicao por una carretera de tierra tuve que pagar en cada punto de control improvisado a hombres que usaban pasamontañas y mostraban sus armas para amedrentar”, comenta la expresidenta de la Comisión de Obras y Servicios del Cabildo Metropolitano de Caracas, institución que Maduro eliminó por ser de mayoría opositora.

Con la Fulop

De Colombia se trasladó a Buenos Aires, Argentina, para instalarse con sus hijas y nietos. Vendieron lo que pudieron para emprender la travesía rumbo al sur. “Es muy doloroso abandonar tu tierra como un criminal. Aquí llegamos en marzo de 2018 sin nada, solamente con un bolsito y tres o cuatro mudas de ropa. La persecución no te da tiempo de pensar”.

Un primo los recibió en su pequeño apartamento. Castillo es cristiana evangélica y gracias a un pastor venezolano pudo contactar a otro argentino que le facilitó un apartamento de un ambiente para la familia. “No teníamos ni una cucharilla para comer o un vaso para tomar agua, ni sillas para sentarnos”. Su primo y pastoras de la iglesia la Catedral de los Milagros les donaron un colchón inflable, un sofá-cama y enseres básicos.

La “película de horror” se convirtió en una telenovela rosa cuando entró en escena Catherine Fulop, estrella venezolana de la pantalla chica en la década de los 80. La actriz Fabiola Colmenares, activista de Voluntad Popular, contó a su colega radicada en Argentina el drama que atravesaba Castillo y la protagonista de Abigail salió en su rescate.

“Catherine Fulop tuvo un corazón tan grande que se presentó donde vivíamos con dos maletas llenas de ropa, zapatos y utensilios de cocina. Estamos agradecidas por toda la vida”, apunta Castillo, quien reconoce que al principio “pasamos mucha hambre y sufrimos mucho”.

La situación ha mejorado. Se afincaron en una localidad más económica al noroeste de Buenos Aires. Los cinco nietos prosiguen sus estudios. Su hija enfermera trabaja en el Hospital Británico, mientras hace la reválida para la licenciatura. Su otra hija está encargada de una tienda en la avenida San Martín y ella prepara arepas -comida típica venezolana- y dulces para vender, cocina en hogares y cuida a personas de la tercera edad.

Castillo tiene muchas aventuras que compartir con sus nietos. Concejal metropolitana de Caracas e integrante de la dirección nacional de Voluntad Popular, esquivó balas y botellas que le lanzaban chavistas en sus actividades proselitistas por los barrios pobres de la capital y hasta fue impactada en su cabeza por una bomba lacrimógena disparada por la Guardia Nacional Bolivariana. Sin embargo, ahora dice que se concentra en repasar la historia de Argentina para colaborar con la formación de los niños. “Soy una educadora para ellos”.

Oro de sangre: diputado en Italia

Américo De Grazia pagó caro el “oro de sangre”. Desde su curul en el Parlamento, el diputado del partido Causa R alzó la voz para denunciar masacres, crímenes ambientales, corrupción y presencia de grupos irregulares en el llamado Arco Minero del Orinoco, zona ubicada al sur de Venezuela y rica en recursos minerales que Maduro decidió someter a explotación pese a las críticas de grupos conservacionistas y comunidades indígenas.

El legislador reveló en mayo de 2016 que se había registrado una matanza de 17 mineros en Tumeremo, estado Bolívar. El régimen chavista reaccionó vinculando a De Grazia con los paramilitares responsables del hecho y posteriormente le confiscó una emisora de radio, arguyendo que funcionaba de manera irregular.

Tres años después, el oficialismo le imputó los delitos de traición a la patria, conspiración, instigación a la insurrección, rebelión civil, concierto para delinquir, usurpación de funciones, e instigación pública a la desobediencia de las leyes. Todo porque el parlamentario respaldó el fallido golpe de Estado promovido por Guaidó contra Maduro el 30 de abril de 2019.

De Grazia tuvo que refugiarse en la embajada italiana de Caracas durante siete meses y en noviembre de 2019 pudo viajar hacia Roma, producto de la mediación del senador Pier Ferdinando Casini, presidente de la Unión Interparlamentaria de Italia. Hoy reside con su hija y su nieta en el pueblo de Amantea, de 16 mil habitantes, en la región de Calabria, pero aclara: “mantengo mi corazón en mi propia tierra”.

Nada fácil

“No me gusta victimizarme, pero todo exilio es complejo, difícil, uno no termina de aceptar su condición de náufrago”, admite. A sus 61 años de edad, ha vuelto al oficio que le enseñaron sus padres. “Aquí estoy ayudando a mi hija en una tarea que afortunadamente domino por tradición familiar, la panadería. Soy de una familia de panaderos”. De hecho, en 1952 sus padres fundaron una panadería en Upata, pueblo que De Grazia administró como alcalde entre 2000 y 2004.

Maduro suele denostar a los diputados que eludieron su hostigamiento, aseverando que disfrutan de un “exilio dorado” con grandes lujos. El asambleísta contesta que eso es absolutamente falso. “No conozco a ninguno de mis compañeros parlamentarios que estén en una situación de privilegios dorados. Todo lo contrario, conozco de su amargura, de su dolor, de su desgarro por el destierro y el exilio”, concluye.

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