La delgada línea entre el humor y la discriminación: ¿es posible criticar a los judíos?

NEW YORK TIMES HEADQUARTERS, NEW YORK, UNITED STATES - 2019/04/29: New York Times Headquarters - Jewish organizations held a protest  outside The New York Times offices, over the alleged anti-Semitic cartoon published in the newspaper depicting Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu as a dog on a leash held by a blind President Donald Trump. (Photo by Erik McGregor/Pacific Press/LightRocket via Getty Images)
Organizaciones judías protestaron frente a la sede del diario The New York Times luego de la publicación de una viñeta que consideraron antisemita. (Photo by Erik McGregor/Pacific Press/LightRocket via Getty Images)

La caricatura publicada por The New York Times el pasado 25 de abril de un Donald Trump ciego guiado por un perro de patas cortas con el rostro del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu cayó como una bomba en la opinión internacional.

El hecho de que en el dibujo el presidente de Estados Unidos usaba una kipá y del cuello del can colgara una Estrella de David fue la gota que colmó la paciencia de los judíos, quienes expresaron su indignación por la viñeta que calificaron de antisemita.

El cataclismo editorial fue de tal magnitud que uno de los principales referentes del periodismo mundial se disculpó de manera pública con el pueblo judío y poco después anunció que eliminaría por completo las caricaturas políticas de su edición internacional a partir del 1 de julio. Críticos dicen que el diario no se disculpó con Trump y ni con los estadounidenses.

El autor de la viñeta, Antonio Moreira Antunes, aseguró se trataba de una crítica política y no religiosa. El artista portugués dijo que lo intentaba transmitir era un mensaje contra la política del estado de Israel y no contra el pueblo judío aunque en el pasado ya había herido sensibilidades por su crítica frontal a las actuaciones del ejército de Israel en Palestina

Para la investigadora Izabella Tabarovsky , el discurso antijudío de la izquierda ha hecho indistinguible el concepto de antisemitismo y antisionismo y aseguró que eso quedó demostrado en La marcha de las mujeres y las declaraciones de las congresistas Ilhan Omar y Rashida Tlaib.

“Hoy, la idea de que el antisemitismo de la ultra izquierda es simplemente político y por lo tanto inofensivo está perdiendo rápidamente su ya delgada credibilidad. Nadie duda de que hay supremacistas blancos que está armados esperando para matar. ¿Pero cuál es el impacto de una imagen antisemita publicada en uno de los periódicos más prestigiosos y de mayor circulación en el mundo” preguntó Tabarovosky en la publicación Tablet

¿Antisionista o antisemita?

Para comprender esa diatriba hay que entender la diferencia entre antisionismo y antisemitismo. El Sionismo es la aspiración de los judíos de recobrar Palestina como patria. Aunque el antisionismo no existe en el diccionario de la Real Academia Española, se trata de la oposición al nacionalismo judío que lucha por mantener un estado dentro de territorio palestino. Por otra parte, ser antisemita es ser enemigo de los judíos y de su cultura. Hay quienes opinan que existe un largo trecho entre rechazar la política militar de Israel en Cisjordania que odiar a todo el pueblo judío.

El profesor de periodismo y ciencias políticas Peter Beinart consideró en un artículo en The Guardian que es un momento alarmante para ser judío por el incremento de los actos antisemitas pero alegó que los que equiparan el antisionismo con el odio a los judíos caen en un trágico error.

Beinart dijo que el argumento de que el antisionismo es inherentemente antisemita descansa en tres pilares: El primer pilar se fundamenta en que oponerse al Sionismo es antisemita porque niega a los judíos en derecho a lo que otros pueblos poseen: un estado propio.

El académico señaló que los judíos no eran los únicos en no tener un estado antes de la creación de Israel en 1948. Muchos pueblos con una identidad cultural definida no tiene un estado: los vascos, los catalanes, los escoceses, los tamiles, los quebequeses crearon movimientos nacionalistas para lograr su autodeterminación y no lograron alcanzarla.

El segundo pilar que sostiene la creencia que toda idea antisionista es antisemita es el deseo de que Israel pierda su identidad y configuración política.

Beinart considera que no un acto de odio desear que el estado de Israel modifique su nacionalismo étnico en un nacionalismo cívico, en el que todos los grupos étnicos tengan los mismos privilegios. Israel tiene 9 millones de ciudadanos pero también posee 5 millones de habitantes que no son ciudadanos, específicamente palestinos que viven en Cisjordania y la Franja de Gaza sin derechos básicos.

BERLIN, GERMANY - JUNE 01: A woman wearing a Kippa with a Star of Daviv pattern on it is seen among other counter demonstrators as the annual Al-Quds march pass by (not pictured) on June 1, 2019 in Berlin, Germany. Critics accuse the Al-Quds marchers of anti-Semitism Quds Day was originally held in Iran and spread to other countries as an annual protest against Zionism and Israeli occupation of East Jerusalem as well as to show support for Palestinian liberation. (Photo by Omer Messinger/Getty Images)
La kipá es un pequeño gorro ceremonial que se ha convertido en uno de los símbolos del judaísmo. El comisionado de antisemitismo del gobierno alemán Felix Klein recomendó a los judíos en Alemania que eviten usar el tradicional kipá en público por el aumento de los ataques con las judíos. (Photo by Omer Messinger/Getty Images)

“Un motivo por el que Israel no le da ciudadanía a los palestinos es porque es un estado diseñado para proteger y representar a los judíos, y otorgar el voto a 5 millones de palestinos pondría esa función en peligro”.

El tercer argumento señala que el antisemitismo y el antisionismo simplemente van de la mano. “Pero esa afirmación es empíricamente falsa. En el mundo real, el antisionismo y el antisemitismo no siempre van juntos. Es fácil encontrar personas que, lejos de oponerse al Sionismo, entusiastamente lo abrazan”.

La viñeta de la discordia

La caricatura generalmente es políticamente incorrecta. Basta con dar una mirada a su historia para ver a negros e irlandeses dibujados como monos en el siglo XIX o mirar a China en pleno siglo XXI transformada en un temible dragón verde que aplasta con una mano a Hong Kong.

Aunque las viñetas no eran el plato fuerte del New York Times, su publicación le comenzaban a dar satisfacciones. En 2018 fue merecedor del premio Pulitzer por una serie de caricaturas sobre las adversidades de una familia de refugiados y sus temores a ser deportados.

Así como la aparición en la edición impresa de la caricatura de Netanyahu como un perro seguido por Trump enfureció a los grupos de presión judíos, la censura y el despido de Patrick Chappatte y Heng Kim Song, los dos dibujantes que había creado cientos de viñetas para el diario, fue fustigado por comunicadores y defensores de la libertad de expresión.

El periodista español Iñaki Gabilondo dijo en un video posteado en la edición digital de El País que era “lamentable” la decisión del diario neoyorquino de poner fin a sus viñetas luego de haberse forjado un creciente número de seguidores “a través de un trabajo periodístico de gran calidad, de gran solidez, de gran profundidad”.

Para Gabilondo la medida demuestra “el poder del enorme lobby judío” en Estados Unidos. Pero también demuestra “la enorme debilidad del periodismo, de los medios de comunicación, o al menos de los medios de comunicación que hincan la rodilla como en este caso del New York Times”.

La codirectora del diario Público Virginia Pérez Alonso, explicó que la creación artística no tiene límites excepto cuando se comete un delito o se incita a hacer daño a una tercera personal “El arte es arte. ¿Cuántas películas tendremos que prohibir porque ofenden a una persona o a otra?”.

Para el creativo David Marcusel valor de una sátira supera largo rato al mal chiste” y si un caricaturista se pasa de la raya el público y su gremio se lo hace saber sin necesidad de sacar el lápiz rojo.

En un artículo en The Federalist, elaboró sobre la queja del propio Chappatte, quien dijo que la medida de sacar las viñetas del diario no solo afectaban a los caricaturistas sino al periodismo en general.

"Vivimos en un mundo donde las muchedumbres moralistas se reúnen en las redes sociales y se desatan como una tormenta y caen sobre las redacciones con una fuerza contundente", dijo Chappate al ver cómo la exitosa carrera que comenzó en 2003 en NYT llegó a su fin por un dibujo que ni siquiera

Marcus percibe al caricaturista como un tipo de periodista que vive de la exageración y que trabaja con esterotipos. "En el sentido real son literalmente noticias falsas. Son una forma de comedia que generalmente es transgresora en una época en que la transgresión es castigada al simplemente borrarla de la cultura".

El artista estadounidense insistió en que los humanos siempre hemos necesitado la comedia y el humor ahora o en la antigua Grecia. “Necesitamos reírnos de nosotros mismos, en la condición absurda en la que nos colocamos. Que The New York Times se haya doblegado al temor y haya decidido dejar de publicar caricaturas políticas es una lástima”.