Ismael Cala: ¿Facturar? Sí, pero sin que luego la vida nos pase factura | Opinión

Captura de pantalla / Instagram

Cuando una situación se hace tan evidentemente pública, como lo ha sido el sonado divorcio entre dos figuras famosas —como lo son Shakira y Gerard Piqué—, es inevitable hablar del tema, por mucho que intentemos evadirlo.

Los artistas de cualquier nivel se nutren de sus vivencias y emociones para crear las más sublimes obras de arte, y los grandes compositores como Shakira —mujer llena de gracia, en árabe—, no son la excepción a la regla. ¿Quién no ha cantado a todo pulmón, canciones de despecho que han sido mundialmente famosas?

Ella sigue siendo la maestra y creadora excelsa de Pies descalzos (y una de mis cantautoras favoritas), así que no podíamos esperar menos de una catarsis personal (que hasta podría prevenir enfermedades) tan profunda como lo es un divorcio: la sesión 53 con el reconocido productor argentino Bizarrap se convirtió en la canción latina con más reproducciones en un día en Spotify, y ha desplazado a Despacito, ya que, con 24 horas de haber sido subida, alcanzó los 64 millones de reproducciones, y más de 120 millones de visitas en Youtube. Más de medio millón de dólares ganados en tan solo cuatro días de haber sido lanzada.

Si la música está llena de historias personales, si todas esas canciones —compuestas buena parte por hombres—, han sido hits, ¿Es que acaso las mujeres no tienen derecho a expresar sus emociones? Creo que un tema como este debe prestarse para iniciar conversaciones sobre el empoderamiento femenino, y la hipocresía machista que aún hoy se cuela en nuestra sociedad.

Por otro lado, a mí en lo personal, me toca este tema por haber sido un niño que padeció en carne propia el divorcio de sus padres, una separación dura, dolorosa, en la que sobraron los dimes, diretes e insultos; lo que me ocasionó traumas con los que debí lidiar aún en mi vida de adulto, y aunque las heridas hayan cerrado por mi parte, por mi madre y por mi padre antes de fallecer, no puedo evitar pensar en los pequeños Milan (9A) y Sasha (11A), quienes muy probablemente tengan acceso a internet y puedan consumir los memes, las críticas y hasta los comentarios burlescos que algunas personas puedan hacer.

Nadie sabe cómo estuvieron las cosas a puerta cerrada, cómo fueron las reacciones de papá y mamá cuando la relación comenzó a agrietarse, así que lo más probable es que los niños ya estén cargando una mochila pesada desde el primer instante en que se dieron cuenta que comenzarían a vivir en casas separadas. Esperemos que, tras la tormenta, lo puedan superar y comprendan que sus padres no son perfectos, y que a pesar de todo; les aman.

¿Facturar? Sí, pero sin que luego la vida nos pase factura.