Los hijos de los combatientes del Estado Islámico están creciendo en un campo desértico, ¿en qué se convertirán?

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El senador Republicano de Carolina del Sur Lindsay Graham, segundo de la derecha, en un vuelo en helicóptero militar sobre el norte de Siria el 5 de julio de 2022. (Charlie Savage/The New York Times)
El senador Republicano de Carolina del Sur Lindsay Graham, segundo de la derecha, en un vuelo en helicóptero militar sobre el norte de Siria el 5 de julio de 2022. (Charlie Savage/The New York Times)

AL-HOL, Siria — Visto desde un helicóptero, este enorme campo donde se encuentran las esposas y los hijos de los combatientes muertos o capturados del Estado Islámico (EI) era un mar de tiendas de campaña blancas contra el paisaje desolado y azotado por la sequía del noreste de Siria.

Desde tierra, la dimensión humana de esta tragedia se hizo evidente. A medida que un convoy de vehículos blindados se abría paso por una carretera polvorienta, los niños salían para colocarse junto a la valla en medio de la basura. Algunos saludaban. Un niño, con una camiseta desteñida de “La guerra de las galaxias”, se puso de pie con las manos entrelazadas a la espalda. Otro, con una camisa polo que le quedaba enorme, sostenía en alto una estrella hecha con papiroflexia.

Al-Hol es un campo de detención para personas desplazadas por la guerra del Estado Islámico, los guardias no permiten a los residentes salir por la puerta.

Alrededor del 93 por ciento de las 55.000 personas que se encuentran aquí son mujeres y niños, casi la mitad de los cuales son menores de 12 años. Aunque la mayoría tienen una madre iraquí o siria, miles provienen de otros 51 países, incluidas naciones europeas que han estado renuentes a repatriarlos.

El mundo ha dejado de ponerles atención desde la caída del principal bastión del EI en 2019. Pero decenas de miles de niños que crecen en circunstancias brutales y son muy vulnerables a la radicalización han quedado en el olvido. Están rodeados de mujeres militantes extremas; cuando estos niños se convierten en adolescentes, se les transfiere a prisiones de guerra para combatientes.

“Hemos visto la violencia y también sabemos que tenemos una gran población de niños que están creciendo”, comentó Daoud Ghaznawi, quien supervisa la administración de servicios en el campo por parte de organizaciones no gubernamentales en conjunto con guardias al servicio de un grupo paramilitar encabezado por kurdos que controla la región. “De seguir así, nada bueno puede salir de esto”, agregó.

Grupos de derechos humanos y el ejército han alertado sobre los peligros de dejar languidecer en el desierto a los hijos detenidos de los miembros del EI: además de ser crueles, las condiciones miserables corren el riesgo de convertirlos en una red de extremistas enfadados con el mundo e insensibles a causa de la violencia.

Las Fuerzas Democráticas de Siria retiran el cuerpo de un supuesto miembro del EI del interior de una escuela en Hasaka, Siria, el 27 de enero de 2022, tras el intento de fuga de la prisión y la batalla de casi dos semanas en la ciudad. (Diego Ibarra Sanchez/The New York Times)
Las Fuerzas Democráticas de Siria retiran el cuerpo de un supuesto miembro del EI del interior de una escuela en Hasaka, Siria, el 27 de enero de 2022, tras el intento de fuga de la prisión y la batalla de casi dos semanas en la ciudad. (Diego Ibarra Sanchez/The New York Times)

El campo para mujeres y niños forma parte de una constelación de instalaciones en el noreste de Siria supervisadas por la milicia liderada por los kurdos que también incluye casi dos docenas de prisiones que albergan a unos 10.000 hombres adultos, presuntos combatientes del Estado Islámico que han demostrado ser aún más difíciles de repatriar y suponen el riesgo de fugarse.

A finales de 2018, Al-Hol albergaba a unos 10.000 refugiados y otros desplazados por la guerra. Pero a principios del año siguiente, cuando la coalición respaldada por Estados Unidos sitió Baghuz, el bastión restante del Estado Islámico, las mujeres y los niños que huyeron o sobrevivieron fueron separados de los hombres y enviados a al-Hol. Su población aumentó siete veces.

Durante años, el Departamento de Estado estadounidense ha instado a los países a repatriar a sus ciudadanos, como lo hizo Estados Unidos. Hacerlo es políticamente impopular dada la asociación de los prisioneros con el Estado Islámico e incluso sus hijos más jóvenes suelen ser estigmatizados como peligrosos. Sin embargo, varios grupos de mujeres y niños se han marchado.

Mientras tanto, la seguridad empeora en el interior de Al-Hol. Ha habido alrededor de 25 homicidios en lo que va del año. Aunque los datos disponibles son imprecisos, la frecuencia de los asesinatos ha aumentado desde la primavera e incluye un asesinato la semana pasada y una mujer que fue decapitada el mes pasado. Se cree que las mujeres extremistas del EI, que se han erigido como la policía religiosa, son responsables de muchos asesinatos como represalia por trasgresiones como hablar con las autoridades del campamento.

Una delegación en misión de investigación, encabezada por el senador republicano de Carolina del Sur Lindsey Graham, visitó las instalaciones en las últimas semanas e invitó a un reportero de The New York Times a una visita inusual de un alto funcionario estadounidense.

La situación podría empeorar pronto. Turquía considera que el grupo paramilitar liderado por los kurdos que controla el noreste de Siria está vinculado a un grupo terrorista separatista. El grupo paramilitar, conocido como Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), ha sido el principal aliado de Estados Unidos sobre el terreno en su lucha contra el Estado Islámico en Siria.

Turquía, aliada de Estados Unidos en la OTAN, atacó a las Fuerzas Democráticas Sirias en 2019, lo cual desestabilizó la frágil región. Este país ha señalado su intención de volver a atacar pronto.

Si hubiera otra incursión turca, los funcionarios estadounidenses creen que cientos de miles de personas que viven en la región fronteriza podrían ser desplazados, lo que aumentaría la agitación. También temen que los guardias de la prisión de las FDS y una fuerza de seguridad interna en Al-Hol redistribuyan personal al frente, como ocurrió en 2019, y puedan perder el control de los detenidos del Estado Islámico.

“Si en efecto se realizara un ataque turco, es muy probable que tengamos otra versión del EI”, dijo el general brigadier de la Fuerza Aérea Claude K. Tudor Jr. utilizando un nombre alternativo para el grupo Estado Islámico durante un vuelo en helicóptero sobre Siria en el que viajaba Graham. Tudor es comandante de la fuerza especial de operaciones que trabaja para derrotar al EI en Irak y Siria.

El general estadounidense advirtió que los grupos paramilitares podrían tratar de reagruparse a través de fugas masivas de prisiones y agregó: “Creemos que el EI está buscando atacar otra prisión o hacer algo en Al-Hol”.

Las Fuerzas Democráticas Sirias ya tienen poco control en la región. De pie bajo un sol abrasador en la azotea de un edificio de administración de prisiones en la cercana Hasaka, el general Amuda, jefe de una unidad de comandos de las FDS que es una fuerza asociada designada por Estados Unidos y que utiliza un seudónimo, describió un infame ataque del Estado Islámico allí en enero.

Se produjo una batalla de dos semanas en la que murieron decenas de guardias de las FDS y cientos de detenidos y combatientes del EI. Relató el asalto con lujo de detalle y mostró los edificios acribillados y un lugar en el que, según dijo, los milicianos habían quemado vivos a dos guardias.

Después, cuando el Ejército estadounidense trató de determinar quiénes habían muerto o escapado, quedó claro que la milicia no tenía registros completos de sus detenidos. Entre los reclusos de Hasaka había también cientos de adolescentes, algunos de los cuales, al parecer, fueron traídos de Al-Hol al crecer; otros adolescentes fueron enviados a centros de rehabilitación de los que se dice que carecen de capacidad suficiente.

En 2022, el Ejército estadounidense tiene previsto destinar 155 millones de dólares en Siria para capacitar y equipar a las FDS y para otros trabajos relacionados como reforzar las prisiones donde se encuentran miembros del EI. El Departamento de Estado y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional planean usar 852 millones de dólares para la asistencia humanitaria en Siria y para apoyar a los refugiados en los países vecinos.

Los fondos del Pentágono han ayudado a pagar guardias e infraestructura, incluidos detectores de metal en Al-Hol, así como vallas internas que se tiene planeado construir ese mes, lo cual les permitiría a los guardas cerrar secciones en caso de que estalle una revuelta o después de una, para limpiar las armas de contrabando. El Ejército estadounidense también está recabando datos biométricos, como el ADN, de los prisioneros adultos.

En Hasaka, el general de división John W. Brennan Jr., comandante de la fuerza especial contra el Estado Islámico en Irak y Siria, dijo que las naciones que no estén dispuestas a repatriar a sus ciudadanos del EI deberían al menos pagar a las FDS por alojarlos.

La mayoría de los niños en Al-Hol no van a la escuela, no hay suficientes, y algunas mujeres se niegan a dejar ir a sus hijos. Ghaznawi dijo que hace poco tuvieron que cerrar dos escuelas; dejaron de contratar a los residentes del campamento como personal de apoyo y sufrían ataques todo el tiempo, dijo.

Kathryn Achilles, activista y directora de medios y comunicación en Siria de Save the Children, dijo que opera seis “espacios provisionales de aprendizaje” en Al-Hol, incluido uno que esta organización reconstruyó hace poco después de que fue incendiado. Enseñan un programa básico de Inglés, Árabe, Matemáticas y Ciencias, pero la creciente violencia, traumatiza aún más a los niños, comentó.

“Estos niños no eligieron ir a Siria ni nacer ahí y están atrapados en este ciclo de violencia que los castiga por los pecados o los pecados percibidos de sus padres”, comentó. “Las FDS ahora son responsables de esta gente. Estos niños están atrapados en el sistema, pero lo que necesitan es regresar a casa”, comentó Achilles.

© 2022 The New York Times Company

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