Felipe Calderón, el expresidente que provoca una indignante nostalgia en tiempos de AMLO

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Felipe Calderón durante su último día como presidente de México en 2012. (ALFREDO ESTRELLA/AFP via Getty Images)
Felipe Calderón durante su último día como presidente de México en 2012. (ALFREDO ESTRELLA/AFP via Getty Images)

Felipe Calderón ha encontrado la mejor forma de gobernar un país. Lo ha hecho casi diez años después del fin de su sexenio: ahora es el presidente en Twitter. Eso le viene muy bien, porque en ese terreno fértil para el olvido y la manipulación hasta él puede parecer entrañable y digno de un reconocimiento tardío que millones de mexicanos malagradecidos le han negado.

El asesinato de los dos sacerdotes jesuitas ha traído de vuelta la idea de que todo era mejor en los tiempos de Calderón. Esa tendencia es, más bien, recurrente porque el segundo presidente de oposición en la historia de México nunca se ha mantenido alejado de los reflectores. Si de los políticos en función se suele decir que están enfermos de poder, de él perfectamente podría decirse que está enfermo de atención.

Con el fracaso de México Libre consumado, el expresidente se quedó sin métodos para competir en el tablero de la política real, y ahora prefiere fungir como dueño de la verdad, pues tiene soluciones para absolutamente todas las cosas que el actual gobierno hace mal. Y, desde luego, cuenta con una refinada ola de seguidores que no solo le dan la razón, sino que poseen la extrañísima facultad de hacer contagiosa esa melancolía que sienten por los “tiempos de oro”.

No se puede negar que la obsesión de López Obrador con Calderón ha hecho su parte. El actual presidente trae a cuento a su némesis con mucha constancia y a la menor provocación. Por extensión, los seguidores del presidente tampoco sacan al expanista de su mente, y le atribuyen todos los males del país. Ya no sorprende la táctica de AMLO para deslindarse de la responsabilidad que tiene de gobernar, como si no supiera que fueron esos mismos embrollos los que lo llevaron a él a la silla del águila: llegó para resolver, no para poner excusas.

Pero de culpar al calderonismo por todo, como hace López Obrador, a sentir nostalgia por su sexenio hay una distancia sideral que hoy parece olvidada. Por eso Calderón no tiene el menor rubor en replicar un par de frases que, en el colmo del cinismo, le quiere aplicar al gobierno actual: "¿Tocamos ya fondo? ¿Se olvidará este hecho sin precedentes en días por venir?". La pregunta resulta obvia: ¿cuántas veces millones de mexicanos se preguntaron lo mismo durante el gobierno de él?

Porque lo cierto es que el fondo lo tocamos hace mucho tiempo y seguimos ahí porque, precisamente, fue el gobierno de Calderón el que nos acostumbró a vivir hechos sin precedentes todas las semanas. Aunque haya no pocos desmemoriados que en su ignorancia digan que antes morían delincuentes y ahora mueren inocentes, la realidad tiene mecanismos eficientes para poner a prueba la posverdad histórica.

¿Calderón y sus fanáticos se olvidan de los quince adolescentes asesinados en Villas de Salvárcar por un comando armado mientras festejaban un cumpleaños? ¿Es tan sencillo olvidar que, en lugar de hacer frente al terror, prefirió llamarlos delincuentes haciendo gala de una ignorancia impermisible para un jefe de Estado? Cuando Luz María Dávila, madre de dos hermanos ultimados, confrontó a Calderón cara a cara con la voz entrecortada, no hubo muro de 140 caracteres en el que el presidente pudiera esconderse.

Como tampoco pudo evitar la vergonzosa crisis diplomática con Francia devenida por el injusto proceso judicial que padeció Florence Cassez, a quien Calderón se esforzó en criminalizar para cumplir como escudero de su inseparable Genaro García Luna, hoy enjuiciado en Nueva York por cinco cargos, tres de ellos por tráfico de cocaína. Todo eso es desechable para el furor tuitero.

Si solo morían narcotraficantes, como argumentan los fervientes calderonistas, ¿por qué Human Rights Watch documentó en 2011 que militares y policías habían destruido o manipulado evidencias útiles para comprobar si los muertos, en efecto, eran criminales que morían en reyertas intestinas o gente inocente? Un estudio del CIDE citado por Daniel Wilkinson demostró el 84% de las veces que el Ejército abrió fuego contra población fue sin causas que justificaran ese accionar.

Calderón emprendió la llamada
Calderón emprendió la llamada "Guerra contra el narcotráfico" en 2006, recién llegado a la Presencia de la Republica. REUTERS/Claudia Daut

Y hay más, mucho más. Son 120 mil los asesinatos violentos estimados durante el calderonismo, de acuerdo con Santiago Corcuera, expresidente del Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU. Además, según señaló Corcuera en entrevista con Carmen Aristegui en 2020, el gobierno de Felipe Calderón ocultó una lista de más de 26 mil 500 desaparecidos —también Wilkinson subrayó que el gobierno jamás pudo probar que sólo el 10% de las muertes fueran de gente inocente, como repitió Calderón durante todo su mandato—. Sin olvidar el fenómeno de los desplazamientos forzados: la académica Ariana Ángeles ha señalado que fueron hasta 1.5 millones de mexicanos los que abandonaron su hogar por la política de seguridad emprendida por Calderón en 2006.

En resumidas cuentas, estamos asistiendo a un punto crítico que en el futuro podría radicalizar aún más la vida pública. ¿El gobierno de López Obrador lo está haciendo tan mal como para que millares de personas consideren que extrañar a Calderón es el mejor refugio posible? ¿Todo lo padecido durante esos seis años de terror tiene efectos amnésicos en las personas que adoran a Felipe Calderón? Contra los juicios absolutistas y convenencieros, una dosis de memoria nunca viene mal.

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