¿Es más fácil ser multilingüe que bilingüe?

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Es posible que haya oído afirmar alguna vez que nuestros cerebros son poderosas computadoras. Aunque somos capaces de procesar mucha información de manera simultánea, esa potencia sería insuficiente en la constante sobrecarga de estímulos e información en que vivimos si no fuera porque nuestra mente también hace otras cosas muy bien: predecir, adaptar, reutilizar; hacer más con menos.

El cerebro construye modelos de cómo funciona el mundo (la realidad, la vida, todo), igual que la meteorología construye modelos de cómo funciona el tiempo. Como en las previsiones meteorológicas, esta comprensión profunda del mundo, este registro minucioso e inconsciente de los detalles nos permite predecir qué va a pasar, y anticiparnos, aunque sea unas milésimas de segundo. Ir por delante de la información, y no a remolque. A veces, nuestro cerebro yerra en sus predicciones: cada uno de estos errores se registra y ayuda a mejorar constantemente nuestros modelos.

Ahorrar y reutilizar información

Anticiparse al ritmo vertiginoso del presente no es la única manera de ahorrar recursos cognitivos. El aprendizaje es un proceso fundamental en el que, a través de la experiencia, nuestro comportamiento o nuestra relación con el entorno cambian.

En algunos casos, el aprendizaje supone registrar información en nuestra memoria a largo plazo, tanto de datos (¿Cuánto cuesta un litro de leche? ¿En qué ley se ampara esta gestión administrativa?) como de procesos (incluso mecánicos, como por ejemplo montar en bicicleta) para poder recuperarla después, cuando nos haga falta.

Pero almacenar esa información requiere experiencia, y esta a su vez tiempo. Por esta razón, reutilizar información que ya tenemos almacenada para aplicarla a un nuevo contexto es de mucha utilidad para ahorrar esfuerzo y tiempo en el aprendizaje. Nuestro cerebro hace esto de forma automática.

Interferencias entre lenguas

Hay pocos ejemplos mejores de este reciclaje de conocimiento anterior que el que se da en el aprendizaje de lenguas. ¿Ha notado que algunas características de su español nativo aparecen cuando habla inglés? ¿O es el inglés, su segundo idioma, el que se cuela ocasionalmente en sus intentos por hablar alemán?

Estos pequeños momentos de interferencia, de los que probablemente tenga muchos ejemplos, son solo la punta de un iceberg que llamamos influencia interlingüística o transferencia lingüística, y que en la inmensa mayoría de los casos funciona a su favor.

Tácitamente, su cerebro está evaluando de manera eficiente qué partes de su conocimiento lingüístico ya aprendido pueden reutilizarse, para evitar gastar valiosos recursos en aprender las cosas dos veces.

En ocasiones, esto implicará comparar las gramáticas de dos idiomas que ya conoce para encontrar la más útil o aplicable a la nueva lengua. Otras veces, usará este conocimiento previo para dirigir su atención a las partes más importantes de una oración que está tratando de entender.

Por ejemplo, si la nueva lengua funciona como el inglés, el orden de las palabras es fundamental. Si funciona como el español, habrá que prestar especial atención a los finales de las palabras, donde se concentra información muy valiosa para entender el significado de la oración. Esencialmente, tener experiencia con otras lenguas nos permite hacer más con menos.

¿Cada nuevo idioma es más fácil?

La pregunta casi se hace sola. Si nuestra experiencia lingüística influye tanto a la hora de aprender un nuevo idioma, ¿son mejores aprendices aquellos que hablan más lenguas? La respuesta es compleja, y tiene al menos dos aristas.

La primera es que el bagaje lingüístico del hablante y su relación con la lengua que intenta aprender importan, y que la cercanía entre una y otras lenguas puede ser relevante para hacer más o menos difícil el proceso.

La segunda es que el aprendizaje de lenguas genera ciertas estrategias y cierta manera casi automática de reflexionar sobre el lenguaje (lo que llamamos conocimiento metalingüístico), y que estos factores pueden ejercer de “músculo” que contribuya a procesos de aprendizaje más cortos o más efectivos.

La ventaja bilingüe

En diversos estudios se ha encontrado, por ejemplo, que hablantes bilingües con la misma lengua nativa que un grupo de monolingües de edad y características similares resultan por lo general aprendices más eficaces de una misma lengua, incluso a nivel de funcionamiento neuronal, o que son mejores incorporando nuevos sonidos (fonemas) a su repertorio.

Esta ventaja bilingüe en el aprendizaje de lenguas hace suponer que la experiencia con procesos de aprendizaje similares puede ser beneficiosa.

¿Motivación o predisposición?

Es importante remarcar un aspecto que matiza en cierto modo lo anterior. Los hablantes plurilingües, especialmente en el caso de los entusiastas políglotas que se lanzan a aprender una multitud de lenguas distintas, suelen contar con elementos de base que sabemos muy ventajosos en la adquisición de lenguas.

La principal de estas características es la motivación, que ha suscitado teorías sobre el aprendizaje de segundas lenguas donde este factor es un elemento central.

El hecho de que los aprendices expertos sean, por tanto, gente con una proclividad natural a la adquisición de lenguas hace que no esté del todo claro si son mejores aprendices porque su experiencia les dota de una ventaja notable, o si lo han sido desde el principio por su mayor nivel de motivación, menores niveles de ansiedad, y otros factores afectivo–emocionales de gran impacto en estos procesos.

Aprovecharlo para la enseñanza

La consideración del plurilingüismo y la adquisición de terceras lenguas como un fenómeno en sí mismo ha supuesto un avance en nuestra comprensión del aprendizaje de lenguas.

Dada la importancia de nuestro bagaje lingüístico y los procesos de economía de recursos que operan constantemente en nuestro cerebro, es fundamental que entendamos que el diseño de estrategias educativas en la enseñanza de lenguas debe adaptarse a su contexto.

Esto incluye, en muchos casos, entender que la realidad de las aulas incluye tanto a hablantes de segunda lengua como a hablantes plurilingües. Para ellos, la lengua extranjera no es su primer contacto lingüístico más allá de la lengua nativa.

La investigación sobre estos procesos tiene un peso fundamental en nuestra capacidad de dar respuesta a la diversidad y optimizar así nuestros resultados en la enseñanza de lenguas.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Jorge González Alonso recibe fondos de la Comunidad de Madrid y el Consejo de Investigación de Noruega.

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