OPINIÓN | De "Nancy, la nerviosa" para "el obeso Trump": cuando reina la polarización, mueren las ideas

Nancy Pelosi (Photo By Tom Williams/CQ-Roll Call, Inc via Getty Images)

Nancy Pelosi hizo un gran esfuerzo en sus primeros tiempos al frente del Congreso estadounidense (en su segunda temporada, me refiero, recordemos que ya ella había sido la vocera de los representantes de 2007 a 2011) por mantener la institucionalidad. 

Primero estaba decidida a no contestar los comentarios de arrabal que el primer mandatario espetaba en público para con ella y su bancada. Luego estuvo renuente a lanzarse a armar un impeachment por múltiples razones que no fueran sólidas, y se dio a  la tarea de contener las presiones de la hirviente y juvenil ala izquierdista que nace en el partido demócrata.Hasta que accedió al juicio por el caso de Ucrania, aún sabiendo que las cuentas no daban para llegar al final.

Los analistas explican que, por una parte, necesitaba canalizar la olla de presión de representantes como Alessandra Cortez, y por la otra, independientemente del resultado, el país necesitaba sentar un precedente sobre las consecuencias que tiene que un mandatario use el apoyo de las fuerzas armadas como voto de cambio frente a favores políticos internos con extranjeros. El resto de esa historia... es historia (valga la reiteración).

Pero sólo los sabios son capaces de seguir el consejo de la bofetada de Jesucristo una y otra vez, y más cuando la integridad moral está a la vista del público.

Acostumbrado a bautizar a sus adversarios con motes burlones, cuando el proceso de impeachment comenzó, Trump no lo pensó dos veces para bautizarla "Nervous Nancy" (Nancy, la nerviosa). La legendaria figura demócrata tiene leves temblores, seguramente producto de la edad, y el mandatario estadounidense no ha dudado en burlarse de ella una y otra vez, consistentemente, tirando carnadas a su paciencia que, era de esperarse, llegó a su límite.

Ya le había rendido frutos en el pasado. Cuando el provocador, que ya ha renunciado a la corrección como imagen, instiga, busca la virulencia del provocado, traerlo a su terreno, y hacerle perder la compostura, la que su provocado desea, y a la que el provocador ha renunciado.

Donald Trump (Photo by Jim WATSON / AFP) (Photo by JIM WATSON/AFP via Getty Images)

Por solo poner un ejemplo, en una disputa con la senadora Elizabeth Warren, quien siempre defiende la diversidad étnica y habla de los pobladores indígenas originales de Estados Unidos, Warren, acusada de ser blanca (una simple provocación, quién puede ser pecador por su origen étnico) por el propio Trump, terminó diciendo que de seguro ella tendría orígenes indígenas (no se puede parecer menos indígena que Elizabeth Warren).

A partir de ahí, Trump la bautizó Pocahontas, un mote abusivo y burlón que haría reír al más respetuoso, y, lo peor, la senadora terminó haciéndose un examen de ancestros genéticos donde, por supuesto, su ascendencia indígena no existía.

Primera ‘disputa’

Con Pelosi, el climax llegó nada más y nada menos que durante la rendición de cuenta frente al poder legislativo (lo que los americanos llaman The state of the union), el cuatro de febrero pasado. Fue un discurso muy propagandístico, como le gusta a Trump, en el que el mandatario no se cansó de mostrar logros (algunos dudosos, como ya es usual), contando con el incuestionable momentum económico que vivía su administración, y en el que, por cierto, tuvo de invitado de honor a Juan Guaidó, Presidente Interino de Venezuela.

Lo cierto es que en el inicio de ese acto, en el cual se estila que el Presidente salude a la Presidenta de la Cámara, con el impeachment en curso, Trump se negó a darle la mano a Pelosi, convirtiendo el que sea quizás el más institucional de los ritos de Estado de Estados Unidos en una disputa política pública, sin duda restando majestad al protocolo y la ocasión.

Pelosi y Trump en el acto del Estado de la Unión

La respuesta no se hizo esperar. Y el planeta entero vio como Pelosi, al finalizar la ovación y mientras Trump saludaba, rompió el discurso impreso del Presidente, en señal de rechazo y disgusto. Por supuesto, Pelosi lució tan desencajada como Trump suele hacerlo. Con la diferencia de que Trump asume tal como su estilo, y Pelosi forma parte de quienes lo critican.

El problema de la polarización es que, aunque tú no la hayas propuesto, cuando te entrampa, te hace parte del problema.

"No es una buena idea, pertenece al grupo de obesidad"

Recientemente, Trump ha hecho numerosas declaraciones estrafalarias, por decir lo menos, entorno a la problemática de la pandemia. Ha recomendado consumir lejía, prometido vacunas y anunciado cifras de exámenes difíciles de verificar, también por decir lo menos. El problema es que, más allá de las formas, siendo él el Presidente y teniendo un rol de modelaje frente a la sociedad, sus afirmaciones causan consecuencias. Ante casos de intoxicación, por ejemplo, los científicos han tenido que salir rápidamente en los medios para advertir a los ciudadanos que no deben administrarse tratamientos que no sean diseñados y autorizados por médicos.

En días pasados, Trump dijo que él estaba consumiendo Hidroxicloroquina, un medicamento que se usa para tratar la malaria, del que se ha dicho puede tener atributos para tratar el Covid19.

Y como si hubiese estado esperando la ocasión, Pelosi, con la gelidez de quien disfruta (ya arte y parte de la diatriba polarizada), comentó poco después -el 19 de mayo que pasó-:

"Él es nuestro Presidente, yo preferiría que no tomara sustancias no aprobadas por la comunidad científica, especialmente con el grupo etario en que se encuentra y, digamos, perteneciendo al grupo de obesidad mórbida, como le llaman. No es una buena idea".

En cristiano: viejo y gordo. Dos insultos tan discriminatorios como cualquiera de los que profiere Trump.

Los provocadores te hacen perder la paciencia, y la razón... Los provocadores necesitan provocados. Cuando los provocados responden, nutren la provocación, reyertas estériles, pueriles, circenses, que agitan emociones y en las que, sobre todo, no hay idea alguna en cuestión. Es una simple competición de ofensas.

Es el juego que frecuentemente hace alguna izquierda capitalizando el resentimiento contra "el poderoso" o el estatus quo, o los nacionalismos que culpan a los extranjeros o a algunos extranjeros de los males propios, y entonces la manera en que la psique empieza a digerir la realidad es "en tanto que ellos y nosotros", "nosotros o ellos", y las ideas se pulverizan, los planes se congelan y la unidad colectiva termina, pues por un lado, nada que nos englobe a todos puede existir, y por otro, no podemos existir sin que exista el otro.

Es una identidad simbiótica y antagónica al tiempo. Una depende de la otra para concebirse, y al mismo tiempo son mutuamente excluyentes.

Es decir, Nancy ‘la nerviosa’ existe en tanto que existe ‘el gordo Trump’. Pero ninguno está dispuesto a aceptar al otro. 

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