'Nada ha cambiado realmente': en Moscú, los combates están a un mundo de distancia

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Una mujer celebra un cumpleaños en el centro de Moscú. (Nanna Heitmann/The New York Times)
Una mujer celebra un cumpleaños en el centro de Moscú. (Nanna Heitmann/The New York Times)

MOSCÚ — En una noche reciente en la Plaza Roja, un cuerpo de paracaidistas de élite vestidos de camuflaje interpretó una danza que recreaba una batalla con pirotecnia. Un artista egipcio vestido de faraón iba de un lado a otro en un carro blandiendo un anj, el antiguo símbolo egipcio de la vida, mientras una banda tocaba “Katyusha”, una canción de guerra patriótica de la era soviética.

Nataliya Nikonova, de 44 años, era una de los miles de espectadores que animaban desde las gradas en un festival que celebraba a los militares de Rusia y de naciones amigas como Bielorrusia, India y Venezuela.

“¡Estaba tan emocionada que casi me quedo sin voz!”, dijo.

El ejército ruso libra una guerra lenta que ha dejado decenas de miles de muertos y ha contribuido a la inflación mundial y al aumento de los precios de la energía.

Pero Nikonova dijo que no había experimentado muchos trastornos en su vida en los últimos seis meses.

“Nada ha cambiado realmente”, dijo. “Claro que los precios han subido, pero podemos soportarlo”. Se fue rápido para escuchar un bis de “Katyusha” de la Banda Sinfónica Militar de Egipto.

Muy poco de la vida cotidiana parece haber cambiado en Moscú, donde la gente tiene los medios económicos para aguantar subidas de precios significativas, a diferencia de gran parte del resto del país. El GUM, el centro comercial de lujo junto a la Plaza Roja, está lleno de compradores —aunque muchas tiendas occidentales como Prada, Gucci y Christian Dior están cerradas— y los restaurantes y teatros tienen un negocio próspero. Las carreteras de Moscú siguen repletas de coches de lujo como los Lamborghini y los Porsche.

Sandía fresca a la venta en GUM, el centro comercial de lujo junto a la Plaza Roja. (Nanna Heitmann/The New York Times)
Sandía fresca a la venta en GUM, el centro comercial de lujo junto a la Plaza Roja. (Nanna Heitmann/The New York Times)

“Algunas tiendas han cerrado por las sanciones, lo cual es frustrante, pero no es tan grave”, dijo Yuliya, de 18 años, recién graduada de la escuela secundaria, que estaba en un banco del Parque Gorki, donde los moscovitas toman el sol, bailan y patinan. Ella y sus amigos dicen que no piensan en los combates en Ucrania tan a menudo.

Ese distanciamiento es exactamente con lo que cuenta el presidente Vladimir Putin al ejecutar una estrategia doméstica para proteger a los rusos de las dificultades de la guerra: sin reclutamiento, sin funerales masivos, sin sentimientos de pérdida o conflicto. Gran parte de los esfuerzos de Rusia en el campo de batalla no han salido como Putin había planeado, pero en casa, ha logrado en su mayoría hacer que la vida rusa se sienta lo más normal posible.

La mayoría de los museos y teatros están abiertos, siempre que sus dirigentes no critiquen al Kremlin, y en las noches de verano, barcos de fiesta con pasajeros efusivos surcan el cercano río Moscova y la gente hace pícnics en el pasto. Las temporadas de otoño de ópera y ballet acaban de empezar, aunque algunos estrenos previstos y producciones en curso se han cancelado después de que sus directores y estrellas se manifestaran en contra de la guerra o huyeran del país.

“Lo que los rusos hacen normalmente es proteger su vida cotidiana”, dijo Greg Yudin, profesor de filosofía política en la Escuela de Ciencias Sociales y Económicas de Moscú, al describir un mecanismo de adaptación que data del período soviético, pero que se generalizó durante el mandato de Putin.

“Esto es lo que siempre priorizan y en lo que sobresalen”, dijo de los dirigentes rusos, “y lo están haciendo con un grado considerable de éxito, diría yo”.

Pero mientras muchos moscovitas disfrutan el jolgorio y la ignorancia voluntaria, muchos de los intelectuales de la capital, cuyo trabajo y vida los unía a Occidente o a Ucrania, se esfuerzan por conciliar la sensación de normalidad con la enormidad de estar involucrados en la mayor guerra terrestre de Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Eso quedó patente el sábado en la efusión de simpatía y aprecio por el exlíder soviético Mijaíl Gorbachov, expresada por los miles de rusos que asistieron a su funeral, que representó una protesta silenciosa contra Putin y sus políticas.

En cuanto los tanques rusos entraron en Ucrania, dijo Anya, empezó a leer libros sobre el auge del totalitarismo en la Alemania nazi y a lidiar con el concepto de culpa colectiva.

“Fue el fin del mundo para mucha gente”, dijo Anya, de 34 años. Al igual que otros entrevistados para este artículo, no quiso dar su apellido por miedo a las represalias.

“En tu nombre, alguien está matando a civiles”, dijo. “Y tu país se está convirtiendo en algo parecido a Corea del Norte”.

También dijo que acudió a una protesta y firmó una petición contra la guerra, y que varios días después la invitaron a renunciar a su trabajo en una institución pública.

Durante muchos años, Putin ha reprimido la disidencia y a los manifestantes, pero hoy es casi imposible expresar el desencanto con el sistema, y la gente que expresa sus opiniones lo hace sabiendo que una nueva ley castiga las críticas a la guerra. Casi 16.500 personas han sido detenidas acusadas de protestar contra la agresión en Ucrania desde el 24 de febrero, según OVD-Info, una organización rusa de derechos humanos.

Los rusos que se oponen a los combates se sienten despreciados y amenazados por su gobierno, despreciados por Occidente —que creen que los culpa por no protestar contra la invasión— e sin poder hacer nada para provocar cualquier cambio.

“Todos tenemos este sentimiento de impotencia”, dijo Anya. “El hecho de existir y tener tu opinión no significa nada. Somos cinco, 10, 20 millones de personas. Y no hay ninguna diferencia”.

Los moscovitas como Anya pasaron los primeros meses tras el inicio del conflicto con ansiedad e incertidumbre. Decenas de miles de ellos huyeron. Pero durante el verano, la capital volvió en gran medida a la normalidad, animada por la subida del rublo, una oposición silenciada y unos medios de comunicación casi completamente bajo el control del Kremlin.

Sin embargo, la sociedad está cambiando lentamente: aunque Putin ha tratado de infundir una sensación de normalidad, también está trabajando para militarizar aún más la sociedad rusa.

A lo largo de las arterias de Moscú hay vallas publicitarias de soldados con su rango y título, con un código QR para escanear y obtener más información. Y no faltan los eventos que celebran el poderío militar de Rusia.

Miles de espectadores se reunieron en el campo de entrenamiento del ejército de Alabino, al suroeste de Moscú, durante dos semanas para ver los Juegos Internacionales del Ejército, un festival que incluye un Biatlón de Tanques, en el que equipos internacionales compiten para conducir un tanque a través de obstáculos naturales y disparar con precisión a objetivos. (Desde 2013, cuando comenzó la competencia, Rusia siempre ha quedado en primer lugar).

“He estado viendo tanques en la televisión durante todo este tiempo; quería verlos en la vida real”, dijo Ilya, de 34 años, que condujo hasta el evento desde Moscú con sus hijos, de 11 y 4 años.

“Creo que todas las guerras son malas; no digo que apoye la ‘Operación Militar Especial’, ni que no lo haga”, dijo, utilizando el término de Putin para referirse a las hostilidades en Ucrania. “Pero confío en los dirigentes de mi país, y si ellos dicen que es necesario, entonces lo es”.

Otros dijeron que ver las armas expuestas en el festival del ejército —incluidos los misiles Kinzhal que se utilizan en Ucrania— les hizo sentir que pertenecían a un país fuerte.

Andrei Yevgenyevich, de 55 años, que fue conductor de tanques en la Alemania controlada por los soviéticos en los últimos días de la Guerra Fría, dijo que la exhibición de armas lo devolvió a los días en que la Unión Soviética era una potencia mundial fuerte y temida.

“Cuando ves esto, confías en que todo está bien en tu país, que todo es como debe ser”, dijo.

“Nos hemos criado en la tradición soviética y amamos a nuestra patria. Esto enorgullece a nuestro país”.

En cuanto a las sanciones, dijo: “No siento ninguna diferencia. Creo que Estados Unidos y Occidente están sufriendo mucho más”.

Este es una cantinela común en la televisión rusa. Los medios de comunicación estatales producen segmentos diarios sobre la incertidumbre a la que se enfrentan países como Alemania por los precios de la gasolina y la creciente inflación en Europa y Estados Unidos.

En el campo de entrenamiento del ejército, los niños se abalanzaron sobre los tanques, incluido uno que decía “Aplasten a los fascistas”, y personas de todas las edades dispararon rifles automáticos. Pero las cabinas que invitaban a los visitantes a firmar un contrato para alistarse en el ejército estaban vacías, salvo los reclutadores, lo que indica que, aunque el nacionalismo esté aumentando, la gente no está preparada para luchar en la guerra de Putin.

“No viene mucha gente ahora mismo”, dijo un reclutador militar, que no quiso dar su nombre, mientras se oían los disparos del campo de tiro cercano.

Para la gente que no está interesada en los juegos del ejército y está acostumbrada a pasar los veranos viajando por Europa, hay muchas distracciones caseras. Un reciente festival en el parque artístico Nikola-Lenivets, un refugio hipster a pocas horas de la capital, atrajo a unos 16.000 juerguistas en el bosque durante cuatro días.

Una noche, los asistentes, luciendo purpurina en la cara, abrigos de piel sintética e incluso un disfraz de medusa, bailaron al ritmo de la música de un animado artista de reggae que prometió que no se iría de Rusia, como han hecho muchos otros artistas. El público enloqueció.

“Al principio pensaba para mis adentros, vaya, hay una guerra a 400 kilómetros de aquí, y estamos en un festival de música”, dijo Iván, un joven de 25 años que acababa de regresar a su Rusia natal tras varios años en el extranjero.

Al final, se relajó.

“La vida sigue, sobre todo cuando no podemos hacer nada para controlar la situación”, dijo. De vuelta al festival de la Plaza Roja, una mujer llamada Ekaterina, de 26 años, especialista en cejas de un salón de belleza, dijo que ella y su novio, que sirve en el ejército, sintieron que las bandas les “levantaban el ánimo”. Pero dijo que estaba “nerviosa por los hombres que están en ambos lados del frente”.

“Aquí, la gente actúa como si no pasara nada. Aquí es un mundo, y allá”, dijo, refiriéndose al campo de batalla, “es otro completamente distinto”.

Valerie Hopkins es corresponsal internacional y cubre la guerra en Ucrania, así como Rusia y los países de la antigua Unión Soviética. @VALERIEinNYT

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