¿Qué tienen las amistades que son tan poderosas?

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Si hace unos años me hubieran preguntado en qué deberíamos centrarnos para ampliar las oportunidades económicas en Estados Unidos, habría sacado a relucir los temas habituales: educación en la infancia, mejora de las escuelas, familias estables, empleos en los vecindarios. Las amistades no habrían figurado en los primeros lugares de mi lista.

No obstante, como ya habrán visto, un estudio nuevo y de gran envergadura dirigido por Raj Chetty, de Harvard, y otros tres investigadores, reveló que los niños pobres que crecen en lugares donde la gente tiene más amistades que trascienden los límites de clase ganan mucho más cuando son adultos que los niños que no las tienen. Uno de los factores más poderosos para predecir si sales de la pobreza es la cantidad de personas que conoces que tienen una buena posición económica.

La magnitud del efecto es asombrosa. Las amistades entre clases sociales son un mejor predictor de la movilidad ascendente que la calidad de la escuela, la disponibilidad de empleo, la cohesión de la comunidad o la estructura familiar. De ser ciertos estos resultados, entonces hemos ignorado en gran medida una poderosa forma de ayudar a la gente a cumplir el sueño americano.

Cuando hablé con Chetty la semana pasada sobre el estudio, le pregunté: ¿Qué tienen exactamente estas amistades que son tan poderosas?

Él afirmó que los datos no nos permiten responder a esa pregunta, pero podemos especular con facilidad que una parte debe ser informativa. Los niños cuyos padres ya fueron a la universidad pueden decirles a sus amigos más pobres cómo jugar al juego de las admisiones universitarias y dónde apuntarse para los exámenes de selectividad, entre otros. Mucho de ello también se debe a las conexiones. Las personas acaudaladas pueden ponerte en contacto con las personas adecuadas para ayudarte a conseguir un buen trabajo o a entrar en las mejores universidades.

No obstante, tiene que haber algo más que eso. Chetty mencionó que hay un efecto de dosificación. Los niños que se mudan a estos vecindarios con diversidad económica a los 2 años suelen obtener mejores resultados que los que se mudan a los 14 años. Nadie piensa en los exámenes de selectividad ni en las ofertas de empleo a los 2 años.

Yo señalaría el poder transformador de la amistad en sí misma. Eso es porque tus amigos no solo están a tu lado, sino que se vuelven importantes. Si quieres ayudar a las personas a cambiar, ayúdales a cambiar sus amistades.

Gracias a la obra de Nicholas Christakis, de Yale, y otros, ya sabemos que el comportamiento se produce en las redes de amistades. Si las personas de tu red de amigos dejan de fumar, es más probable que tú dejes de hacerlo. Si tu amigo sube de peso, es más probable que tú lo hagas también. Vaya, si uno de los amigos de tu amigo (que vive lejos y al que nunca has visto) sube de peso, entonces es más probable que tú también subas.

Nuestras amistades moldean lo que consideramos normal. Si nuestros amigos deciden que tener 5 kilos de más es normal y aceptable, quizá nosotros también consideraremos que tener 5 kilos de más es normal.

Este es el punto clave. Tus amigos influyen mucho en cómo percibes la realidad. En primer lugar, influyen mucho en la imagen que tienes de ti mismo. Es muy difícil medir tu propia valía, tus propias aptitudes, a menos que la gente que admiras y respetas te considere digno y competente. Además, si tus amigos te dicen: “Todos somos personas inteligentes y talentosas”, tú también empezarás a verte así.

En segundo lugar, tus amigos configuran tu forma de ver el mundo. Hace unas décadas, un teórico llamado James J. Gibson fue pionero en la teoría de las “affordances”, entendido como las posibilidades de un objeto o situación. La idea principal es que lo que ves en una situación viene determinado por lo que eres capaz de hacer al enfrentarte a esta. Dennis Proffitt, de la Universidad de Virginia, ha demostrado esta teoría de varias maneras: las personas que están menos en forma perciben las colinas más empinadas que las personas que tienen una mejor condición física, porque les resulta más difícil subirlas. Las personas que llevan mochilas pesadas perciben las colinas más empinadas que las personas que no las llevan.

El fenómeno también funciona desde el punto de vista socioeconómico. Los niños que crecieron con padres con estudios universitarios caminan por el campus de Princeton y ven un campus diferente al de los niños que nunca han estado en una universidad. Sin ni siquiera pensarlo, los niños más acaudalados pueden comunicarles a sus amigos menos acaudalados perspectivas que hacen que esos lugares parezcan menos extraños, menos imponentes y más accesibles.

En tercer lugar, nuestros amigos modifican nuestros deseos. El deseo es notoriamente mimético. Queremos lo que otras personas quieren, lo que nos dicen que vale la pena desear. Si creces rodeado de amigos que por naturaleza aspiran a ser médicos, contadores o ingenieros, quizá tú también aspirarás a esas cosas.

Entablar una amistad puede ser un acto que cambia la vida, y entablar una amistad con alguien diferente a ti puede transformarla. El filósofo Alexander Nehamas sostiene que, cuando entablamos una amistad, estamos entregando nuestro futuro yo a esa relación, en parte porque el amigo puede despertar partes de nosotros mismos que aún no existen.

En la revista Comment, David Henreckson señala que cuando uno se aventura en una amistad nueva puede acabar asumiendo intereses nuevos, actividades e incluso enemigos nuevos. Es desalentador: “Si en los primeros días de una relación supiéramos todas las formas en que una amistad especialmente íntima nos cambiaría, cómo podría transfigurar algunos de nuestros valores fundamentales, se nos podría disculpar por ser un poco reacios a entablarla”.

Pero la ventaja es que los amigos nos ven y creen en nosotros de la manera en que nos gustaría ver y creer en nosotros mismos. Los amigos proporcionan la camaradería que es la corona de una vida satisfactoria.

Me resulta interesante que una de las herramientas más poderosas para mejorar las perspectivas de vida de una persona sea algo que no tiene que ver con ese tema. No entablamos amistades con el objetivo de tener más éxito (al menos si se trata de una amistad verdadera). No entablamos amistades para mejorarnos mutuamente. Entablamos una amistad porque nos gusta la compañía del otro. Disfrutamos de las mismas actividades e intereses.

La mejor comunidad interclasista en la que he estado es el Campamento de la Encarnación en Connecticut, al que asistí y en el que trabajé desde los 8 hasta los 22 años. Teníamos campistas cuyos padres dirigían Goldman Sachs, campistas de las zonas más pobres de Brooklyn y el Bronx, y campistas como yo de las zonas intermedias.

El campamento no consistía en que los niños ricos les dieran clases a los menos ricos sobre cómo vivir. El campamento era un lugar donde vivíamos, durante uno o dos meses cada verano, vidas intensamente entrelazadas. Aprendíamos sobre los mundos de los demás y creamos el mundo conjunto a partir de nuestras propias amistades. Aprendimos una capacidad que no habría podido nombrar hasta décadas después: el alcance social.

Mis amigos del campamento se han convertido en profesores, electricistas, constructores, trabajadores sociales, médicos y bomberos. Yo diría que se sienten muy cómodos en entornos sociales diferentes a los suyos y que se han dado cuenta de lo divertido que es resistir la tentación natural de salir con gente como ellos. Todos los miembros de nuestro grupo han disfrutado del placer de la amistad inesperada, algo que nuestra sociedad segmentada hace cada vez más difícil de crear.

Esas amistades inesperadas, nos dicen los expertos en ciencias sociales, resultan ser increíblemente poderosas.

© 2022 The New York Times Company

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