Las vidas perdidas en una obra de Bruckner Boulevard

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Dos obreros suben a un ascensor en la parte alta de un edificio de cinco pisos que se está remodelando en el Bronx. Llevan cascos de construcción, chalecos fluorescentes y mascarillas, pero ninguno de esos accesorios los protegerá.

El hombre de mayor edad, un supervisor, rara vez habla de algo que no sea del trabajo que es necesario hacer en esta construcción ubicada en el número 20 de Bruckner Boulevard. Pero él y su compañero de trabajo, un hombre más joven, se han hecho amigos gracias a un ritual matutino: uno compra el café y el otro, las donas.

El trabajo en cuestión es llevar hasta la planta baja dos contenedores de escombros de construcción que les llegan a la cintura. Las puertas se cierran y pulsan un botón. El ascensor se estremece y luego cae. El suelo parece desaparecer bajo las botas de trabajo de los hombres.

Los hombres gritan mientras se desploman. Un estruendo y luego la quietud, salvo por unas nubes de polvo revuelto.

Es temprano en la mañana del 19 de mayo de 2021. Y este lugar, donde un antiguo edificio se está transformando en una escuela charter (un tipo de institución educativa pública que opera de manera independiente al sistema escolar estatal) acaba de distinguirse de los otros 40.000 proyectos de construcción importantes en la ciudad de Nueva York al ser el escenario de la tercera muerte de un trabajador en menos de tres años.

En 2018, Marco Martínez, un adolescente recién llegado de Ecuador, murió al ser aplastado contra un techo por un elevador mecánico. Un año después, Michael Daves, que vivía en un refugio para hombres y tenía un problema de abuso de drogas, murió después de caer por un agujero.

Y ahora Yonin Pineda, un guatemalteco de 29 años, yace inconsciente y herido de gravedad. Y junto a él, su diligente capataz mexicano llamado Mauricio Sánchez, de 41 años, está muerto con el rostro destrozado y el pecho desgarrado mientras su sangre mancha el concreto roto.

Lauro Martínez ante la tumba de su hijo Marco, que a los 18 años emigró de Ecuador y pronto estaba trabajando en construcciones en Nueva York. (Daniele Volpe/The New York Times)
Lauro Martínez ante la tumba de su hijo Marco, que a los 18 años emigró de Ecuador y pronto estaba trabajando en construcciones en Nueva York. (Daniele Volpe/The New York Times)

Ninguna otra obra de construcción en la ciudad de Nueva York ha tenido tantos incidentes fatales desde por lo menos el año 2003, cuando el Departamento de Edificios de la ciudad implementó los registros electrónicos. Pero, a pesar de esta tendencia mortal, las consecuencias han sido insignificantes.

Después de la segunda muerte, el Departamento de Edificios de Nueva York cerró el sitio durante casi dos meses, pero el trabajo se reanudó y otro hombre murió. Si bien los inspectores gubernamentales emitieron numerosas infracciones en relación con las muertes, solo impusieron multas por 28.864 dólares.

Los investigadores de la ciudad dijeron que continúan sus pesquisas sobre el colapso del ascensor que ocurrió hace un año. Pero no hablaron con Pineda, el único sobreviviente, sino hasta este mes, después de las preguntas que hizo The New York Times.

A medida que las torres puntiagudas y los edificios altísimos se alzan para perforar el cielo metropolitano, las muertes revelan con bastante claridad la brecha entre quienes redefinen el paisaje urbano a través de bocetos y contratos firmados y aquellos, en su mayoría indefensos y a menudo invisibles, que hacen el trabajo duro.

Los tres trabajadores que fallecieron vivían en la periferia de la ciudad: dos eran inmigrantes indocumentados, y uno era una persona sin hogar. Solo la última muerte fue cubierta por los noticieros locales, y fue breve. Ninguno de los hombres tenía representación sindical.

Menos de tres semanas después del colapso mortal del elevador, cuando el cuerpo de Sánchez aún esperaba para ser enterrado en México y Pineda todavía yacía en una cama en el hospital con el cuerpo roto y la mandíbula inmovilizada con alambres, el propietario de la obra en el 20 de Bruckner Boulevard invitó a decenas de amigos a una celebración por su cumpleaños número 50, una fiesta que se extendió durante varios días en República Dominicana. Entre ellos estaban su socio de desarrollo en el proyecto del Bronx y el fundador de la escuela que había firmado un contrato de arrendamiento a largo plazo por el edificio.

Los desarrolladores, su futuro inquilino y otras personas se juntaron en unas vacaciones exclusivas frente a la playa, al borde de un bosque frondoso, lejos del lugar de construcción en el Bronx que se caracteriza por las muertes.

120 dólares al día

La estructura cavernosa localizada en el número 20 de Bruckner Boulevard se ha erguido sobre la sección de Port Morris en el Bronx desde la Edad Dorada, el período después de la guerra de Secesión y de la Reconstrucción en Estados Unidos, a través de los altibajos del vecindario industrial y el cambio de imagen reciente que convirtió al sector en una comunidad de apartamentos de gran altura, estudios de artistas y restaurantes de moda.

Durante muchos años, el edificio sirvió como planta de almacenamiento de hielo para el imperio cervecero de Jacob Ruppert, el antiguo propietario de los Yankees de Nueva York. Después otros negocios se instalaron allí —una empresa de suministros de plomería y una tienda de muebles— antes de que el edificio cayera en desuso.

Sin embargo, cada uno de los propietarios posteriores supo cómo sacar provecho de la notable ubicación: al utilizar la azotea para instalar grandes vallas electrónicas de publicidad que se convirtieron en puntos de referencia para los viajeros a lo largo de las autopistas cercanas. Cerveza Knickerbocker. Cigarrillos Kent. Cigarrillos Newport. The History Channel. iHeartRadio. Uber.

Para 2012, el propietario del número 20 de Bruckner era Lewis Katz, un abogado y filántropo que había hecho su fortuna con estacionamientos, vallas publicitarias y equipos deportivos profesionales. Katz estaba pensando en demoler el edificio que estuvo vacío durante mucho tiempo, pero Jorge Madruga, su socio en otro proyecto inmobiliario, lo animó a que lo reconsiderara.

El edificio podría ser mucho más que una estructura para letreros electrónicos, argumentó Madruga. Hermosa y robusta, la edificación está hecha con columnas de hierro, techos de terracota y enormes ventanas desde donde se podían ver las luces brillantes de Manhattan al otro lado del río Harlem. Pero antes de que los hombres pudieran finalizar una sociedad para rediseñar el edificio, Katz murió en un accidente aéreo en 2014.

Luego, el proyecto fue retomado por el hijo de Katz, Drew, director ejecutivo de Interstate Outdoor Advertising y quien se dedica a ser benefactor, se hizo cargo del proyecto, apoyando a grupos comunitarios e instituciones educativas, incluida una red de escuelas charter en Camden, Nueva Jersey. Drew también es un generoso contribuyente de campañas electorales, cuenta con varias celebridades entre sus amigos —es cercano Cory Booker, senador por Nueva Jersey— y no ha sido reservado sobre su considerable riqueza.

En 2013, los tres días de celebración de su boda con Rachel Snyder, una abogada, en The Breakers en Palm Beach, Florida, acaparó los titulares de las columnas de chismes, y su extenso penthouse en SoHo fue reseñado en la revista Architectural Digest antes de venderse en 2015 por 17 millones de dólares. Luego, la pareja compró un penthouse aún más grande en Tribeca por 22 millones de dólares.

El socio comercial de Katz, Madruga, de 52 años, también es rico, está conectado y es un donante frecuente de las campañas políticas. De niño salió de su Cuba natal durante el éxodo del Mariel. Cuando era joven, se declaró culpable de participar en una estafa de Medicaid en Florida, por lo que cumplió seis meses de arresto domiciliario y pagó casi medio millón de dólares en multas y restituciones. Ahora es dueño de Maddd Equities, una empresa dedicada a la promoción inmobiliaria y la construcción de propiedades residenciales y comerciales.

En julio de 2016, los dos hombres llegaron a un acuerdo: Madruga se encargaría del desarrollo de la obra en Bruckner; mientras tanto, Katz “serviría como un inversionista pasivo no involucrado con las operaciones o la construcción del proyecto”, dijo su vocero, James Yolles.

Cuando comenzó la búsqueda de inquilinos, equipos de trabajadores no sindicalizados se enfrentaron a la desagradable tarea de desmantelar el edificio abandonado e infestado de palomas. La industria de la construcción en la ciudad de Nueva York depende del trabajo de miles de inmigrantes indocumentados, que realizan trabajos que pocos quieren, con la esperanza de progresar a través del sudor y el trabajo duro. Inmigrantes como Yonin Pineda.

De cabello oscuro y complexión robusta, Pineda fue criado por sus padres que regentaban una pequeña tienda de comestibles en Pasaco, un modesto pueblo del sur de Guatemala. Sexto de siete hijos, siguió a dos de sus hermanos hasta el Bronx, después de viajar en autobús, a pie y en una camioneta a través de las Américas. Le tomó seis semanas.

Pineda limpió oficinas antes de conseguir un trabajo en una pequeña empresa de construcción en Queens. Hizo trabajos de demolición e instalaciones por toda la ciudad que lo adoptó antes de ser asignado a la rehabilitación interna de la obra en Bruckner.

El joven trabajador dejaba el departamento del Bronx que compartía con sus hermanos y se incorporaba, antes del amanecer, al viaje en transporte público que es habitual para los batallones de trabajadores de la construcción que van con botas desgastadas y los ojos soñolientos. Tomaba el tren número 4 hacia el sur y llegaba al trabajo mucho antes de las 7 de la mañana, el momento en que iniciaba su jornada.

Antes que nada, Pineda se reunía con su capataz, Mauricio Sánchez, para su ritual en el carrito dispensador de café. A Sánchez le gustaban las donas de azúcar; Pineda prefería las de chocolate.

A menudo, Sánchez tenía que registrar las entregas que llegaban al mediodía, lo que no le dejaba tiempo para comprar el almuerzo. Pero la novia de Pineda preparaba suficiente comida para ambos hombres. El estofado de ternera con arroz que preparaba la mujer era el platillo favorito del capataz.

El pago de Pineda comenzó en 120 dólares por día, y aumentó gradualmente a 180 dólares, sin horas extra, aunque el trabajo se extendiera, incluso hasta el sábado. Al principio el pago era con cheques, dijo, pero luego cambió a un pago en efectivo, cada dos semanas.

Él y los otros trabajadores no tenían idea de quién sería el nuevo inquilino. Lo que tenían claro era el trabajo: limpiar escombros, derribar paredes interiores, lavar a presión el ladrillo del siglo XIX y eliminar casi todos los rastros del pasado.

Era un trabajo duro. Polvoriento, húmedo y peligroso.

‘Mami, ven’

El dispositivo se llama elevador de tijera. Cuando se activa, se despliega como un acordeón boca arriba, lo que permite que el operador se eleve en una plataforma pequeña para alcanzar lugares altos que de otro modo serían inaccesibles.

El ascensor que se utilizó el 11 de diciembre de 2018 en la construcción del número 20 de Bruckner era bajo y rectangular, y tenía una barandilla amarilla alrededor de su plataforma. Era el momento de empacar. Un capataz de uno de los subcontratistas instruyó a un joven trabajador llamado Marco Martínez para que limpiara los escombros del ascensor.

Martínez tenía 18 años, ojos grandes y una complexión pequeña, todavía era más niño que hombre. Llevaba menos de cuatro meses en Estados Unidos y, en muchos sentidos, no podía estar más lejos de casa.

Martínez creció en Gunag, una aldea de caminos rústicos enclavada en la cordillera de los Andes, en la región centro-sur de Ecuador. Era el mayor de tres hermanos y el único varón, dormía en la misma habitación que sus padres y hermanas en la casa de un piso hecha de concreto donde vivían todos.

En Gunag, la vida dependía de sembrar y cosechar papas en tierras alquiladas. La familia compartía el agotador trabajo con dos toros que tiraban del arado y un caballo que cargaba los sacos repletos de tubérculos. Martínez dejó de asistir a la escuela cuando tenía 12 años y comenzó a cuidar los campos a tiempo completo. Trabajó durante un tiempo en un negocio de procesamiento de carne en el pueblo cercano de Paute, pero el costo del viaje consumía los 10 dólares que ganaba por un turno de 12 horas.

Sabía que sus posibilidades en Gunag eran limitadas. Para hacer realidad su sueño de poseer un terreno en su ciudad natal, donde el dinero enviado por los emigrantes ya había elevado los precios de las propiedades, tendría que seguir el camino de muchos otros e ir a Nueva York.

Los padres de Martínez dijeron que el primer grupo de coyotes desapareció después de cobrar una tarifa considerable. Pero la familia lo intentó de nuevo, pagando los costos del viaje con un préstamo de 20.000 dólares destinado a comprar equipo agrícola y ganado.

A fines de agosto de 2018, Martínez se despidió de las verdes colinas de Gunag, donde disfrutaba al recorrer los caminos sin asfaltar en su motocicleta. Poco después estaba viviendo con un tío en el atestado barrio de Corona, en Queens, a pocos pasos del Flushing Meadows Corona Park, donde el Unisphere de acero inoxidable reflejaba tanto la inmensidad como la pequeñez del mundo.

Martínez encontró trabajo como mesero en un negocio de banquetes propiedad del tío de un amigo de la familia, Lucio Barrera. Barrera pensó que el joven parecía decidido y ambicioso, deseoso de pagar la deuda por haber entrado al país de forma ilegal y comenzar a ahorrar dinero.

“Era un muchacho con una mente de trabajo. Sabía que trabajando lograba hacer algo con su vida”, dijo Barrera. “Él era muy alegre, muy respetuoso. Era jovencito”.

Martínez mantenía un contacto diario con su familia en Gunag, en particular con su madre, Digna Arias. Enviaba fotos, incluida una en el colosal complejo de transporte del World Trade Center, y le rogó que viniera a hacerle compañía. Se sentía solo.

“Mami, venga, venga, venga”, recordó Arias que le dijo su hijo. “Tanto que trabaja y se sacrifica, mami, y para nada, mami. Aquí sí hay dinero”.

Pero las posibilidades de que Arias fuera adonde estaba su hijo eran escasas y ella esperaba que se reunieran pronto en su pueblo. “Él deseaba regresar pronto acá, quería tener una casita, un carrito y un poco de terreno”, dijo. “Esos eran los sueños de él: volver”.

A través de otro amigo de la familia, en el otoño de 2018 Martínez encontró un trabajo no sindicalizado como “ayudante” para un contratista que hace trabajos con acero estructural, en esa ocupación ganaba alrededor de 16 dólares por hora, más de lo que ganaría en un día en Gunag. Los trabajadores en las obras de construcción de la ciudad de Nueva York deben tomar un curso de seguridad, pero la Administración de Salud y Seguridad Ocupacional (OSHA, por su sigla en inglés), una agencia federal, no encontró documentación que indique que Martínez haya recibido la capacitación.

Menos de tres semanas después de haber sido contratado, le dijeron a Martínez que limpiara el elevador de tijera. Estaba estacionado en un edificio conectado, en la misma propiedad, que servía de base de operaciones para el proyecto del número 20 de Bruckner.

Por razones desconocidas, Martínez activó el ascensor mientras estaba parado en su plataforma. Según una investigación de OSHA, inicialmente lo levantó dos metros y medio, pero luego, mientras miraba por encima del riel superior, el elevador se elevó casi 4 metros más, y lo aplastó contra una viga del techo.

“¡Mira! Mira!”, gritaba la gente.

El capataz corrió y bajó el elevador. Pineda, quien para entonces había trabajado en el sitio durante dos años, reconoció al trabajador lesionado como el “chico” que había visto por ahí en las últimas dos semanas.

“Vimos que había sangre”, dijo Pineda.

Martínez fue llevado en ambulancia al Lincoln Medical Center que está cerca del lugar. Esa noche, su madre se preocupó cuando no recibió su llamada telefónica diaria.

Vivió durante casi dos semanas más antes de que sus padres, que no podían obtener visas para viajar a Estados Unidos, tomaran la decisión de desconectarlo de su soporte vital. La suya sería una de las 13 muertes relacionadas con trabajos de construcción ocurridas en la ciudad en 2018.

OSHA dijo que la compañía que identificó como el empleador de Martínez, Bowne Tech Construction Corp., no había informado de inmediato su lesión o su muerte a la agencia federal como es requerido. La agencia federal se enteró del fallecimiento el 4 de enero, más de tres semanas después del accidente, y eventualmente impuso multas por un valor de 14.589 dólares, que Bowne Tech tuvo que pagar. Un abogado de la compañía se negó a comentar sobre el incidente.

El Departamento de Edificios de la ciudad tampoco fue informado de inmediato como lo requiere la ley, de acuerdo a lo que testifica Andrew Rudansky, un portavoz de la agencia. Las autoridades de la ciudad no se enteraron del fallecimiento hasta mayo de 2021, dos años y medio después, mientras investigaban el colapso del ascensor, dijo Rudansky.

Una investigación posterior reveló que la compañía de Madruga, el contratista general, había incurrido en violaciones, en las que se incluía la falta de protección del sitio de construcción e incumplir con la notificación al departamento del incidente fatal, dijo Rudansky.

La empresa de Madruga, GDI Construction, está impugnando las infracciones. Un portavoz dijo que no se había ocultado nada a la agencia de la ciudad y señaló que OSHA no había citado a la compañía en relación con la muerte. Una audiencia sobre las infracciones del Departamento de Edificios, que conllevan multas de hasta 75.000 dólares, está programada para julio.

A pocos días de haber iniciado el año 2019, el cuerpo de Marco Martínez llegó al aeropuerto de la ciudad de Guayaquil, que se encuentra a varias horas por carretera de su ciudad natal.

Alrededor de la medianoche, un auto de policía con luces intermitentes entró en el pequeño pueblo, seguido de un automóvil que hacía las veces de carroza fúnebre. Los dolientes llenaron la estrecha calle para recostarse al vehículo y presentar sus respetos. Mientras los hombres se preparaban para retirar el ataúd blanquecino, las mujeres entonaron un himno afligido en la oscuridad.

Una caída de cinco metros

El trabajo en el proyecto prosiguió. Luego, volvió a llegar diciembre, y cinco días antes de la Navidad de 2019, otro trabajador nuevo llamado Michael Daves estaba trabajando para otro contratista no sindicalizado.

Daves, de 58 años, tenía la cabeza rapada y una pequeña barba blanca grisácea. Después de una lucha de décadas con las drogas que lo mantuvo en prisión, vivía en un refugio para hombres frente a las vías del tren elevado a lo largo de Jerome Avenue en el Bronx. Trataba de mantener un trabajo y de estar alejado de las drogas.

Los hombres más jóvenes del refugio lo veían como una presencia tranquilizadora que intervenía amablemente si algún residente molestaba a un miembro del personal. Lo llamaban Tru.

“Si lo necesitabas, estaba allí, si podía”, dijo un residente, Mark Johnson, de 37 años. Y agregó: “Un verdadero compañero”.

Luis Marrero, otro residente, recuerda haber compartido una habitación con Daves y casi una decena más de personas. Dijo que Tru tenía dificultades para lidiar con la vida en un refugio y que no siempre podía resistir la atracción de las drogas.

“Se arrepentía de consumir”, dijo Marrero.

En esa fría mañana del viernes, Daves, que sí había tomado la capacitación de seguridad requerida, estaba rociando una manguera de agua para contener el polvo peligroso mientras su capataz guiaba una sierra de 91 centímetros a través del concreto del segundo piso.

El capataz le indicó a Daves que buscara una tabla en el primer piso para usarla como guía para un corte recto. Pero en vez de caminar hacia las escaleras, según determinaron los investigadores, Daves fue en otra dirección.

El hombre entró en una pequeña área cerrada marcada como “Peligrosa” y “Zona de acceso restringido”. En el interior había algunos tablones y un gran agujero en el piso, según una investigación de OSHA. Daves no tenía permiso para estar en esta área restringida, dijo un vocero de la compañía de Madruga.

Daves cayó por el agujero y golpeó el piso de concreto unos cinco metros más abajo. Su capataz corrió hacia abajo por las escaleras para encontrarlo apenas consciente y sangrando por la nariz.

El trabajador fue trasladado en ambulancia al Lincoln Medical Center. Uno de sus supervisores informó más tarde a OSHA que Daves le había dicho al personal del hospital que había tomado heroína ese mismo día, una acusación que el Times no pudo confirmar de manera independiente.

La madre de Daves, Barbara Daves, de Newnan, Georgia, dijo en una entrevista que él había mantenido el contacto con su familia y había estado haciendo bien en “tratar de recomponerse”. Reconoció que había tenido problemas con las drogas, pero dijo que no se habría puesto en peligro por consumirlas en el trabajo.

Su hijo, dijo Barbara Daves, “no era un tonto”.

Eventualmente el Departamento de Edificios citó a la compañía de Madruga, GDI Construction, por una docena de infracciones; seis fueron sustentadas, cuatro fueron desestimadas y dos están pendientes, incluidas presuntas fallas en el establecimiento de medidas de seguridad y en la notificación del incidente a la agencia. La compañía ha pagado 14.275 dólares en multas.

Mientras tanto, OSHA emitió multas de más de 61.000 dólares al subcontratista, RLG Kingsland Services, por infracciones relacionadas de manera específica a condiciones de trabajo seguras y la capacitación en seguridad. La empresa no ha pagado y, a través de su abogado, se negó a comentar.

Una vez más, dijo OSHA, no se cumplió con el requisito de que se notifique con rapidez de una hospitalización relacionada con el trabajo. No fue sino hasta cuatro días después, en la víspera de Navidad, que un supervisor del subcontratista dejó un mensaje de voz en el servicio telefónico gratuito de la agencia federal para informar que Daves había sido hospitalizado.

“La persona que llamó dijo que estaba en un área restringida donde se suponía que no debía estar”, dijo OSHA en un resumen de la llamada que recibió. “La persona que llamó dijo que presuntamente Daves se escondía para consumir drogas”.

Cinco días después, dejaron otro mensaje de voz en la línea directa de OSHA. Esta vez era un funcionario de la Oficina del Jefe Forense de la ciudad, que llamaba para informar “sobre la muerte de un hombre en su lugar de trabajo”. Se trataba de Michael Daves.

Un nuevo inquilino

La muerte de Daves, una de las 14 ocurridas en sitios de construcción en la ciudad en 2019, generó problemas costosos para los promotores inmobiliarios. El Departamento de Edificios suspendió todo el trabajo hasta que la compañía, que dijo que despidió al subcontratista que empleaba a Daves, resolvió las violaciones y la agencia quedó satisfecha con las condiciones de seguridad del sitio de construcción.

En febrero de 2020, dos meses después de la muerte, la ciudad rescindió parcialmente su orden de suspensión de obras (no se levantaría por completo hasta octubre), pero solo después de que el comisionado de edificios ordenara a la compañía de Madruga que contratara a un superintendente de construcción de tiempo completo para supervisar las operaciones de seguridad. La compañía dijo que ya había asignado a un superintendente al sitio, tres meses antes de la muerte de Daves.

A estas alturas, el proyecto de la fábrica de hielo tenía un propósito claro como el futuro hogar de DREAM, una red bien establecida de escuelas charter con raíces profundas en Harlem del Este y el Bronx y un grupo sólido de financistas de alto nivel y ex atletas entre sus colaboradores. Katz había conocido al fundador de la organización, Richard Berlin, años antes y quedó impresionado con la pasión y dedicación del educador. Los niños afroestadounidenses e hispanos representan más del 90 por ciento de los estudiantes de DREAM, y al menos la mitad de los asientos de las aulas están reservados para familias de desarrollos de vivienda pública que están cerca.

Cuando otro inquilino potencial del número 20 de Bruckner se retiró, Katz animó a Berlin a visitar el edificio, dijo el portavoz de Katz. Y para la primavera de 2019, DREAM había firmado un contrato de arrendamiento por 45 años.

La nueva escuela, diseñada por el renombrado arquitecto David Adjaye, albergaría a 1300 estudiantes, desde preescolar hasta la secundaria.

Pero aún quedaba por hacer bastante trabajo de demolición y construcción. Ese trabajo recaería en trabajadores con cascos, incluidos Yonin Pineda y Mauricio Sánchez.

Rechoncho y con un oscuro rastro de bigote, Sánchez disfrutaba de su trabajo como capataz. Había llegado a Nueva York una decena de años antes desde Santa María Huazolotitlán, un pueblo en el estado mexicano de Oaxaca. Ahora estaba experimentando la vida incómoda del inmigrante indocumentado, al compartir un apartamento con otros hombres en un edificio de ladrillo en el barrio Corona de Queens.

En el lugar de trabajo, era conocido como un supervisor serio que disuadía a los miembros de su equipo de hablar mal de sus colegas. Este riguroso sentido de la responsabilidad lo aprendió durante los tres años que estuvo en el ejército mexicano, según contó su hermano Julián.

Tranquilo y disciplinado, Sánchez rara vez compartía algo personal. Es posible que sus colegas no supieran que enviaba casi 1500 dólares al mes a casa de su madre viuda; que pagó gran parte del costo de la incineración y la repatriación a Guatemala de un amigo que había muerto de una enfermedad del corazón y que le gustaba relajarse tocando la guitarra. Prefería las baladas románticas.

“Él nunca hablaba de nada personal; solo sobre el trabajo”, dijo Pineda. “Era muy dedicado.”

Café y donas. Trabajo duro. Almuerzo preparado por la novia de Pineda. Más trabajo. Esa era su vida.

La tercera muerte

En la cálida mañana del 19 de mayo de 2021, Pineda tomó el tren número 4 hacia el sur, pasó por el Yankee Stadium y luego por el Lincoln Medical Center, donde habían muerto dos trabajadores heridos en la obra de Bruckner.

Este es el relato de lo que sucedió ese día, según lo cuenta Pineda.

Comenzó su turno en el quinto piso, el futuro centro deportivo de la escuela, tomando el más pequeño de dos ascensores. El más grande, dijo, había estado en reparación después de sufrir un desperfecto unas semanas antes.

Pineda terminó una tarea y estaba a punto de bajar por las escaleras cuando Sánchez, su capataz, salió del pequeño ascensor para decir que tenían mucho trabajo por hacer. Los patrones querían que se limpiaran los escombros.

Poco tiempo después, cuando dos supervisores de GDI Construction salieron del ascensor más grande, dijo Pineda, Sánchez les preguntó si el dispositivo ya estaba operativo. Sí, recordó Pineda que dijo uno de los supervisores. Pero tienes que operarlo manualmente.

Bajo la dirección de Sánchez, Pineda guio una transpaleta con dos contenedores de escombros de construcción hacia el elevador. Después de que cerraron las puertas, Sánchez bromeó al decir que el ascensor podría no llegar hasta abajo. Activó el descenso de la cabina. Un ruido siniestro sonó desde arriba. Y, de repente, se precipitaron 22 metros hacia el suelo.

“Estaba mirando a Mauricio y Mauricio me miraba”, recordó Pineda. “Gritamos”.

La abrumadora sensación de impotencia, de muerte inminente, fue breve. “Una vez que caí, no recuerdo lo que pasó”, dijo.

La vida de Sánchez se extinguió totalmente. Yacía boca abajo, con pedazos de concreto roto en su cabello oscuro, y el teléfono celular que usaba para llamar a su familia en México sobresalía de un bolsillo trasero.

Pineda fue trasladado al Lincoln Medical Center, donde recuperó algo de consciencia al día siguiente, sin poder ver ni hablar. Tenía la mandíbula inmovilizada con alambres y respiraba a través de un tubo que sobresalía de una incisión en la garganta.

Las circunstancias exactas de esta muerte en el lugar de trabajo, una de las nueve que ocurrieron en la ciudad en 2021, están en disputa.

Stu Schwartz, abogado de Alpha Elevator, dijo que la empresa estaba en proceso de modernizar el ascensor. Había instalado un sistema liviano temporal destinado a ser utilizado solo por mecánicos de Alpha, dijo, y afirmó que ese día no estaba presente ningún empleado de Alpha en el sitio.

“Nadie debería haber usado el elevador aparte del personal de ascensores”, dijo Schwartz.

La Oficina del Fiscal de Distrito del Bronx culpó a las dos víctimas del accidente y reiteró que se suponía que exclusivamente los empleados de Alpha debían emplear el ascensor.

“A pesar de ser informado de esto, el capataz, Mauricio Sánchez, lo usó junto con un trabajador, Yonin Grijalva, para sacar escombros de un piso más alto. El cable que sujetaba el ascensor se rompió por el peso adicional, y el capataz y el trabajador cayeron en picada por el hueco del ascensor”, dijo una portavoz, Patrice O’Shaughnessy, refiriéndose a Pineda por su apellido materno.

Jonathan Moran, un abogado que representa tanto a Pineda como al patrimonio de Sánchez, dijo que a los trabajadores nunca se les explicó que no utilizaran el ascensor, y que no había letreros de precaución ni vallas para indicar que permanecía fuera de servicio, una afirmación respaldada por una inspección de OSHA realizada después del incidente. Dijo que la Oficina del Fiscal de Distrito del Bronx nunca había entrevistado a Pineda y describió su investigación como “superficial, unilateral y lamentablemente inadecuada”.

El mes pasado, después de que el Times le preguntó a la oficina del fiscal de distrito y al Departamento de Investigación de la ciudad por qué sus pesquisas sobre el colapso del ascensor no incluían hablar con el único sobreviviente, dijeron que la investigación estaba en curso. Días después, entrevistaron a Pineda.

OSHA finalmente citó al empleador de los trabajadores, KM Builders, por varias violaciones relacionadas con la seguridad del lugar de trabajo en general y el accidente del elevador en particular, y lo multó por un total de 48.370 dólares. La empresa, que se negó a comentar a través de su abogado, no ha pagado las multas.

Las agencias gubernamentales también citaron a la compañía de Madruga, GDI Construction, una vez más por múltiples violaciones de seguridad en relación con la muerte de un trabajador en su sitio de construcción y esta vez se enfrentan a posibles multas de casi 125.000 dólares.

Y, una vez más, el Departamento de Edificios emitió una orden para la completa suspensión del trabajo en el número 20 de Bruckner. Volvió a presionar a la empresa para que garantizara un lugar de trabajo más seguro y le ordenó que contratara tanto a un “oficial de cumplimiento de seguridad” de tiempo completo como a un “gerente de seguridad del sitio”. La orden de suspensión de los trabajos se levantó tres meses después.

El portavoz de GDI Construction dijo que la empresa había cumplido y excedido las demandas de la ciudad, con empleados adicionales en el sitio para garantizar que se abordaran todos los “detalles relacionados con la seguridad”. Y agregó: “La construcción presenta riesgos inherentes, y aunque se implementaron medidas de seguridad, precauciones y protocolos en este sitio de trabajo, ocurrieron estos desafortunados accidentes”.

En un comunicado, Katz se distanció de los incidentes y dijo que le había confiado a Madruga que supervisara los detalles del proyecto. Y añadió: “Los tres accidentes son trágicos y profundamente tristes para mi familia y para mí”.

‘El costo de hacer negocios’

Menos de tres semanas después del tercer accidente fatal en la obra, Katz celebró su cumpleaños número 50 en la costa norte de la República Dominicana, en uno de los exclusivos resorts que se encuentran a las orillas de Playa Grande.

Decenas de invitados asistieron a la celebración, que se extendió por varios días, incluido su socio de desarrollo, Madruga, y Berlin, de la escuela DREAM. Los hombres se negaron a comentar sobre la reunión que incluyó jugar al golf, paseos en tirolesa y vehículos todoterreno y gorras de béisbol estampadas con “DK50” para conmemorar el cumpleaños del anfitrión.

Mientras tanto, Pineda permanecía hospitalizado en el Bronx. Su cuerpo era un caso de estudio debido al trauma contundente, desde las fracturas en las órbitas de los ojos hasta el desgarre de los ligamentos de sus pies. Nariz rota, mandíbula rota, oreja ensangrentada, espalda torcida, pecho lacerado, rodilla dañada.

Y el cuerpo de su compañero de trabajo, Mauricio Sánchez, fue devuelto a su madre en su ciudad natal mexicana, para ser enterrado en un ataúd color plata. GDI Construction dijo que cubrió parte del costo.

Mientras lidiaban con su pérdida, los familiares de Sánchez recordaron cómo les enviaba con orgullo las fotografías de su lugar de trabajo y cómo, justo el día antes del accidente, le había dicho a uno de sus hermanos que el trabajo iba bien.

“Pido justicia por la muerte de mi hijo”, dijo la madre de Sánchez, Rosa Julia Gallegos, en una entrevista telefónica desde México.

Los defensores de los derechos de los trabajadores en Nueva York han presionado con éxito para aumentar los requisitos de capacitación en el lugar de trabajo y para regular a los “talleres de carrocería”, que es como se conoce a los intermediarios laborales que suministran trabajadores con salarios bajos. Y están trabajando con los legisladores para aprobar la Ley de Carlos, que lleva el nombre de un inmigrante que fue enterrado vivo en una obra de Manhattan en 2015. La ley busca ampliar la responsabilidad corporativa en situaciones en las que ocurran lesiones y muerte de trabajadores, pero solo cuando se presenten denuncias penales, lo que rara vez ocurre.

Francisco Moya, concejal de la ciudad y exlegislador estatal demócrata de Queens que ayudó a redactar la versión original del proyecto de ley, dijo que las multas existentes eran demasiado pequeñas para disuadir a los contratistas de tomar atajos en materia de seguridad. “Para ellos, eso no es nada”, dijo. “Es el costo de hacer negocios”.

Las muertes relacionadas con la construcción siguen siendo extraordinariamente más altas en los lugares de trabajo no sindicalizados. En 2020, por ejemplo, OSHA realizó 11 investigaciones sobre muertes relacionadas con la construcción en la ciudad de Nueva York. Todas ocurrieron en sitios no sindicalizados.

Jordan Barab, ex subsecretario adjunto de trabajo de OSHA durante el gobierno de Barack Obama, dijo que el miedo a la deportación y la necesidad desesperada de trabajar pueden combinarse para dejar a los trabajadores indocumentados particularmente desprotegidos.

“Tienes una tormenta perfecta de condiciones inseguras”, dijo Barab. “No solo las condiciones físicas, sino las condiciones en las que los trabajadores desconocen sus derechos o no pueden ejercerlos”.

Las demandas civiles presentadas por las familias de los tres trabajadores muertos están pendientes. Los promotores inmobiliarios y contratistas han negado cualquier negligencia o irregularidad.

También ha habido reclamos de compensación para trabajadores y al menos un acuerdo. Los padres de Martínez en Ecuador dijeron que usaron el dinero para pagar el préstamo para el pasaje de su hijo a Estados Unidos y para construir una adición a su modesta casa. Pero siguen atormentados por su incapacidad para conseguir visas a tiempo para visitar a su hijo en coma antes de que muriera.

“Sin poder ni verlo, nosotros llorábamos noche y día aquí”, dijo su madre.

La construcción continúa en el número 20 de Bruckner, y los funcionarios de DREAM planean ocuparlo el año entrante. La gala anual de la organización en el otoño contará con la participación del propietario del edificio, Drew Katz, como su invitado de honor. Las entradas individuales más baratas cuestan 10.000 dólares.

Y Pineda aún tiene que recuperarse del colapso del ascensor que le partió el cuerpo y mató a su capataz y amigo con el que compartía el café. Sigue desempleado y no puede comer alimentos sólidos.

El trabajador también sigue teniendo sueños vívidos del lugar de trabajo, incluido uno en el que Mauricio Sánchez, desconcertado, sigue diciéndoles a sus colegas que lo que están diciendo no es cierto:

Él no está muerto.

Daniele Volpe, Annie Correal y José María León Cabreracolaboraron con el reportaje. Susan C. Beachy colaboró con la investigación.

Yonin Pineda resultó gravemente herido el año pasado, cuando un ascensor del número 20 de Bruckner se desplomó. (Desiree Rios/The New York Times)

© 2022 The New York Times Company

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