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Un regalo de Reyes

57 mujeres asesinadas –no muertas, no, asesinadas- en un año.

Y otras dos en los cinco días que llevamos de 2016.

Pero seguimos siendo unas feminazis.

Seguimos haciendo cosas que sacan de quicio a los hombres.

Seguimos…

Seguimos…

¿Cree que no les puede pasar a ustedes? ¿Creen que usted no puede ser la próxima víctima? ¿O que su madre, su hija o su amiga no pueden ser las próximas asesinadas? Quizá ni siquiera imaginen lo que sucede tras la puerta de enfrente de su rellano, o la tragedia que se vive cada día en esa casa que usted cree tan bien conocer.

Da igual la edad. Da igual la posición social. Dan igual los estudios. Yo he conocido a mujeres maltratadas, -escondidas en casas de acogida, con peligro real de ser asesinadas-, que son venerables y reputadas profesoras universitarias, o esposas de escoltas de altos cargos del gobierno, o chicas de dieciocho años que habían empezado a estudiar en la universidad. O mujeres de jueces y de policías y de ese señor que de vez en cuando sale por la tele.

Todas ellas han huido, han perdido su vida y su libertad. Viven en una cárcel para que no las asesinen. Mientras los hombres que amenazan sus vidas están libres.

Otras no han encontrado el apoyo necesario para huir y esconderse. Y serán las próximas víctimas. Las asesinadas de este 2016. Quizá usted conozca a alguna. Y aún no lo sepa. Y cuando la maten le dirá a todo el mundo que eran una pareja normal, que quién se lo hubiera imaginado.

No miren para otro lado. Porque además, a esas mujeres, un poquito, las hemos matado entre todos. Un poquito.



Las matamos cuando un niño aprende que las cosas se resuelven con violencia: si se porta mal, o si alguien está enfadado, o si pasa algo que no entiende, la respuesta es un grito, un portazo, golpe, un bofetón; y así el niño interioriza que la violencia se convierte en la única manera de canalizar las frustraciones.

Las matamos cuando en el colegio las niñas se dejan controlar por los niños como parte del mito del amor romántico. Sumisas, aceptan que ellos les lean los mensajes del móvil, o que les digan qué ropa pueden ponerse o con quién pueden o no salir. Eso es que me quiere mucho, lo hace por mi bien, dicen ellas, con quince años.

Las matamos cuando los profesores llaman a las madres porque el niño está enfermo. ¿Y papá? ¿Por qué no a él? ¿Es que su trabajo es demasiado importante como para molestarle?

Las matamos cuando escuchamos a voceros pregonar que son las mujeres las que presentan falsas denuncias. Las brujas, otra vez las brujas. Cuando la realidad es que sólo un cero coma cero cinco por ciento de las denuncias por terrorismo machista son falsas. Sólo un 0,05 por ciento, según el Consejo General del Poder Judicial. En otro tipo de delitos la media es del tres por ciento. 3 por ciento. Hagan cuentas.

Las matamos todos los días por cosas por las que ni siquiera nos damos cuenta.

Quizá podríamos pedirles a los Reyes empezar a cambiar un poquito.