Travesías nocturnas: escenas desde la frontera entre México y Estados Unidos

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Un grupo de personas migrantes que cruzaron el río Grande desde México caminaban por un camino de tierra donde fueron recibidos por pastores de una iglesia local que los escoltaron hasta los agentes de la Patrulla Fronteriza para su procesamiento, cerca de Roma, Texas, temprano en la mañana del 15 de abril de 2021. (Peter van Agtmael / The New York Times)
Un grupo de personas migrantes que cruzaron el río Grande desde México caminaban por un camino de tierra donde fueron recibidos por pastores de una iglesia local que los escoltaron hasta los agentes de la Patrulla Fronteriza para su procesamiento, cerca de Roma, Texas, temprano en la mañana del 15 de abril de 2021. (Peter van Agtmael / The New York Times)

ROMA, Texas — Poco después del atardecer, hay señales de vida en una ribera aislada en las afueras de la ciudad fronteriza de Roma, Texas. En la orilla mexicana del Río Grande, unas luces que parpadean aparecen entre los árboles por un momento y luego desaparecen.

Hay un sonido de voces ahogadas; el bombeo de aire en un bote inflable, un suave chapoteo cuando llega al agua. Los “coyotes”, contrabandistas a los que se les paga para transportar a los migrantes a través de la frontera, silban y llaman hacia el lado estadounidense del río: “¿Quién está ahí?”

La semana pasada, un policía estatal de Texas acuchilló un bote inflable con una navaja cuando se acercaba a la orilla.

Los coyotes están nerviosos. El primer grupo de migrantes está listo para cruzar, se alcanzan a ver un momento a la luz de las linternas de los traficantes cuando salen de los árboles hacia la orilla del río. Se oye un chapoteo de remos y el bote se adentra en la rápida corriente. Después de solo unos minutos, el coyote líder salta del bote al agua que le llega al cuello y lo guía hacia algunas rocas en el lado estadounidense donde los migrantes pueden desembarcar.

Algunas noches, los pastores de una iglesia local esperan para ayudar a los migrantes a bajar de los botes, agarran a los niños pequeños y los colocan con cuidado en rocas planas donde no pueden caer al agua. Otras noches, los migrantes que desembarcan están rodeados de fotógrafos de prensa y equipos de televisión. Una noche, había 11 periodistas amontonados, un improbable revuelo mediático en una ribera aislada de un río.

Los grupos de migrantes varían, aunque casi todos son familias jóvenes o adolescentes hombres sin acompañantes. La mayoría desembarca rápidamente sin hacer ruido y se detiene brevemente para enviar un mensaje de texto a los miembros de su familia para avisarles que lo lograron. Se arrancan las pulseras de plástico que los contrabandistas les han puesto en las muñecas para certificar el pago. Otros se arrodillan para orar y agradecer por el final seguro de su viaje. Luego caminan casi un kilómetro y medio por un camino sinuoso hasta la carretera principal, donde los agentes de la Patrulla Fronteriza los esperan.

En los últimos días han venido desde El Salvador, Guatemala, Honduras y, en el caso de unos pocos, Ecuador. Varios migrantes dijeron que el viaje tomó alrededor de un mes desde que salieron de sus casas hasta que llegaron a Estados Unidos. Aunque hay un aumento anual de migrantes en la primavera, este año ha visto el mayor número en al menos 15 años: más de 172.000 en marzo, incluidos por lo menos 18.700 niños y adolescentes sin acompañante, de acuerdo con los datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos.

Migrantes en una balsa inflable cruzaban desde México en un paraje estrecho en el Río Grande cerca de Roma, Texas, el 14 de abril de 2021 (Peter van Agtmael / The New York Times)
Migrantes en una balsa inflable cruzaban desde México en un paraje estrecho en el Río Grande cerca de Roma, Texas, el 14 de abril de 2021 (Peter van Agtmael / The New York Times)

El viernes, después de cruzar en la madrugada, una mujer lloró, jadeando, con sus dos hijos agarrados a su cuello. Un joven migrante, sintiendo la oportunidad de actuar para las cámaras, se acercó a ellos y soltó una flatulencia, luego se escapó riendo a carcajadas.

La mayoría de las noches, Luis Silva, un pastor del Bethel Mission Outreach Center, que lleva una pistola en el cinturón, recoge a los migrantes y los escolta hasta los agentes de la Patrulla Fronteriza, quienes han establecido un área de procesamiento improvisada en un vecindario indefinido cerca de la cima de una colina. Allí los migrantes se entregan. Con frecuencia hay varios cientos de personas cada noche cruzando el tramo estrecho del río, y procesarlos toma la mayor parte de la noche. Los menores sin acompañante y los hombres solteros son separados de los grupos de familias. Es probable que los solteros sean deportados de inmediato; en la mayoría de los casos, los menores sin acompañante tendrán permitido quedarse.

Grupos de migrantes caen exhaustos al suelo, esperando su turno para ser procesados. Los niños se quedan dormidos y los adultos se acurrucan unos junto a otros. Algunos tosen continuamente, una posible señal de COVID-19. Los agentes de la Patrulla Fronteriza con máscaras N95 hablan en un español cortés pero autoritario mientras reparten bolsas de plástico para que los migrantes entreguen sus objetos de valor para su custodia.

Los migrantes que se acurrucaron bajo la lluvia el viernes se encontraron con un camino incierto hacia adelante. A algunos se les permitiría presentar una solicitud de asilo y otros serían deportados. Dado que se espera que la llegada de migrantes aumente en las próximas semanas, y con las instalaciones para migrantes de Estados Unidos ya abarrotadas más allá de su capacidad, esas dudas parecen un elemento del futuro inmediato.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company