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Estamos en la temporada de descontento de Drake, otra vez

Drake ingresa al Barclays Center en su gira “It’s All a Blur Tour”, caminando entre la multitud como un boxeador que se prepara para una pelea de campeonato, en Nueva York, el 17 de julio de 2023. (Jeenah Moon/The New York Times).
Drake ingresa al Barclays Center en su gira “It’s All a Blur Tour”, caminando entre la multitud como un boxeador que se prepara para una pelea de campeonato, en Nueva York, el 17 de julio de 2023. (Jeenah Moon/The New York Times).

La preocupación dominante del hiphop en internet en los últimos días ha sido debatir los tópicos sobre los que Drake —quien a sus 36 años sigue siendo el rapero de habla inglesa más popular del planeta— debería rapear.

Es una preocupación curiosa pero para nada nueva: desde el comienzo de su carrera hace una década y media, Drake ha desconcertado las expectativas convencionales sobre el éxito en el rap. Lo que es diferente en la actualidad es que Drake está resueltamente ubicado en el centro del género, no fuera de él, y la angustia colectiva por sus modos se siente como un referendo sobre un líder electo al que nadie sabe bien cómo derrocar.

En “For All the Dogs”, su octavo álbum de estudio en solitario, Drake muestra que, en cierta manera, él también se pregunta qué queda de la vida en la cima. De hecho, tanto es así que retoma algunas de sus tácticas más antiguas y conocidas. “For All the Dogs” es un álbum lleno de canciones cáusticas sobre el desamor, que tienen una tensión adicional ahora que Drake es una estrella del pop mundial: una incredulidad atraviesa la tristeza. Estas 23 canciones en general muestran menos heridas que las primeras que lo posicionaron como una figura distintiva del hiphop, tan fluidas en vulnerabilidad como en grandilocuencia, pero sin dejar de mostrar cicatrices.

El clímax de ese enfoque, “Tried Our Best”, es un catálogo de frustración sorprendentemente gentil y reconfortante: “Juro que hay una lista de lugares en los que he estado contigo y quiero ir sin ti / Solo para saber qué se siente estar ahí sin tener que discutir”. Una y otra vez en este álbum, Drake describe episodios en los que ofreció confianza y esta terminó siendo violada (“Bahamas Promises”, “7969 Santa”); en ese sentido, es un regreso a su forma clásica.

De vez en cuando, Drake lanza una frase tan repleta de sílabas inesperadas (“ushanka de chinchilla, esquiamos en Courchevel”) que refuerza el hecho de que es un rapero endiabladamente ágil cuando se lo propone. Sin embargo, Drake no se propone eso muy a menudo en este disco. “For All the Dogs” tiene algunos de sus raps menos ambiciosos y si bien en álbumes anteriores a veces equilibraba su complejidad con la melodía, eso casi nunca ocurre aquí.

En algunos lugares, Drake demuestra que estas decisiones son intencionales: mientras que la mayoría de los raperos busca una reacción de sorpresa, Drake a veces opta de forma deliberada por conseguir un gruñido de rechazo: “Siento que soy bi porque eres uno de los muchachos, chica” (“Members Only” ); “Las azotaron y encadenaron como a esclavos estadounidenses” (“Slime You Out”).

Drake se presenta en el Barclays Center en su gira “It’s All a Blur Tour”, en Nueva York, el 17 de julio de 2023. (Jeenah Moon/The New York Times).
Drake se presenta en el Barclays Center en su gira “It’s All a Blur Tour”, en Nueva York, el 17 de julio de 2023. (Jeenah Moon/The New York Times).

Y como es habitual en Drake, también hay un puñado de decisiones en producción profundamente modernas, innovadoras e inesperadas: pocos raperos son tan flexibles en términos de sonido. “Rich Baby Daddy”, que cuenta con la colaboración de Sexyy Red y SZA, recuerda la música de bajo de Atlanta de INOJ y los DJ de Ghost Town. “Another Late Night”, una colaboración con Lil Yachty, está llena de pitidos desconcertantes que se sienten inestables, mientras que en “8 a.m. in Charlotte”, Drake rapea sobre la producción minimalista llena de humo y soul de Conductor Williams, conocido por su trabajo con el colectivo revitalizador del boom bap, Griselda.

Esta también es una técnica estándar de Drake: abarcar todo el hiphop, desde los bichos raros hasta los tradicionalistas, y escucharse a sí mismo en él. El año pasado, lanzó dos discos: el cuasiexperimento de música dance “Honestly, Nevermind” y el álbum en colaboración con 21 Savage, “Her Loss”. Implícita en esos lanzamientos tan diferentes había una propuesta: tal vez ningún álbum de Drake tenía que ser ya un ómnibus; en cambio, podría realizar experimentos de género o estilo hasta llegar a conclusiones creativas, retomarlo unos meses más tarde y hacerlo de nuevo.

“For All the Dogs” está menos centrado que cualquiera de esos álbumes. No es un álbum esencial de Drake, pero también es posible que las contribuciones culturales esenciales de Drake ya no sean álbumes, o al menos álbumes de esta extensión y variación.

O tal vez las innovaciones características de Drake ya no sean musicales en absoluto: podrían estar delineando lo que hace un músico, un rapero o una estrella del pop con su magnitud de éxito.

Gran parte de lo que Drake ha estado haciendo el verano pasado sugiere un malestar del aburrimiento, musical o de otro tipo. Publicó un libro de poesía, o quizás más bien “poesía” —“Titles Ruin Everything”, escrito con Kenza Samir— que en realidad solo es un inventario de textos de Instagram, algunos divertidos. Mucho más divertida, aunque mucho más extraña, fue la entrevista que realizó con Bobbi Althoff, una especie de actriz de método y comediante que despliega su ignorancia sobre sus entrevistados (fingida o no) como un arma. Drake trató la entrevista como una partida de ajedrez, aparentemente feliz ante la oportunidad de participar en un nuevo tipo de conversación.

Para Drake, como siempre, la cima es un lugar tenso. Pero también hay mucha alegría allí. Eso quedó claro durante la gira “It's All a Blur” el verano pasado, su primera desde la pandemia. En su fecha en Brooklyn, en julio, entró a la arena caminando entre la multitud como un boxeador que se prepara para una pelea de campeonato, creando un pasillo de adulación.

Sobre el escenario, tenía más energía que en cualquier otro momento de su carrera, ya sea interpretando clásicos lo-fi de sus inicios o éxitos pop masivos. No era un vendedor que pregonaba sus productos, sino un director de orquesta: el espectáculo daba la sensación de un hecho consumado.

Entre canciones, Drake recordó algunas historias específicas de Nueva York en los inicios de su carrera: una noche llena de acontecimientos en Spotted Pig, un pub gastronómico que ya cerró, y el concierto de 2010 en South Street Seaport que se convirtió en un disturbio antes de que él siquiera subiera al escenario. Incluso entonces, hace 13 años, los leales acallaban a gritos a los escépticos.

c.2023 The New York Times Company