“Yo soy mucho más que mis ojos”. Una mala praxis la condenó a la ceguera, pero no guarda resentimientos

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Pilar Constenla, profesora de literatura, vive en las sierras de Córdoba y sigue con sus clases de apoyo escolar en su casa
Sebastián Salguero

CÓRDOBA.- Todo iba muy bien para Pilar Constenla. Tenía salud, dinero y amor: una familia (marido y un hijo), buen trabajo, casa, muchas amigas. Y juventud: andaba por los 35 años.

Primera de seis hijos, sus padres eran inmigrantes españoles que se establecieron en la ciudad de Córdoba. Para alguien que abrazaría la docencia, durante la secundaria en el Jesús María, uno de los más tradicionales colegios de la provincia, no le gustaba tanto estudiar, pero sí prestar mucha atención en clase. “Teníamos excelentes profesores. Disfruté mucho el colegio”.

Hizo el bachillerato humanista, que incluía latín y griego. Allí descubrió lo que marcaría su trayectoria académica y profesional: le gustaban los idiomas (incluidísimas esas dos “lenguas muertas”) y leer. Ya desde los 14 años daba clases particulares a chicos de primaria; después, a los del bachillerato humanista del Monserrat, otro de los grandes colegios cordobeses. Lo hacía por gusto y por necesidad: su padre, principal sostén de la familia, había muerto cuando ella tenía 13 años.

Al egresar, estudió la carrera de bibliotecología, y siguió dando clases y estudiando por su cuenta latín y griego; trabajaba en bibliotecas y preparaba alumnos para el examen de ingreso a los colegios nacionales: el Monserrat y la Escuela de Comercio Manuel Belgrano, que dependen de la Universidad Nacional de Córdoba.

Además, leía vorazmente: arte, literatura, filosofía…

Todo iba muy bien. A los 33 años se casó y tuvo un hijo, y alternaba familia y trabajo con una intensa vida social. Era miope (visión borrosa de objetos lejanos) de nacimiento, malformación con la que convivía sin ningún problema. “No le daba importancia porque era tan miope a los 3 años como a los 35. No es que se me iba agravando”. Usaba anteojos solo para leer. “Cuando quería coquetear me los sacaba”, se ríe. Igual, sus padres la habían hecho ver por especialistas de Buenos Aires y de España, que coincidieron en que su miopía no podía ser corregida mediante una intervención, que además entrañaba graves riesgos.

Pilar Constenla (a la Der., con saco a cuadros) pudo seguir adelante: vive sola, sigue trabajando y suele salir a pasear con sus amiga
Sebastián Salguero


Pilar Constenla (a la Der., con saco a cuadros) pudo seguir adelante: vive sola, sigue trabajando y suele salir a pasear con sus amiga (Sebastián Salguero/)

En un año en el que tenía menos alumnos, empezó a trabajar en una empresa de medicina prepaga como asistente de la dirección. Allí conoció a un renombrado oftalmólogo (al que no quiere identificar), que la revisó y llegó a la misma conclusión: sus ojos no eran operables. Ella lo siguió consultando periódicamente por la graduación de sus anteojos. Hasta que un día, el médico la sorprendió: ahora sí estaba dispuesto a recurrir a una cirugía. ¿Qué había cambiado? “Aparecieron nuevas técnicas”, le explicó.

Pilar, entonces de 36 años, debió confrontar esa opinión con la de otro profesional. “Un amigo de mi familia, el doctor Enrique Urrets Zavalía, uno de los mejores oftalmólogos infantiles del país, me dijo rotundamente que no me operara. Pero Enrique era joven… y era amigo, como que confié más en lo que me decía el otro, que era muy famoso, muy reconocido”.

Se operó y el resultado pareció ser bueno: veía mejor. Los problemas aparecieron pocos años después. “Fui perdiendo visión en los dos ojos. El médico me dijo que eso tenía que ver con mi edad, que usara anteojos”. Llegó un momento en que ya no podía leer ni siquiera con anteojos. “El diario, que tiene letra chica, se me hacía cada vez más difícil”.

Malas señales

Justo para esa época dejó el trabajo en la prepaga y abrió un instituto de apoyo escolar en Villa Allende, cerca de su casa (vive en Mendiolaza). Alquiló un local, lo equipó, y contrató un staff docente para cubrir todas las materias. Ella daba las clases de latín y griego, y se ocupaba de preparar en literatura y matemáticas a los ingresantes en los colegios nacionales. Le fue tan bien que al año siguiente mudó el instituto a un lugar más grande.

Pero su visión seguía disminuyendo. Un día, en noviembre de 2004, se dio cuenta de que ya no podía ver la pantalla de su teléfono celular, y que le costaba distinguir las caras de las personas. Llamó a su marido y le pidió que la llevara al médico que la había operado. La atendió esa vez y después ya no quiso hacerlo más: la derivó a un profesional de su equipo, que no le terminaba de explicar qué estaba pasando. Durante 2005 la operaron allí varias veces, por desprendimiento de retina, sin resultados positivos. “Me decían que hiciera reposo boca arriba…”.

Consultó a otra especialista de Córdoba, que después de revisarla le dijo, espantada: “Los cortes que te hicieron en la operación están mal. Se nota claramente que acá intervino una mano temblorosa”. Pilar se enteraría después de que ese temblor tenía origen alcohólico, y que pesaban sobre ese médico muchos reclamos, incluso en la Justicia, por mala praxis.

Familiares y amigos averiguaron quiénes eran los mejores oftalmólogos del país y entonces recurrieron al doctor Cristian Dodds, en Buenos Aires. Cuando la atendió, el 1° de diciembre de 2006, Pilar ya no veía prácticamente nada. “Cada día era peor que el anterior”. El dictamen que le dio Dodds fue lapidario: se había tratado de un mal diagnóstico, porque era una miopía no operable, y de una muy mala cirugía. Además, sus ojos, si bien tenían esa malformación congénita, eran sanos; apenas se requería el uso de anteojos. Con poco margen, porque el daño era prácticamente irreversible, la operó tres días después; a esa intervención le fueron siguiendo otras, gracias a las cuales su ojo derecho –el izquierdo ya estaba perdido– pudo salir de la oscuridad total y distinguir, al menos, entre luces y sombras.

Pilar pensó en demandar al primer médico, pero desistió. La relación con su marido no estaba bien (terminarían separándose). “Tenía muchos frentes abiertos como para sumar uno más: la vista, mi hijo era muy chico, tenía que dirigir el instituto por teléfono… Además, consulté a un abogado y ahí me enteré de que este señor estaba lleno de juicios y que zafaba de todos porque tenía muy buenos contactos en tribunales”.

Aprender de nuevo

Un día le comentó a Dodds que había analizado denunciar a su colega. “Cristian, que es un señor muy controlado, pegó un puñetazo en la mesa y me dijo: ‘Si lo hacés, contá conmigo. Yo voy a ser tu perito de parte’. Porque él también vio que los cortes estaban mal hechos, y que el ojo izquierdo directamente había sido abandonado. Pasa esto: cuando la retina deja de funcionar, se termina enroscando, es una tela que se enrosca y queda hecha como un tubito. Si eso no se desenrosca rápido, se empieza a secar, se endurece, y ya no hay nada que hacer. Cristian me pudo desenroscar la del ojo derecho, me la alisó y la volvió a poner. Pero con la otra, que también se hubiese podido corregir, ya era demasiado tarde”.

Por el deterioro que sufrió debido al mal tratamiento, en el ojo derecho tiene un glaucoma y apenas recibe cuidados paliativos. “Hasta hace dos años salía sola a la calle, no usaba bastón, iba al supermercado… Ya no puedo hacerlo. Nunca salgo sola, me da miedo. Y estoy usando bastón”.

¿Cuánto es lo que ve con el único ojo que le queda? “Usted está ahora enfrente mío y no lo veo, o veo una mancha, una sombra. Apenas distingo claros de oscuros, y además, no sabría decir si algo lo veo realmente o lo intuyo. Uso mucho la cabeza. Si hay ciertos contrastes, por ejemplo, una hoja blanca sobre una mesa oscura, puedo llegar a verla”.

Cuenta que desde hace mucho ya no siente resentimiento, bronca u odio hacia el médico que la dejó ciega. “Esos sentimientos me los saco de encima porque me hacen daño, no me sirven para vivir mejor”.

No pierde el humor, ni la coquetería: dice que lo grave es cuando tiene que elegir qué ropa ponerse y no distingue los colores. “¡No quiero salir hecha un mamarracho!”

Lo que admira a quienes la conocen es su actitud ante la adversidad: se las arregla para vivir sola en una casa grande, sigue trabajando como profesora y leyendo (gracias a los medios electrónicos), escucha radio y noticieros de televisión, le gusta juntarse con amigas, ir a asados y reuniones sociales. Ha aprendido a desenvolverse perfectamente con su teléfono celular en todas las operaciones: desde escribir mails y mensajes de texto, hasta hacer transferencias; y está activa en las redes sociales.

Pilar da clases en su casa y prepara chicos para exámenes
Sebastián Salguero


Pilar da clases en su casa y prepara chicos para exámenes (Sebastián Salguero/)

Años atrás cerró el instituto, pero lunes, martes y miércoles (jueves y viernes se los reserva para ella) da clases particulares en su casa; prepara chicos para exámenes, con índices de aprobación muy altos. “Ayer, cinco rindieron literatura: cuatro aprobaron y uno no. Como les tocó un profesor muy exigente, puedo decir que el 4 a 1 no está mal”.

Optimista

Una vez por semana asiste a una rehabilitación que está enfocada especialmente en el uso de la tecnología: PC, notebooks, teléfonos, aplicaciones. Está contenta porque acaba de aparecer una app que reconoce los colores. “Trato de estar muy al tanto de lo que va apareciendo que me pueda ayudar. La última vez que estuve en España me compré una balanza que habla, te dice el peso. Cada vez hay más aparatos parlantes”. En la rehabilitación también aprende a moverse, a reconocer cosas y lugares, a usar el bastón. Aunque conoce su casa a la perfección, a veces se desorienta, pierde las referencias, y tiene que empezar a tocar paredes y muebles. Una vez por semana va una chica a hacer la limpieza.

“Lo peor es cruzarte de brazos, dejarte estar. Además, se habla mucho de inclusión, pero la verdad es que no estamos en una sociedad inclusiva. Por ejemplo, yo tenía un servicio de internet y no podía pagarlo porque te exigía cuestiones visuales. Contraté otro y más o menos sigo con los mismos problemas”.

Agradece que todo esto le haya pasado en tiempos en que la tecnología da una mano tan grande. “Cuanta más tecnología, más independiente puedo ser”. Y agradece especialmente tener un grupo de amigas y amigos que se han puesto a su disposición. Los llama “hermanos de adopción”, que velan por ella. “Siempre me tienen en cuenta, siempre están pensando en qué necesito. Después de mi hijo, son lo mejor que me pasó en la vida”.

Sostiene que, en su situación, la alternativa es “vivir con mucha dignidad o morir”. Por momentos siente impotencia, le agarran bajones, pero enseguida intenta superarlo. El solo imaginarse llorando y deprimida, que tengan que consolarla, darle pastillas, internarla, la rebela. Le da mucho miedo esa perspectiva. Por eso, se propuso conservar la alegría, el humor, vestirse bien, pintarse –”aunque termine hecha un Picasso”–, trabajar… Disfrutar de la música, de leer, de darse una buena ducha de agua caliente. Seguir siendo la que era antes de perder la vista.

Un concepto la define: “Yo soy mucho más que mis ojos”.

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