'¿Qué sentido tuvo?': Liberados después de 9 años, los refugiados aprenden a vivir de nuevo

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Mohammad, un refugiado de Irán, frente a su habitación de motel en Melbourne, Australia, el 26 de abril de 2022. (Asanka Brendon Ratnayake/The New York Times)
Mohammad, un refugiado de Irán, frente a su habitación de motel en Melbourne, Australia, el 26 de abril de 2022. (Asanka Brendon Ratnayake/The New York Times)

MELBOURNE, Australia— Los hombres merodeaban frente al viejo motel, parpadeando bajo la luz del sol, sin saber bien qué hacer. Alrededor de sus pies había maletas y grandes bolsas de plásticos que contenían todas sus posesiones.

Durante casi nueve años, estos siete hombres habían sido prisioneros de la estrategia intransigente de Australia hacia los refugiados. Estuvieron detenidos durante gran parte de ese tiempo en miserables campamentos ubicados en diferentes islas. Ahora, sin previo aviso, habían sido liberados. Les habían dado media hora para empacar. Lo peor de sus terribles experiencias había terminado, pero sus futuros seguían siendo tan inciertos como siempre.

Mientras esperaban para ser trasladados a sus nuevos hogares en un motel en las afueras de Melbourne, una maraña de emociones los invadió. Las palabras “nueve años” fueron repetidas en tonos de alivio, asombro y exasperación.

Un refugiado llamado Mohammad confesó no sentir nada. “No estoy feliz”, afirmó, de pie en la entrada de su habitación.

Para Mohammad, la conclusión abrupta y arbitraria de su detención aumentaba la futilidad de todo lo que había soportado: el trauma de encontrar a un amigo colgado sin vida en el campamento de refugiados, la pesadilla de cavar pozos en la selva y hacer excursiones en busca de cocos luego de que el gobierno australiano cerrara el campamento e intentara obligar a los hombres a irse sin una mejor alternativa.

“Han pasado nueve años”, afirmó. “¿Por qué? ¿Qué sentido tuvo?”

En marzo y abril, el gobierno conservador de Australia, que iba a la zaga en las encuestas en unas elecciones que terminaría perdiendo, liberó a un grupo de solicitantes de asilo que alguna vez habían estado recluidos en los campamentos y que ahora estaban confinados en hoteles y centros de detención en todo el país. Las liberaciones, las cuales el gobierno llevó a cabo en rápida sucesión y sin comunicaciones públicas, siguieron a algunas liberaciones esporádicas de solicitantes de asilo realizadas durante el último año y medio.

Mohammad, un refugiado de Irán, en su habitación de motel en Melbourne, Australia, el 26 de abril de 2022. (Asanka Brendon Ratnayake/The New York Times)
Mohammad, un refugiado de Irán, en su habitación de motel en Melbourne, Australia, el 26 de abril de 2022. (Asanka Brendon Ratnayake/The New York Times)

Los migrantes habían sido detenidos gracias a una política, instaurada en 2013, que prohíbe el reasentamiento de quienes intentan ingresar al país por mar. El gobierno ha sostenido durante mucho tiempo que la política es fundamental para prevenir tanto un flujo descontrolado migratorio a Australia como muertes en el mar. La fiscalía de la Corte Penal Internacional declaró en 2020 que el programa constituía un trato cruel, humano y degradante y era una “violación de las normas fundamentales del derecho internacional”.

A los solicitantes de asilo liberados les otorgaron visas de seis meses, pero se les informó que debían comenzar a hacer arreglos para salir de Australia. En este limbo, volver a aprender a vivir normalmente, tras años de daño psicológico y físico, es una labor titánica.

Mohammad, que está en sus treinta y tantos y pidió que no se revelara su apellido para proteger a su familia de una mayor persecución en Irán, había sido liberado de un hotel de detención de inmigrantes en Melbourne. Ese lugar, llamado The Park Hotel, se hizo famoso este año cuando Novak Djokovic, la superestrella del tenis, fue detenido allí brevemente por violar las reglas de vacunación contra el COVID-19 de Australia.

Mohammad y los otros hombres habían sido trasladados al territorio continental desde la isla de Manus en Papúa Nueva Guinea, o desde la pequeña nación insular de Nauru, gracias a un efímero programa de tratamiento médico. Después de salir de la detención, el gobierno le dio 340 dólares a cada uno, algunas semanas de alojamiento y unos cuantos víveres, aun cuando sus nuevos hogares en el motel no tienen cocina. También les asignaron trabajadores sociales para que los guiaran por el laberinto burocrático de la libertad.

Los hombres se identifican entre ellos por el momento en que se encontraron en sus largas travesías como solicitantes de asilo y por las cicatrices que han acumulado: “Estuvimos juntos en el mismo barco”, “Lo conozco del Park Hotel”, “Se tragó hojas de afeitar en Manus”.

En su habitación, Mohammad intenta lavar algunas de esas cicatrices. Se ducha dos o tres veces al día y, convencido de que algunos de sus problemas médicos fueron causados por la suciedad de las instalaciones de detención, asea meticulosamente su habitación varias veces a la semana, limpia el baño con toallitas húmedas y recoge la suciedad de la alfombra.

Mohammad, miembro de una minoría árabe en Irán, tiene coágulos en los pulmones y en una pierna, y sangrado gastrointestinal. Al igual que muchos de los hombres, afirmó que su cerebro se ralentizó por la languidez de la detención.

Está impaciente por conseguir un mejor futuro. Recorre Facebook Marketplace en busca de casas y autos de segunda mano, y le pregunta a todos los activistas y defensores por oportunidades laborales. Su plan: un lugar para vivir, un empleo, una esposa, hijos.

Incluso ante la incertidumbre, su optimismo es indeleble. Si no fuera así, aseguró, no habría sobrevivido a su detención.

Autonomía perdida

La declaración, impactante por su tono casi casual, llegó de manera abrupta, y fue emitida en voz baja durante una celebración para los hombres organizada semanas después de su liberación.

“En la isla de Manus me eché gasolina y me prendí fuego”, afirmó Sirazul Islam, de 37 años, quien llegó a Australia en barco en 2013, huyendo de la persecución política en Bangladés.

Islam, quien estaba sentado en una cena con australianos alegres y refugiados de aspecto sin duda más incómodo en un salón bien iluminado de una iglesia, detalló cómo todavía sufría los graves problemas mentales que lo habían llevado a intentar el suicidio, un intento que le dejó una cicatriz en un costado.

Islam admitió que no quería en realidad estar en esa celebración, pero que tendría “problemas” si se negaba. Eso no era cierto. Pero Islam, un hombre esbelto con un sentido del humor cínico y una sonrisa juvenil, ha desarrollado la respuesta instintiva de seguir la corriente tras años de no poder ejercer su autonomía, y con su libertad actual pendiendo de una visa precaria.

La experiencia de Islam ha sido particularmente difícil. Tiene problemas para procesar información y se siente abrumado por los mensajes de texto, las llamadas telefónicas y los correos electrónicos necesarios para organizar una nueva vida. Tiene problemas de memoria y le cuesta el inglés. Los activistas llenan los formularios —para obtener documentos de identificación, para registrarse en servicios médicos— por él.

Como es el único refugiado bangladesí en el motel, Islam pasa la mayor parte del tiempo solo. A veces, cuando la soledad se vuelve abrumadora, llama a activistas para que lo visiten, y sus interacciones son forzadas e incómodas.

Islam no siente que la vida inestable que tiene en la actualidad sea libertad.

“La libertad solo llegará cuando me den una visa permanente o me convierta en ciudadano”, afirmó. “Solo entonces seré libre: podré ir a cualquier parte, reunirme con quién quiera, podré hacer cualquier cosa”.

© 2022 The New York Times Company

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