Una semana después, los residentes de Highland Park reflexionan sobre el tiroteo

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En la entrada de la Iglesia Católica de la Inmaculada Concepción, un letrero dice “Damos la bienvenida a nuestro nuevo párroco, el padre Hernán Cuevas, el fin de semana del 2 y 3 de julio de 2022″. Un día después, Cuevas se encontró conduciendo a decenas de feligreses a través de esas mismas puertas y alejándolos del desfile del 4 de julio del pueblo después de que un hombre armado abrió fuego.

El domingo, los servicios en la iglesia comenzaron con oraciones, una lectura de Deuteronomio y un recuerdo de lo que sucedió a pocas cuadras de las puertas de la iglesia.

“Tenía muchas ganas de este desfile del 4 de julio, como su nuevo párroco”, dijo Cuevas. “Ese fue nuestro día. Ese fue nuestro día para todos, como comunidad, le hiciéramos saber a la comunidad en general que éramos una nueva comunidad parroquial unida de la Inmaculada Concepción y St. James y lista para ser una presencia positiva en nuestros vecindarios”.

El domingo en Highland Park, en los servicios religiosos y en los monumentos conmemorativos en la recién reabierta Central Avenue, los residentes se reunieron y reflexionaron sobre la pérdida de vidas sin sentido que tuvo lugar el 4 de julio. Robert Crimo III fue acusado de siete cargos de asesinato en el tiroteo masivo.

Los asesinados incluyen a Jacquelyn “Jacki” Sundheim, de 63 años, de Highland Park; Steve Straus, de 88, de Highland Park; Katherine Goldstein, de 64, de Highland Park; Irina McCarthy, de 35 años, y su esposo Kevin McCarthy, de 37, quienes también vivían en Highland Park y dejaron un hijo de 2 años; Eduardo Uvaldo, de 69, de Waukegan; y Nicolás Toledo Zaragoza, de 78 años, quien visitaba a su familia de Morelos, México. Más de 30 personas resultaron heridas en la masacre, incluido un niño de 8 años que resultó gravemente herido.

Los funerales y velorios de Sundheim, Straus, Toledo-Zaragoza y Uvaldo se realizaron el viernes y el sábado.

El día cuatro, los feligreses de la Inmaculada Concepción viajaron en una carroza decorada con símbolos de espiritualidad y patriotismo: banderas estadounidenses e imágenes de María y St. James, con una cruz de madera en el timón de la carroza. Fue “increíble y colorido”, dijo Cuevas.

Relató haber escuchado algo que sonaba como fuegos artificiales cuando la carroza se acercaba a Laurel Street, y luego una ola de personas corriendo hacia la carroza y alejándose de los disparos, antes de establecer conexiones entre el tiroteo y un evangelio compartido más temprano en la mañana.

“El evangelio de hoy de la historia del buen samaritano, para mí y para todos nosotros, cobró vida el 4 de julio… Piensa en esta pregunta del evangelio de hoy: ¿quién es mi prójimo en medio de la tragedia? En medio de esta tragedia, no vimos color, raza, origen religioso, rico o pobre, orientación sexual o agenda política. Eso no lo vimos en esta tragedia, de hecho, sólo vimos a otro ser humano, otro hijo de Dios, huyendo del tiroteo para sobrevivir”.

Clara Tortorici, una residente de toda la vida de Highland Park que viajaba en la carroza, recuerda estar a una cuadra del tiroteo y la abrupta transición de “pasarlo bien” a correr a la iglesia para refugiarse en el lugar mientras el tirador permanecía suelto.

A pesar de esta experiencia, Tortorici dijo que no la disuadirán de participar en actividades comunitarias y de la iglesia.

“Soy una persona fuerte, quiero que siga siendo así. No quiero que un individuo destruya mis sentimientos, mi fuerza y todo lo demás”, dijo.

Según Miguel Sánchez, un residente de Deerfield que asistió a misa en la Inmaculada Concepción el domingo, la religión ha sostenido su curación y la de otros durante la última semana: “La fe es comunidad, nos ha ayudado a encontrar un lugar donde no estamos sólos. Nos ha dado la oportunidad de sanar con nuestra fe”.

Sánchez expresó su alivio porque, a pesar de la violencia de la semana pasada, la comunidad se reunió en Inmaculada Concepción para una participación completa.

“En realidad, se siente reconfortante saber que justo al final de la cuadra sucedió algo terrible, y todavía nos sentimos seguros aquí con nuestra comunidad”, dijo. “Se siente bien que todavía nos sintamos seguros porque nuestra comunidad se ha unido y sabemos que todos nos vamos a cuidar unos a otros”.

Los servicios dominicales en Trinity Episcopal Church en Highland Park comenzaron con feligreses visitándose en las bancas, saludándose con abrazos y besos. La capilla invitó a la reverenda Chilton Knudsen, obispa asistente de Chicago, a compartir un sermón con la parroquia. Se definió a sí misma como una “hermana mayor” de la parroquia.

“Sea lo que sea lo que está en tu corazón, déjalo ser. No traten de convencerse de ningún sentimiento que no existe, pero también sean tiernos con los demás y con ustedes mismos. Les prometo algo, y creo que puedo hacer esta promesa con fuerza. Les prometo que mejorarán, que superarán esto, que en algún momento a partir de ahora tendrán un recuerdo terrible, pero no será tan reciente”, dijo.

Mientras que muchos residentes de Highland Park pasaban sus domingos por la mañana en los servicios religiosos, otros se reunieron en Port Clinton Square, donde surgieron monumentos conmemorativos en el lugar del tiroteo.

Allí, personas de todas las edades se abrazaron, negando con la cabeza ante la pérdida de vidas que recordaban con flores, tarjetas, globos e imágenes de las siete víctimas. Se podía escuchar a muchos compartiendo entre ellos dónde estaban cuando ocurrió el tiroteo. Dibujos de cada una de las víctimas con la bandera estadounidense como telón de fondo decoraban el perímetro del monumento, junto con un globo con el número siete y un letrero que decía: “Un poco de luz disipa mucha oscuridad”.

Cuando estallaron los disparos durante el desfile la semana pasada, varios asistentes corrieron a un restaurante cercano de Walker Brothers para esconderse, incluidos Jeff Korman, residente de Deerfield, Nicole Polarek, residente de Highland Park, y Kim Goldsmith, que estaba visitando a su hermana.

Durante el tiroteo, la hermana de Goldsmith resultó herida después de que una bala le rozó la mano.

Cuando Central Avenue reabrió el domingo, los tres sobrevivientes se encontraron inesperadamente una vez más en el sitio del monumento conmemorativo de Port Clinton Square.

Mientras caminaba por el monumento, Korman expresó su deseo de que, en lugar de comprar flores y decorar los monumentos, a lo que llamó “satisfactorio” y “dulce”, la gente hiciera donaciones para los esfuerzos de control de armas.

“Tuve un momento de ira hace un tiempo que deseaba que la gente no … comprara flores. Cada dólar podría ir al control de armas”, dijo. “(Este) no es un mundo para vivir, en el que viviría cualquier persona cuerda. Esa no es una declaración política, es una declaración como padre, abuelo y ser humano. Todavía puedo decir que nunca he disparado un arma en mi vida, pero ahora puedo decir... Me han disparado”.

Polarek, que estaba con su esposo y sus tres hijos durante el tiroteo, se alejó pensando en las comunidades que enfrentan el miedo a la violencia armada a diario.

“Creo que lo que más me ha golpeado es que algunas personas viven experiencias traumáticas, sintiéndose inseguras… así todo el tiempo”, dijo. “Simplemente me hizo entender de una manera muy pequeña lo que han sentido todos los días”.

Desde el tiroteo, Polarek, Korman y Goldsmith intercambiaron números de teléfono, conocieron a los miembros de la familia y encontraron una serie de puntos en común entre ellos. Describieron tener una conexión que Polarek dice que espera que dure para siempre.

“Tenemos un vínculo. Es un club del que no quieres ser miembro, pero me siento honrado, por muy  extraño que parezca, me siento honrado de haber podido estar con ellos. Tengo el don de haber podido compartir con ellos y (su) familia y los demás con los que estuve”, dijo Korman. “Hay una fibra no escrita que ha creado un hilo para conectarnos”.

  • Este texto fue traducido por Octavio López/TCA

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