Anuncios

Tras los secretos de las tumbas zapotecas de Mitla

Ramiro Ruiz, cuidador de la zona arqueológica de San Pablo Villa de Mitla, en el sur de México, desciende a una tumba perteneciente a las antiguas ruinas zapotecas del lugar. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Ramiro Ruiz, cuidador de la zona arqueológica de San Pablo Villa de Mitla, en el sur de México, desciende a una tumba perteneciente a las antiguas ruinas zapotecas del lugar. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

Las ruinas de Mitla se encuentran a unos 48 kilómetros de Oaxaca, en las montañas del sur de México, construidas en el fondo de un valle elevado como un portal entre el mundo de los vivos y los muertos. El sitio fue establecido aproximadamente en el año 200 d. C. como una aldea fortificada y luego como cementerio por los zapotecos, los llamados “gente que proviene de las nubes”, quienes se establecieron en la región alrededor del año 1500 a.C.

Cinco conjuntos de ruinas principales se encuentran dispersos por el pequeño centro turístico moderno que es San Pablo Villa de Mitla. Algunas son casas reales y centros ceremoniales con plazas centrales. Una es una pirámide deteriorada y otra es una iglesia española con cúpula y patios zapotecos contiguos. Mosaicos elaborados cubren las paredes, frisos geométricos serpenteantes que se asemejan a encajes tallados; “tejido petrificado” es cómo los describió Aldous Huxley en su diario de viaje de 1934, Más allá del Golfo de México. Rastros de color persisten en la mampostería que alguna vez estuvo cubierta con pintura roja brillante hecha a través de la molienda de cochinillas que vivían en los nopales.

Los cronistas españoles bautizaron a Mitla como el Vaticano de la religión zapoteca y se decía que sus maravillas continuaban bajo tierra. Los zapotecos, conocidos por su conexión metafísica con la lluvia, los truenos y los relámpagos, creían que podían comunicarse con dioses y espíritus ancestrales en una cavidad de tierra debajo de su ciudad, la cual conducía a un inframundo conocido como Lyobáa, el “lugar de descanso”.

En 1674, Francisco de Burgoa, un fraile dominico, escribió un relato basado en gran medida en documentos de la Iglesia, sobre un grupo de misioneros españoles que habían explorado un extenso laberinto de túneles y cámaras funerarias bajo las ruinas de un palacio monumental. Un siglo antes, el clero secular había bloqueado las puertas del complejo hundido con ladrillos y mortero, presumiblemente para mantener a la población fuera o a los fantasmas dentro.

“Los españoles creían que los demonios realizaban magia negra en las tumbas subterráneas”, explicó Denisse Argote, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México. En septiembre, Argote y un equipo de 13 geofísicos, ingenieros y arqueólogos pasaron una semana en Mitla para la segunda temporada de una ambiciosa exploración para determinar qué queda de las catacumbas zapotecas abandonadas desde hace mucho tiempo. En la tranquila y constante calma de la mañana, cargaron con suficientes dispositivos electrónicos como para revivir a la novia de Frankenstein.

Muy cerca de los patios se encontraba la Iglesia de San Pablo, un templo católico. La iglesia fue construida en 1590, siete décadas después de que los conquistadores españoles llegaran al valle de Oaxaca. Los miembros de la orden dominicana lo construyeron sobre las ruinas sagradas, reutilizando piedras del palacio. Al separar a los zapotecos de sus deidades paganas, los misioneros esperaban convertirlos al cristianismo. “En lugar de intentar acabar con las creencias religiosas de los zapotecos”, dijo Argote, “fue más fácil simplemente lavarles el cerebro con nuevas creencias”.

Manuel Ortiz Osio, a la izquierda, estudiante de posgrado del Proyecto Lyobáa, y Gerardo Cifuentes Nava, geofísico de la Universidad Nacional Autónoma de México, trabajaron con un radar de penetración terrestre en la zona de Mitla en septiembre. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Manuel Ortiz Osio, a la izquierda, estudiante de posgrado del Proyecto Lyobáa, y Gerardo Cifuentes Nava, geofísico de la Universidad Nacional Autónoma de México, trabajaron con un radar de penetración terrestre en la zona de Mitla en septiembre. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

A los investigadores se les negó el permiso para instalar equipos dentro de la iglesia, por lo que tuvieron que instalar sensores sísmicos —electrodos y geófonos— en forma de herradura en el patio, para observar a través de las capas de tierra. A primera hora de la tarde, una maraña de cables cubría el patio como raíces de un mangle.

“Utilizamos herramientas de estudio geofísico no invasivo para no tener que excavar en el lecho rocoso ni alterar el terreno”, dijo Marco Vigato, principal patrocinador del equipo de investigación. “Nuestra esperanza es detectar espacios ocultos y objetos sepultados u otras pruebas de las cámaras subterráneas perdidas descritas por el padre Burgoa”.

El año pasado, los investigadores utilizaron una combinación de tres tecnologías de escaneo —radar de penetración terrestre, tomografía de resistividad eléctrica y tomografía sísmica de ruido ambiental— para generar imágenes tridimensionales de lo que había debajo. Los estudios revelaron un misterioso mundo subterráneo, confirmando la presencia de un gran vacío bajo la sacristía que se extendía hacia el oeste y el noroeste.

El equipo también identificó dos túneles de este a oeste, con una profundidad que variaba de 5 a 8 metros, que ingresan a la cavidad desde una dirección este. “Esto corrobora lo descrito en los registros históricos de la zona de Mitla y los relatos de la gente de Mitla”, dijo un miembro del equipo, Andrés Tejero-Andrade, profesor de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México.

En cierto momento de la tarde, Vigato se encontraba en el santuario dorado de la iglesia. El sonido de los niños jugando se filtraba por las ventanas; frente a él estaba el altar mayor, cubierto con una tela blanca. Justo debajo, oculto a la vista, había un portal sellado que él había determinado que era la entrada al laberinto subterráneo.

“Creo que hemos encontrado el palacio perdido de los vivos y los muertos”, dijo.

De la eternidad hasta aquí

Alto y anguloso, Vigato habla de la cultura zapoteca con el entusiasmo juvenil de un niño explorador que describe sus insignias de mérito. Creció cómodamente en Milán y viajó a muchos lugares con sus padres. Asistió a la Escuela de Negocios de Harvard, donde conoció a Daniela Thions Meyer, una mexicana que estaba obteniendo su maestría en Administración de Empresas en el Dartmouth College en Nuevo Hampshire. Se casaron y con el tiempo se mudaron a Ciudad de México, donde Vigato trabajó como ejecutivo de Walmart por un tiempo. Su fortuna proviene en gran parte de su familia y de su trabajo en el comercio minorista y como consultor de estrategias.

En su tiempo libre escribió The Empires of Atlantis, una historia alternativa de los orígenes de la civilización en la que propuso que “la Atlántida, no África, fue la verdadera cuna de la humanidad”. La teoría le provoca una risita a Argote, la investigadora del Instituto Nacional. “Solo creeré en civilizaciones perdidas cuando vea restos materiales de ellas”, afirmó. En el proyecto Mitla, explicó Argote, solo emplean metodologías científicas probadas en investigaciones previas y respaldadas por publicaciones científicas revisadas por pares.

Hace varios años, mientras leía sobre el folklore de Mitla, Vigato comenzó a considerar la posibilidad de confirmar el relato del padre Burgoa sondeando el subsuelo. En 2021, fundó el Proyecto de Exploración e Investigación Arqueológica (ARX, por su sigla en inglés) para recaudar fondos para la investigación arqueológica. La organización sin fines de lucro se ha asociado con el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Secretaría de Cultura de México para documentar y conservar San Miguel Ixtapan, una zona arqueológica en la ciudad de Tejupilco que ha producido decenas de losas de piedra megalíticas talladas de edad y origen desconocidos. La excavación de ARX desenterró dos losas adicionales y creó modelos tridimensionales de la piedra “Maqueta”, una representación detallada y centenaria de una ciudad, esculpida en una enorme roca de basalto.

La puerta a Lyobáa

Según el relato del padre Burgoa, el osario subterráneo de Mitla tenía cuatro cámaras conectadas de tamaño cada vez menor, cuyas dimensiones reflejaban las del palacio y los patios de arriba. La primera sala era un santuario lleno de tótems en los que los sumos sacerdotes, vestidos con túnicas blancas y casullas bordadas, pronunciaban oráculos y ritos funerarios en una nube de incienso perfumado de copal.

“Quando le hauian de sacrificar hombres se doblaban las ceremonias”, escribió el padre Burgoa. “Sus Ministros tendian la víctima sobre vna gran losa, y descubriendole el pecho. con vnos nabajones de pedernal, se lo rasgaban, entre estremecimientos horribles de cuerpo, y le descubrian el coraçon que le arrancaban con el alma, que se llevaba el Demonio, y ellos el coraçon al gran Sacerdote para que lo ofreciese á los Ídolos”.

La siguiente sala contenía las tumbas de los sumos sacerdotes; la tercera albergaba una cripta para reyes, cuyos cuerpos momificados estaban vestidos con atuendo militar con lanza y escudo. Al final de la cuarta sala, escribió el padre Burgoa, había una puerta de piedra que se abría a Lyobáa, una enorme caverna repleta de pasillos, cuyo techo estaba construido con inmensas losas de piedra sostenidas por pilares de piedra de 4,5 metros de altura. La cueva, escribió, tenía 30 leguas de profundidad, el equivalente a 125 kilómetros.

El fraile también detalló una forma de sacrificio “vivo” en el que la víctima era arrojada, a veces voluntariamente, al oscuro hueco, para que muriera de sed y hambre. Javier Urcid, arqueólogo de la Universidad Brandeis, describió al padre Burgoa como un gran embellecedor. “La adivinación oracular y los sacrificios humanos eran aspectos rituales integrales de las casas reales, pero permitir a los penitentes entrar en una supuesta cueva y luego sellar su entrada es descabellado”, dijo.

Aparte de la zona de la iglesia, Mitla tiene cuatro grupos distintos de edificaciones, dos de los cuales fueron excavados y completamente restaurados en la década de 1980, y se sospecha que todos ellos ocultan una red de corredores subterráneos. El monumento antiguo más famoso y mejor conservado es el Palacio de las columnas, antigua residencia del sumo sacerdote, a quien el padre Burgoa comparó con el papa. La autoridad del sumo sacerdote era incluso mayor que la del rey zapoteca. Presidía los sacrificios humanos que se realizaban detrás de la “columna de la muerte”, un grueso pilar que abre la entrada a una tumba lítica.

Cuenta la leyenda que si abrazas el pilar, el espacio entre las yemas de tus dedos predecirá el número de años que te quedan de vida. La longevidad es inversamente proporcional a la longitud del brazo. Una historia muy contada trata sobre un forastero de brazos largos que se sorprendió al descubrir que, según el oráculo de Mitla, ya llevaba varios años muerto.

Túnel a algún lugar

Durante la expedición de este año, los investigadores empujaron georradares a través de los campos y plazas de Mitla como si fueran cortadoras de césped tuneadas. Para complementar los conjuntos de radar, el equipo añadió la magnetometría, una técnica que le permitió detectar anomalías geomagnéticas que pueden indicar la presencia de objetos o cavidades sepultados, naturales o artificiales.

Los escaneos y sondeos del suelo debajo de un grupo de edificaciones mostraron extensas terrazas y muros de contención. El mapeo del área debajo de la pirámide reveló una irregularidad que parecía ser un túnel. No se encontraron señales de pasillos debajo del Palacio de las columnas, pero el equipo identificó una escalera que conducía a un par de puertas y, a mayor profundidad, a cámaras que podrían ser tumbas.

Contrariamente a la declaración de Vigato, no se sabía con certeza si el equipo había localizado una entrada al laberinto debajo de la iglesia. Lo ideal, dijo, sería investigar las anomalías con una cámara endoscópica. “Esto provocaría solo una perturbación mínima en el lugar y requeriría la perforación de un agujero de no más de unos pocos centímetros de ancho, el cual se taparía inmediatamente después”, afirmó Vigato. Las imágenes proporcionarían información valiosa sobre la naturaleza de las cavidades y su posible contenido.

Pero el comité eclesiástico, un órgano electo y en gran medida independiente de la jerarquía eclesiástica y de la diócesis de Oaxaca, ha rechazado repetidamente las solicitudes para realizar más investigaciones en esa parte de la zona. Su oposición parece estar motivada por el temor de que la iglesia sea arrasada para permitir excavaciones arqueológicas y que cualquier riqueza encontrada sea requisada.

“Todas estas preocupaciones son infundadas”, afirmó Argote. Por ley federal, explicó, nadie puede demoler un monumento histórico para recuperar restos prehispánicos. Además, explicó, los tesoros serían cerámicas, restos humanos o artefactos líticos, no oro o joyas.

Los últimos datos geofísicos indican que el túnel o la cámara debajo de la iglesia continúa más hacia el oeste y hacia abajo. Lo que los investigadores no saben, y tal vez nunca sepan, es hasta dónde continúa y hasta qué punto llega.

Aventurándose hacia el vacío

En la cosmovisión zapoteca, las cuevas son seres vivos. El entorno montañoso del valle de Oaxaca esconde decenas de grutas que durante más de 10.000 años de ocupación humana han servido como santuarios asociados con deidades y fuerzas de la naturaleza que los mortales pueden persuadir, halagar o enojar. Entre los habitantes modernos de Mitla, los rumores sobre la caverna laberíntica parecen nunca haberse extinguido.

El osario permaneció inaccesible desde finales del siglo XVI hasta mediados del XX, cuando la Iglesia de San Pablo se sometió a una importante renovación y se añadieron cúpulas para sustituir el techo de madera original. “Se desbloqueó la entrada debajo del altar mayor y se instaló algún tipo de puerta”, dijo Argote.

Evidentemente, el portal a la eternidad siguió siendo un secreto a voces, al menos hasta 1992, cuando un par de niños del pueblo, Omar Santiago Garcia, de 11 años, y su hermano, Eder, de 9, consiguieron trabajo barriendo pisos. Un día, el conserje preguntó si les gustaría echar un vistazo a la cueva donde vivían las almas muertas. Los niños asintieron con recelo.

“Vayan rápido”, advirtió el conserje. “Y no se alejen mucho o nunca encontrarán la salida”.

Metió la mano debajo del altar y movió las tablas que ocultaban la entrada. Los chicos miraron al vacío. “Yo fui el valiente”, recordó en septiembre Omar Santiago, quien actualmente tiene 33 años. “Di el primer paso”.

Sin linterna, los niños usaron la estrecha escalera, lenta y cuidadosamente, agarrándose de los frisos decorativos que tachonaban las paredes de piedra. Al pie de las escaleras, entraron en pánico. “Sentí que estaba invadiendo un lugar donde los vivos no deberían estar”, dijo Santiago. Él y su hermano treparon las escaleras y no miraron atrás. Ocho años más tarde, la entrada se cubrió con una losa de hormigón y, por las dudas, se cubrió con baldosas.

Santiago contó todo esto desde un asiento en el Restaurante Yainadoo, la taquería que administra frente a la iglesia. Todavía recuerda cuando su madre le habló de un hombre que se aventuró en el laberinto y se perdió hasta llegar a una sala llena de gente que estaba celebrando una fiesta. Cuando una mujer de aspecto tenebroso le ofreció un tamal, el hombre se dio vuelta y huyó. “Más tarde, el hombre le describió a la mujer a su esposa”, dijo Santiago. “Su esposa estaba impactada: la mujer había muerto muchos años antes”.

Hubo una levísima pausa.

“Mi madre me dijo: ‘Recuerda, Omar: nunca aceptes tamales de los muertos’”.

c. 2023 The New York Times Company