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Renata irrepetible. La diva italiana falleció a los 89 años

Hubo voces más espectaculares, más tersas, más bellas, más cremosas, más dramáticas, pero Renata Scotto (24 de febrero de 1934, Savona – 16 de agosto de 2023, Savona), la diva de ópera italiana que acaba de fallecer a los 89 años, dejó su impronta tan significativa como polémica como soprano lírica que supo aprovechar el filo de su voz para obtener dramatismo inconfundible. Alquimista nata transformó un defecto en virtud. Quizás fue la única entre las de su cuerda que fue un “gusto adquirido” (también fue Callas), había que acostumbrarse a tanta fiereza en un cuerpo tan pequeño que se agigantaba en escena en los setenta papeles que abordó en cuatro décadas.

Scotto se hizo a sí misma, en eso también reside su modernidad, a fuerza de férrea voluntad, inteligencia aplicada y devoción absoluta al compositor. En su metamorfosis asombrosa, ejemplar, perdió muchos kilos demás para lucir como una esbelta actriz de teatro que cantaba… ¡y cómo! Las tiernas Amina, Adina, Norina y Liú, sus reveladoras Gilda, Violetta, Lucia, Margarita, Desdémona, crecieron hacia papeles más dramáticos que conquistaron, pese a detractores y un instrumento tensado al máximo. Aquella sensacional Elena de Vespri en el MET de 1974 la hizo reina del teatro neoyorquino en la década del setenta. Entre bravos y algunos ceños fruncidos añadió Leonora, Amelia, Elisabetta de Valois, Luisa Miller, Gioconda, Adriana Lecouvreur, Anna Bolena, Vitellia, Francesca, Lady Macbeth y el desafío máximo: Norma.

Renata Scotto (24 de febrero de 1934, Savona – 16 de agosto de 2023, Savona).
Renata Scotto (24 de febrero de 1934, Savona – 16 de agosto de 2023, Savona).

Temeraria, aguerrida, demandante, se consumía en escena, no había resquicio de su cuerpo que no estuviese ocupado por música. El genio de Scotto se aprecia en la resolución de las frases, en cómo deslizaba el texto hacia las notas, engarzándolo en un filigrana sedoso. Decía “mi modelo es el compositor, las pausas son música para tensar la acción entre escena y audiencia. Hay que cantar diciendo la verdad, controlando el personaje, eso sí: primero el personaje, la música viene sola”.

Italiana hasta la médula profesaba una rigurosidad teutónica hacia la música, maestra que nunca dejó de ser alumna, más que “umile ancella” fue apasionada esclava. Cualidad que se aprecia en el legato perfecto, en cada palabra pensada, pintada, matizada y expresada a través del canto, a la manera de una Schwarzkopf a la italiana. Investigaba y sabía de cada uno de sus compositores tanto que cuando se refería a ellos parecían parientes cercanos. Belliniana de raza que amaba y respetaba a Verdi como a un padre aunque su alma estuvo ineludiblemente asociada con Puccini. Salvo Minnie y Turandot, encarnó todas sus criaturas. Desde su definitiva Butterfly a una Mimi conmovedora, Manon, Liù, Musetta, Tosca, Fidelia, Anna, Magda y aquel tour de force de las tres protagonistas del Trittico en una noche.

Leah Partridge (izq) y Renata Scotto durante un ensayo de ‘La Somnambula’.
Leah Partridge (izq) y Renata Scotto durante un ensayo de ‘La Somnambula’.

Si sus maestros musicales fueron los ilustres Gavazzeni, Serafin, Votto, Gui, y más tarde Muti, Maazel y Levine, sus directores de escena preferidos, nada menos que Visconti, Pizzi, Faggioni, Ronconi, Menotti y en especial John Dexter (“Que en Don Carlo me enseñó a ser una reina: no mires a nadie, una reina no mira, la miran”). Admiradora de Miguel Fleta y Fritz Wunderlich, si se le preguntaba que falta en la ópera exclamaba “Tenores!”. Y había cantado con “todos”, desde Carlo Bergonzi y Alfredo Kraus a “Los tres tenores” (con cada uno fue memorable pareja escénica y con uno tuvo un famoso entredicho), a Vickers (que temía), Aragall, Tucker, Gedda, Del Monaco, Corelli, y Di Stefano (a quien sopapeó en escena por desobediente).

Como integrante de la nueva generación sucedió a la gran Renata (Tebaldi fue La Wally en su debut escalígero, «Renatina» se robó la función saliendo a saludar dieciseis veces) y a Callas a quien unió admiración total, y a la postre su consagración internacional cuando debió reemplazarla en La sonnambula de Edimburgo en 1957, amén de alguna desavenencia que le ganó el odio de los “Callistas”. Pero “Renatina” no fue una segunda Callas, sino una primera Scotto. Diferentes, igualmente rigurosas, ardiendo con sus voces indomables; una griega, la otra italiana, ambas dóciles e ingobernables a la vez, supremas vestales del canto.

Antes de retirarse de las tablas para dedicarse exitosamente a la dirección escénica y la enseñanza su espíritu imbatible la empujó a abordar papeles inesperados: La voz humana de Poulenc, Erwartung de Schöenberg, Kundry de Parsifal, una Mariscala memorable de la que estuvo orgullosa en superar el desafío y una última Klytämnestra que no la dejó satisfecha.

Así la hija de la modista Santina y del policía del pueblo, que a los cuatro años cantaba en la mesa familiar, y en la ventana cantándole a los sorprendidos transeúntes que le regalaban caramelos y hasta a los peces cuando su tio operómano la llevaba a pescar, el mismo que pagó sus estudios en Milán, custodiada por monjas en un convento hasta los veinte y soñando con algún día cantar en La Scala… El resto es historia.

Vaya entonces esta humilde semblanza, apreciación y agradecimiento, ahora sí, a la última de las grandes divas italianas de posguerra que cierra un capítulo inolvidable en la historia de la ópera.

Renata Scotto junto a su amigo Sebastian Spreng.
Renata Scotto junto a su amigo Sebastian Spreng.

Post data: Tuve la fortuna y privilegio de conocerla, y el Colón volvió a operar su inveterada magia. Habia dirigido ‘Tosca’ en Miami, me escuchó hablar castellano y me abordó con los brazos abiertos “Argentino!… mi amado Colón”. Ese Colón que estalló en una ovación a telón abierto ante su “Ah… mascordata!” de la ‘Butterfly’ en su debut de 1964 me abrió las puertas de este personaje fascinante que se convirtió en amiga entrañable. Dueña de una juventud envidiable, energía contagiosa, no perdía la capacidad de asombro, podía tener cien como cinco años en su refrescante e inagotable manantial de sabiduría. En una oportunidad, con humildad enternecedora me pidió verme pintar con la promesa de no interferir ni interrumpir, sólo quería ver el proceso. Asentí con la condición que luego me cocinara. El pacto funcionó. Renata era un felino al acecho de su presa, absorbiendo como esponja cada pincelada. Luego llegaron las preguntas en catarata y por fin su banquete prometido. Salí ganando. Verla cocinar era como verla cantar, de una concentración apabullante para una comida simple, «italianisimamente» perfecta. Insistía que le hablara en castellano para practicarlo y había inventado un juego que se transformó en código: me desafiaba arrojándome una frase de alguna ópera que yo debía identificar y responder al instante para luego yo cambiar de ópera y ella adivinar y responder. Era un divertimento menos difícil que el de adivinar qué nota musical daban diferentes monedas cuando las arrojaba al piso, esas sutilezas sólo las captaba el buen Lorenzo, su marido violinista que la acompañó hasta su muerte en 2021. El mero recuerdo de verlos jugar con inocencia y alegría de niños hoy conmueve mi fibra mas íntima con la certeza de una era que se ha ido para siempre.