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Qatar somos todos nosotros.

Nos llevamos las manos a la cabeza porque Maluma no ha boicoteado el Mundial de Fútbol de Qatar y encima ha dejado tirado en directo a un periodista que le preguntaba por los derechos humanos. Porque Morgan Freeman, actor y activista por los derechos humanos, ha aparecido de manera sorprendente en la ceremonia de inauguración. Porque el rey Felipe VI va a ser el único monarca europeo en asistir a un partido de la fase de clasificación.

Nos llevamos las manos a la cabeza por los patrocinadores que se han atrevido a poner dinero en esta competición en la que, sólo construyendo los estadios, han muerto más de seis mil trabajadores que vivían en régimen de esclavitud, sin libertad de movimientos, hacinados en agujeros sin ventanas.

Nos llevamos las manos a la cabeza porque los jugadores de nuestras selecciones no se han negado a ir a un país donde no se respetan los derechos humanos, donde los homosexuales van a la cárcel, las mujeres salen a la calle con velo y no pueden conducir, una violación siempre es culpa de la mujer y tiene que ser encarcelada, no hay libertad de expresión ni de asociación, no se puede criticar al régimen ni a la familia real ni se puede exhibir la bandera arcoiris.

Manifestación contra el mundial de Qatar en la ciudad alemana de Colonia el domingo 20 de noviembre. (Photo by Ying Tang/NurPhoto via Getty Images)
Manifestación contra el mundial de Qatar en la ciudad alemana de Colonia el domingo 20 de noviembre. (Photo by Ying Tang/NurPhoto via Getty Images)

Boicot a Qatar, decimos.

Algunos más decididos, otros, con la boca pequeña.

Boicot a Qatar, cuando el fútbol existe porque hay gente que lo ve.

Personas que sintonizan el partido en la tele. Que compran camisetas de sus jugadores. Entradas para los partidos. El fútbol existe porque existen aficionados que dan dinero a todo el universo que rodea a su equipo.

Mucho dinero. Al final siempre se trata de lo mismo. Dinero. En cantidades ingentes.

Los derechos televisivos. Los patrocinadores. La venta de productos comerciales con los jugadores o el equipo como reclamo. El estadio, las entradas y las cervezas. Los préstamos y ventas de jugadores entre clubes. El dinero por ir pasando fases en las competiciones.

El fútbol es un negocio que los aficionados pagan con mucho más gusto que los impuestos, pero que sólo va a parar a unos pocos bolsillos. Los clubs son empresas que buscan maximizar sus ingresos. Los jugadores son empleados, que muchas veces tienen poca capacidad de decisión. Los que financian todo el tinglado son los aficionados. Nosotros.

Sí, también el mundial de Qatar.

Ese también lo pagamos todos.

La todopoderosa FIFA no existiría sin la afición. Ha cobrado 7.500 millones de dólares por acuerdos comerciales vinculados a este mundial. Mil millones más de los que ingresó en el último Mundial, en 2018 cuando se celebró en Rusia. Eso es muchísimo dinero para sus directivos. Y mucho poder. ¿Imagináis lo que es tener la capacidad de decidir sobre el destino del fútbol mundial?

Pues ese poder se lo damos nosotros, queridos.

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