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Qatar 2022: Dibu Martínez, el portero que se burlaba de sus rivales y no metió ni las manos; "easy, easy"

Dibu Martínez durante el partido entre Argentina y Arabia Saudita. (REUTERS/Hannah Mckay)
Dibu Martínez durante el partido entre Argentina y Arabia Saudita. (REUTERS/Hannah Mckay)

Emiliano Dibu Martínez caminó sobre la línea de la soberbia durante el último año y medio. Había salido de una discreción aparentemente perpetua para convertirse en el portero titular de Argentina en la Copa América 2021. Después de una actuación sobresaliente con el Arsenal en la final de la FA Cup de 2020, su nombre empezó a merodear el arco albiceleste que, hasta entonces, le pertenecía a Franco Armani, guardameta de River Plate.

En la temporada 2020-2021, Martínez se afianzó con el Aston Villa. Por primera vez podía decirse titular en un equipo. Durante diez eternos años fue un suplente deambulante. Pero llegó al arco de los Villanos y su nombre ganó la relevancia necesaria para competir por el puesto en la selección argentina. Aunque despertaba suspicacias entre la prensa local (que veía como indiscutible a Armani), Martínez demostró el aplomo necesario para resguardar la valla pampera en las Eliminatorias y, sobre todo, en la Copa América, ese torneo pandémico que debió jugarse en Argentina y terminó con Brasil como sede.

Y ahí todo fue perfecto. En las semifinales, Dibu corrompió a los tiradores de Colombia para sacarlos de quicio y hacerles fallar. Su juego psicológico recibió elogios sin fin y los videos le dieron la vuelta al mundo. Había sido, hasta ese momento, el artífice del cambio de rumbo albiceleste: donde había fracasos y tristezas ahora se labraba un presente de gloria. Nada les podía salir mal. Y Martínez abrazó todos los incendios que él provocó: aquel festejo en cancha colombiana —ya la traía con ellos— en Eliminatorias hasta la provocación a Cristiano Ronaldo en la Premier League para que le tirara un penal.

Nunca importó demasiado que jugara en un equipo débil del futbol inglés. Su fuerte era la selección. Por eso, durante el sorteo mundialista, dijo que jugar contra México era "easy". Y la expectación creció sin parar: todos ansiaban el momento de verlo caer. Y pasó en el lugar inmejorable: la Copa del Mundo. Sus detractores, que se cuentan por decenas de miles, le tenían guardado cada capítulo. Cosechó todas las semillas de egolatría desbordada sembradas durante estos 17 meses. No lo iban a perdonar, aunque, de hecho, no tuvo nada que ver en ninguno de los dos goles que significaron la derrota argentina contra Arabia Saudita.

Pero tal vez eso sea lo más humillante para un arquero, y más para uno de primer nivel: no poder meter ni las manos. Martínez vio pasar los dos balones que hundieron a su equipo en el estreno mundialista. Hizo enemigos por doquier y los goles de Arabia Saudita fueron festejados en cada una de esas latitudes donde él dejó su huella. Todavía la afición argentina presume de fidelidad a los suyos, pero el vaso está a punto de derramar.

Ni siquiera ellos tendrán paciencia con él si las cosas vuelven a salir mal. Aquello por lo que fue aplaudido durante este tiempo será lo mismo que le condene. Ese es el precio a pagar cuando se ha alcanzado un grado de relevancia como el que Martínez ha tenido. Y sus críticos, los que ansiaban verlo perder, seguirán ahí, con la lupa bien puesta en cada uno de sus movimientos y el archivo a la orden: todas sus "canchereadas" están perfectamente documentadas y fueron lo suficientemente efectivas como para ser olvidadas.

Vale le pena recordarlo: ni siquiera es que haya fallado. Simplemente no pudo detener ninguno de los dos tiros sauditas. No fue providencial y, después de la imagen santificadora que él mismo se creó, eso equivale a fallar. Se dirá que el personaje se lo comió o que la hacía falta una lección de humildad. Pero Martínez seguirá siendo como es. Y hará bien. Lo peor que puede hacer es traicionarse a sí mismo y echarse para atrás. En el juego hay que aceptar lo bueno y lo malo, los días de felicidad y también aquellos de tristeza.

Ahora le queda recomponer el camino. Se acabaron los márgenes para él y para sus compañeros. Si Martínez es el portero que pretendió demostrar que era, doblará la apuesta. Y si no lo es, doblará las manos, y ahí ya no habrá remedio: sólo le quedará huir eternamente de su propia estela. La injusticia de la justicia que los porteros conocen a la perfección.

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