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Pruebas PISA: la crisis de los aprendizajes básicos contradice todos los discursos de inclusión

El año pasado, se evaluaron a más de 12.000 estudiantes secundarios de 15 años de 457 escuelas públicas y privadas de todo el país
El año pasado, se evaluaron a más de 12.000 estudiantes secundarios de 15 años de 457 escuelas públicas y privadas de todo el país

Los resultados de las pruebas PISA 2022 que acaban de divulgarse no solo dejan expuesta una foto de una crisis educativa presente. Muestran también el capítulo más reciente, que no será el último, de una película de estancamiento educativo que se confirma desde el año 2000. Otro balance sobre la Argentina de los últimos veinte años que llega en este 2023. La línea de puntos que queda trazada desde 2000, cuando la OCDE lanzó las pruebas PISA y la Argentina se convirtió en uno de los primeros países en participar de esa evaluación global, pone sobre la mesa una nueva deuda social creada y consolidada en las dos últimos décadas: la crisis de los aprendizajes básicos de matemática, lectura y ciencias. Es decir, la crisis del sistema educativo argentino, a contrapelo de todos los discursos de inclusión social y educativa.

El panorama que arrancó en aquel 2000 y que se completa con esta última PISA presenta, en principio, tres problemas. Primero, los resultados en sí mismos, que no solo son bajos este año sino persistentemente bajos desde 2000 en esas tres áreas del aprendizaje clave a la hora de expandir las capacidades cognitivas y construir los cimientos para la vida futura.

En los aspectos más coyunturales, PISA 2022 da indicios claros del impacto negativo que tuvo la pandemia en todo el mundo: se verifica una caída en los puntajes promedios de PISA de todas las regiones comparado con 2018, la última evaluación pre pandemia. En ese aspecto, la Argentina es, al contrario, uno de los países de América Latina que registra una baja menor en lectura y matemática respecto de 2018, antes del cierre de escuelas generalizado. Y en ciencia, hay una suba de dos puntos pero no tanto como para considerarla mejora y buena noticia. En todos los casos, es una variación estadísticamente poco significativa, según aclara el informe oficial PISA de la OCDE. “Los resultados promedio de la Argentina en 2022 fueron casi los mismos que en 2018″, sostiene el informe oficial de PISA.

El problema de la Argentina es la línea de puntos que queda trazada desde el resultado de 2000 hasta el actual. La tendencia en matemática es la más preocupante de todas. Los resultados 2022 muestran un puntaje de 378, con 73 por ciento de los alumnos de 15 años que no alcanza un nivel mínimo en matemática, lo que deja a la Argentina rezagada en matemática en relación con países latinoamericanos, con seis países con mejores

La peor noticia

La peor noticia: no se trata de una novedad. En 2000, la Argentina obtuvo 388 puntos en matemática. En aquel momento, eran buenos resultados comparados con América Latina. Pero todo cambió. En 2003, en medio de los coletazos de la crisis de 2001, la Argentina no participó en PISA. Cuando volvió en 2006, los resultados de matemática habían caído a 381 puntos. Se recuperó algo en 2010, cuando recuperó los 388 puntos, pero desde entonces, los aprendizajes de matemática quedaron estancados en ese nivel o, inclusive, con tendencia a la baja, por debajo de los 380 puntos.

Países vecinos, en cambio, lograron mejorar los aprendizajes de matemática. En 2000, Chile, que alcanzó 384 puntos, estuvo por debajo de la Argentina. Pero en 2006 había mejorado hasta llegar a 411 puntos. Siguió sosteniendo esa mejora entre 2010 y 2012, cuando sostuvo 423 puntos. El resultado 2022, atravesado por la pandemia, lo llevó a 412 puntos en matemática. También está el caso de Perú, que pasó de 365 puntos en 2008 a 400 en 2018 y a 398 en 2022, también por encima de la Argentina.

En lectura, 2000 encontró a la Argentina con 418 puntos pero en 2006, luego de la crisis, el nivel había bajado a 374 puntos. Logró recuperarse en los años siguientes, con fluctuaciones entre 398 y los 401 puntos actuales. Chile, que partió de 410 puntos en 2000, llegó a 459 en 2015 y hoy está en 448 puntos. Teniendo en cuenta que 40 puntos equivalen a un año lectivo, los alumnos chilenos de 15 años tienen un nivel de lectura de un año más comparado con los argentinos. En Perú, la mejora entre 2000 y el resultado actual es una mejora empinada, muy distinta al estancamiento argentino: pasó de 327 puntos en 2000 a 408 en 2022.

En ciencia, el estancamiento argentino marca la tendencia aunque con una leve mejora: de los 396 puntos de 2000 se pasó, en lento ascenso, a los 406 de PISA 2022.

El segundo problema que surge de estos veinte años de resultados educativos es la incapacidad de la política para convertir los datos valiosísimos que viene aportando PISA sobre causas y consecuencias de esos resultados en mejoras del sistema educativo y mejores aprendizajes. El problema no es solo argentino: la divulgación de los rankings PISA termina en fetichización de datos sin consecuencias concretas y funciona más como catarsis de la opinión pública y mecanismo de rendición de cuentas, es decir, responsabilización de las gestiones de Gobierno, antes que para impactar en cambios estructurales en la enseñanza y el aprendizaje.

Hay, sin embargo, dos buenas noticias en ese aspecto. Por un lado, la mejora en los resultados de matemática en el primer cuartil por nivel socioeconómico, es decir, en los alumnos más pobres. Por otro lado, las únicas tres provincias argentinas que optaron por la evaluación distrital en PISA muestran mejores resultados que el promedio nacional. En matemática, CABA obtuvo 424 puntos y Córdoba, 398. En lengua, Caba tuvo 449 puntos y Córdoba 419. Y en ciencias, CABA obtuvo 451 puntos y Córdoba, 422. Mendoza está levemente por encima de los 400 puntos en dos de las áreas. En esos casos, la política educativa tiene una oportunidad: descartar el peso de las condiciones socioeconómicas de esos distritos, que impacta en los resultados de los estudiantes, y luego, analizar qué diseño de política educativa produjo esos resultados. E incluso, de política social. Hay desconcierto entre los especialistas sobre el resultado de los alumnos con más carencias.

Cuarto, la resistencia de las gestiones kirchneristas a tratar los diagnósticos de las evaluaciones educativas con profesionalismo. En la última presidencia de Cristina Kirchner, la consistencia de las pruebas nacionales ONE y de las pruebas PISA 2015 quedó seriamente dañada por manipulación estadística repetida que generó denuncias de expertos y exclusión del ranking PISA por la baja confiabilidad de las muestras de aquel año.

¿Estabilidad o estancamiento?

En este 2023, en lugar de llamar “estancamiento” al resultado que muestra PISA, desde el Ministerio de Educación nacional, divulgaron una gacetilla oficial que sintetiza el desempeño argentino como “estabilidad”. “Los resultados de las pruebas PISA presentaron para Argentina estabilidad en los resultados en las áreas de Matemática y Lectura y una mejora en Ciencias”, dice el primer párrafo del comunicado.

Un modo discutible de describir el diagnóstico que surge de PISA. En matemática y lengua, donde hay una baja de un punto, el ministerio plantea “estabilidad” y evita “baja” o “empeoramiento” pero en ciencia, donde hay una suba de tan solo 2 puntos, no habla de “estabilidad” sino de “mejora”. En la lengua de PISA, en ambos casos, es una variación estadísticamente poco significativa, es decir, es estancamiento.

La presentación oficial que hace el ministerio impide asumir con franqueza la dificultad de la política argentina a la hora de mejorar el sistema educativo: la “estabilidad” en bajos resultados resulta en estancamiento de los aprendizajes por más de dos décadas.

El presente y el pasado le manda un mensaje directo al presidente electo Javier Milei, a punto de asumir. Le acaba de llegar hoy a través de las pruebas PISA. Queda claro que en la Argentina, la educación básica se ha vuelto un desafío endémico y complejísimo. Es decir, con prometer vouchers no alcanza.