La ardiente historia de la princesa inca que fue mucho más que la amante de un conquistador

Mariángela Velásquez
·7  min de lectura
Andean woman with hat and cloak
Imagen referencial de una mujer inca. (Foto de Daniel Ochoa Rivero vía Getty Images)

Cuxirimay Ocllo fue protagonista de uno de los capítulos que cambiaron el rumbo de la historia americana.

Como esposa de Atahualpa presenció el fin del imperio Inca, como amante y madre de dos hijos de Francisco Pizarro vivió en carne propia la conquista y el mestizaje y como esposa de Juan de Betanzos fue la relatora principal de uno textos más respetados sobre la conquista del Imperio del Sol.

Nació alrededor de 1515 en Cuzco, la ciudad-dios, corazón del Tahuantinsuyo, estado que abarcó todo el territorio andino de lo que hoy se conoce como Perú, Bolivia, Chile, Ecuador, Argentina y Colombia.

Su linaje era tan puro que era una de las hijas del inca Huayna Capac, hermana de Atahualpa y descendiente de Pachacuti, refundador del Cuzco y creador de Machu-Pichu.

Cuxirimay pasó sus primeros años en los majestuosos palacios y jardines reservados para la élite incaica. Su belleza e ingenio la hizo destacar entre otras chicas de la nobleza y fue elegida a los 10 años para ser esposa del que fuera el último soberano del imperio.

La coya del inca, hija de la luna

Y no era cosa fácil llegar a tan corta edad a la cima del Tahuantinsuyo.

Para seleccionar a la coya, la esposa principal del inca, las mujeres poderosas se enfrascaban en un difícil proceso de negociación para decidir quién sería la compañera del máximo líder.

El inca podía tener varias mujeres pero sólo la esposa principal compartía su mismo rango y por ello era un factor importante en la estabilidad del poder. Cuxirimay tenía todas las condiciones para ejercer su mando.

Las celebraciones nupciales fueron imponentes y se prolongaron durante dos meses.

Cuxirimay era considerada una deidad al igual que Atahualpa. El indispensable polo fértil que completaba al elegido para gobernar sobre dominio más extenso en la Suramérica del XVI.

Ella era la hija de la luna y él era el hijo del sol. Los cronistas aseguraron que la coya era la mujer a la que temían y respetaban como "reina o señora principal de todos ellos".

Pero la unión duró poco. En 1532, fue capturada en la ciudad de Cajamarca junto Atahualpa por el conquistador Francisco Pizarro por órdenes del rey de España para finiquitar la conquista de Perú.

El inca subestimó la sagacidad de los barbudos que "llegaron en casas que flotaban en el mar" y acudió desarmado a un supuesto encuentro pacífico en el que fue apresado. La altivez de Atahualpa impresionó tanto a Pizarro que cenaron juntos y luego lo encarceló sin encadenarlo.

Atahualpa mandó a buscar toneladas de oro de todos los rincones de su reino para pagar su rescate, además de entregar a su hermana Quispesisa a su captor como una muestra de su voluntad de doblegarse a sus deseos. El conquistador plebeyo la tomó como esposa luego de bautizarla como Inés Yupanqui Huaylas.

Pero el verdadero deseo del español lo despertó la joven Cuxirimay, quien permaneció junto al inca durante meses hasta que fue asesinado a garrotazos en la plaza de Cajamarca en 1533. Algunas leyendas cuentan que la chica quedó tan triste luego de la muerte de su esposo-hermano que intentó suicidarse para acompañarlo hacia la otra vida, en la que vivirían felices junto al sol.

Pero los conquistadores se aseguraron de mantenerla con vida.

Además de la atracción sexual, Pizarro y sus parientes actuaron de manera estratégica al casarse o relacionarse de manera íntima con mujeres de la élite incaica, ya que esas alianzas les permitieron consolidar su poder, al tiempo que extinguían la posibilidad de resurgimiento de los incas.

La amante y confidente del conquistador

Pizarro pudo acceder a Cuxirimay en 1538.

Una versión cuenta que Pizarro “la tomó para sí”, cuando ella tenía 16 años y él 60. Y en los próximos dos años tuvieron dos hijos. El objetivo del conquistador habría sido reafirmar su jerarquía entre la civilización derrotada al unirse carnalmente con una mujer de la cúspide de la estirpe indígena. Otro motivo fue poner fin a la pureza del linaje incaico al mezclar su sangre con la de los descendientes de Pachacuti.

Otras versiones cuentan que en los cinco años transcurridos desde la muerte de Atahualpa, Cuxirimay se convirtió en una devoradora de hombres notables.

El narrador e historiador boliviano Néstor Taboada Terán asegura que era una mujer "misteriosa, seductora, impúdica, engañosa, dura e independiente", que buscaba a los hombres y luego los abandonaba a su suerte.

Conocía el poder de su sexualidad y lo ejercía a su beneficio. Y aunque la esposa legítima de Pizarro era su prima Inés, se empeñó en conseguir la misma seguridad como la compañera sentimental del hombre más poderoso del nuevo reino.

Pizarro la bautizó a Cuxirimay en Jauja, la primera ciudad cristiana de Las Indias y la nombró "Angelina, Ángel de Dios, criatura de maravilla", por su notable hermosura. A partir de ese momento aparece en los registros históricos como Angelina Yupanqui.

La unión con Pizarro no frenó el apetito carnal de Angelina, quien continuó sus encuentros furtivos con amantes ocasionales como el indio Felipillo, quien trabajó como traductor del Virrey de Lima.

La esposa del escritor que contó la historia de los incas

La vida poliamorsa de Cuxirimay acabó cuando conoció a Juan de Betanzos, un cronista que viajó desde Santo Domingo a Lima para ponerse al servicio de la corona española. El romance entre el escritor y la ahora marquesa no se hizo esperar.

"Betanzos carecía de temperamento ardiente, pasta erótica, pero le sobraba sensibilidad poética, naturaleza tierna. Angelina fue para él la perfección corporal y espiritual. Y crecieron en desmesura los desbordes de placer y estupor. Vivieron un paraíso terrenal de compromisos a largo plazo, marcado por lo imposible", escribió Taboada Terán.

Pizarro nunca sospechó del amorío. El hombre más poderoso del antiguo imperio Tahuantinsuyo se convirtió en el primer gran cornudo de la colonia, según el historiador.

El letrado enseñó a Cuxirimay a leer y escribir en castellano y le inculcó el gusto por la literatura universal.

Cuxirimay le contó las historias de la hidalguía inca, secretos que hasta entonces sólo habían sido compartidos entre la casta más elevada del imperio del sol. Ese relato personal, sumado a años de investigación histórica, permitieron a Betanzos publicar "Suma y narración de los Incas, que los indios llamaron Capaccuna, que fueron señores de la ciudad del Cuzco y de todo lo á ella subjeto".

De ese romance habría nacido un niño que todos creyeron hijo de Pizarro y a quien Cuxirimay llamó osadamente Juan, como su verdadero padre.

El concubinato con Pizarro terminó con el asesinato del conquistador extremeño de una veintena de heridas de espada durante una rebelión.

Cuxirimay se marchó del palacio vestida de luto, junto a sus dos hijos, sin mirar atrás.

Tras la muerte Pizarro, Cuxirimay se refugió en Piura, donde se casó en 1541 su gran amor. A su lado, Juan de Betanzos aprendió a hablar quechua y se convirtió en uno de los grandes conocedores de la cultura andina de su tiempo.

Cuxirimay y Juan regresaron a Cuzco y allí vivieron felices hasta 1576, registró la Real Academia de la Historia.

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