Cómo son los planetas que tienen más posibilidad de albergar vida

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Imagen del espacio profundo captada por el telescopio espacial James Webb
Imagen del espacio profundo captada por el telescopio espacial James Webb - Créditos: @NASA, ESA, CSA y STScI.

Una de las grandes aspiraciones científicas para las próximas décadas es el hallazgo de vida extraterrestre. Dentro de muy poco, la resolución del recién lanzado telescopio espacial James Webb permitirá conocer la composición de las atmósferas de planetas a años luz de la Tierra para comenzar después a buscar señales de actividad biológica. La tentación inicial, dado que nuestro planeta es el único con seres vivos en el universo conocido, es rastrear esas señales en sistemas como el solar, con estrellas de un brillo parecido, y en planetas como la Tierra, rocosos y con cierta cantidad de agua, pero no demasiada. Sin embargo, lo que sabemos sobre los más de 4000 planetas extrasolares identificados es que, probablemente, el hogar del primer ser extraterrestre tendrá unas condiciones muy distintas del nuestro.

En primer lugar, se sabe que tres de cada cuatro estrellas de la Vía Láctea son enanas rojas, mucho menos brillantes que el Sol y también más inestables, pero de una abundancia que multiplica las posibilidades de que la vida, aunque con rasgos diferentes a la que nos es familiar, se encuentre a su alrededor. Además, las características de esos sistemas planetarios, con varios planetas apretujados en órbitas más próximas a la estrella que la de Mercurio, y un sol que no ciega los telescopios que estudian a sus acompañantes, facilita la observación.

En un trabajo que clasifica con mayor precisión el campo de búsqueda de esos planetas habitables, dos investigadores españoles, Rafael Luque, del Instituto de Astrofísica de Andalucía, y Enric Pallé, del Instituto de Astrofísica de Canarias, acaban de concluir, a partir del análisis de 43 exoplanetas, que hay un abundante tercer grupo de mundos junto a los rocosos, como la Tierra, o los gigantes gaseosos, como Júpiter. Los planetas acuosos, con hasta un 50% de su masa compuesta por agua, son, probablemente, tan abundantes como los rocosos, y ofrecen posibilidades interesantes para albergar vida.

En su trabajo, que se publicó ayer en la revista Science, los investigadores estudiaron con detalle la densidad de estos 43 mundos y descubrieron que muchos de ellos eran demasiado ligeros para estar formados solo por roca. “Vimos que la densidad del planeta, y no el radio, como se pensaba antes, era lo que separaba a los planetas secos de los húmedos”, explica Luque.

Esos datos sugieren que la mitad de algunos de esos planetas tiene que estar compuesto por agua o por algo más ligero. “Aunque la Tierra está cubierta de océanos, es un planeta muy seco, con solo el 0,02% de agua”, apunta el también investigador de la Universidad de Chicago.

Mundos acuáticos

“Estos mundos acuáticos tienen, quizá, la mitad de agua, pero por lo que sabemos no puede estar en la superficie, distribuido como en la Tierra, alrededor de un núcleo rocoso, porque, al encontrarse tan cerca de la estrella, el agua se evaporaría. Allí, el agua se hallaría en océanos interiores, cubiertos por la corteza, o atrapada entre el magma”, continúa Luque.

Estos mundos tan próximos a su estrella, como sucede con la Luna o Mercurio, están bloqueados por fuerzas de marea que les obligan a mostrar siempre la misma cara al astro. Eso hace que un lado del planeta esté siempre congelado y el otro sea un verdadero infierno, aunque existen modelos teóricos que abren la posibilidad a que, en el interior del planeta, la distribución de temperaturas sea más homogénea.

Guillem Anglada Escudé, investigador del Instituto de Ciencias del Espacio del CSIC, que no ha participado en el trabajo, considera los resultados “importantes” porque ayudan a clarificar las distintas poblaciones de planetas que orbitan estas estrellas. “Además —añade—, esto ayuda a poner la Tierra dentro del contexto de todos los sistemas planetarios posibles”.

La nebulosa Carina, una de las impactantes imágenes que tomó el telescopio James Webb
La nebulosa Carina, una de las impactantes imágenes que tomó el telescopio James Webb - Créditos: @NASA, ESA, CSA y STScI

En nuestro sistema solar, la distribución de los planetas es relativamente infrecuente, si se tienen en cuenta los exoplanetas conocidos, con un reparto espacial claro, con el exterior del sistema para los gigantes gaseosos y el interior para los rocosos. Aquí, también hay mundos acuosos, con enormes océanos subterráneos bajo una corteza helada, como Ganímedes y Europa, las lunas de Júpiter, o Titán y Encélado, los satélites de Saturno. En los mundos estudiados, es probable que los planetas oceánicos se formasen acumulando hielo lejos de su estrella para después migrar hacia el interior del sistema planetario, a órbitas muy próximas a su estrella. En el caso del sistema solar, la rápida formación de gigantes como Júpiter o Saturno creo una barrera gravitatoria que impidió un posible acercamiento de Urano o Neptuno a las inmediaciones del Sol.

Con una estrella como la nuestra, en una órbita menor que la de Mercurio, la temperatura sería abrasadora, pero junto a enanas rojas, como nuestra vecina Próxima Centauri o el sistema Trappist-1 “habría una temperatura templada”, recuerda Anglada Escudé. “Allí, en un par de años, vamos a poder empezar a detectar moléculas básicas, como el agua o el carbono, y después, podremos ver, por ejemplo, si en un planeta hay un exceso de CO₂ respecto de lo que se ve en los demás. Con esa comparativa podremos plantearnos si esa diferencia tiene su origen en algún tipo de actividad biológica”, concluye.

En 1961, mucho antes de la primera detección de un planeta fuera del sistema solar, el escritor polaco Stanislaw Lem publicó la historia de Solaris, un mundo cubierto casi en su totalidad por un océano que era al mismo tiempo una forma de vida inteligente con la que los humanos, pese a un siglo de esfuerzo, no podían comunicarse. Tres décadas después, un compatriota de Lem, Aleksander Wolszczan, detectó los dos primeros planetas extrasolares, dos mundos fantasmagóricos, con tres veces la masa de la Tierra, dando vueltas en torno a un púlsar, una estrella de neutrones que después de agotar su combustible había colapsado bajo su propio influjo gravitatorio. Además de excitar la imaginación, el trabajo minucioso sobre el mundo real que existe ahí fuera, como el que hoy publican Luque y Pallé, puede ofrecer en los próximos años sorpresas que rivalicen con las especulaciones literarias.

Por Daniel Mediavilla

©EL PAÍS, SL

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