Peruana rescatada de zona lluviosa alumbra en helicóptero

Por FRANKLIN BRICEÑO

LIMA (AP) — En medio del extenso desierto de la costa norteña del Pacífico, María Josefa Pingo comenzó a sentir dolores de parto pero no podía ir a ningún hospital. Para salir de su pequeña aldea —aislada por casi dos meses debido a las intensas lluvias que caen sobre Perú— debía cruzar dos ríos y caminar más de 70 kilómetros entre la arena.

La trabajadora agrícola de 20 años había perdido dos bebés: la primera fue una bebita que vivió 19 días y la segunda no llegó a nacer porque murió a los dos meses de gestación. Las precipitaciones e inundaciones causadas por el fenómeno climático el Niño Costero amenazaban su tercer intento por tener un bebé que le hiciera compañía.

El desborde de los ríos Sauce y Angostura aisló a la aldea Los Pocitos, las reservas de frijol y maíz se hicieron cada vez más escasas y el agua que bebían se agotó porque el único pozo subterráneo quedó casi destruido por las lluvias. Para colmo, el marido de María Josefa se marchó en enero con otra mujer y le pidió que no lo volviera a buscar.

Cuando empezaron sus dolores, una llamada telefónica de emergencia realizada el lunes fue recibida por un escuadrón de rescate de las fuerzas armadas.

"Nos brindaron una ubicación muy vaga sobre un punto que se encontraba en medio del desierto donde no había absolutamente nada. Hemos asistido sin coordenadas y le pedimos a los pobladores que enciendan una llanta como para que el humo nos guíe", dijo a la radio local RPP el coronel Javier Tryon, jefe del sexto grupo aéreo del norte de Perú.

Al igual que en Los Pocitos, los desbordes de ríos han empujado a la miseria a más 961.000 peruanos en más de 800 pueblos a lo largo de la costa del Pacífico. Según los más recientes datos oficiales, los efectos del Niño Costero han matado a 106 personas, dañado 210.000 casas, destruido cientos de puentes y más de 3.000 kilómetros de carreteras.

Prisca Sánchez, madre de María Josefa, dijo a The Associated Press que hicieron una fogata con mazorcas secas de maíz, plásticos, papeles viejos y que agitaron un trapo rojo amarrado de una rama seca para que el helicóptero MI-17 del Ejército los visualizara.

Minutos después, ya en el aire y a más de tres mil metros de altura sobre el nivel del mar, su hija alumbró a una bebita, asistida por un doctor.

"Respira hondo y empuja, me decía el doctor en medio de esa bulla fuerte que hacen los helicópteros", recordó María Josefa a la AP desde una cama del hospital regional de Lambayeque.

La recién nacida fue cubierta con una manta verde mientras el vuelo continuaba y abría los ojos mirando a todos lados, comentó la madre. Los doctores afirman que la niña nació sin complicaciones.

"Quisiera que el primer nombre de mi hijita sea Cielo", dijo María Josefa.