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Permiso condicional humanitario para migrantes enfrenta dura prueba en elecciones de 2024 en EEUU

ARCHIVO - Migrantes que cruzaron el rio Bravo (o Grande) y entraron sin autorización a Estados Unidos desde México forman una fila para ser procesados por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, el 23 de septiembre de 2023, en Eagle Pass, Texas. (AP Foto/Eric Gay, archivo)

Joe Biden ha utilizado el permiso condicional humanitario para inmigrantes más que cualquier otro presidente de Estados Unidos con el fin de eludir a un Congreso que no ha brindado la cooperación necesaria. Pero no es el primero en hacerlo.

El poder presidencial ha sido una pieza central de la estrategia de Biden para canalizar a los inmigrantes a través de nuevas y ampliadas vías legales y desalentar los cruces ilegales, una diferencia radical con lo hecho por su rival Donald Trump.

Biden concedió al menos un millón de visitas temporales a Estados Unidos, las cuales suelen incluir elegibilidad para poder trabajar. En su campaña para regresar a la Casa Blanca, Trump dijo que pondría fin al “indignante abuso de los permisos humanitarios”.

El permiso humanitario —creado en virtud de una ley de 1952— le permite al presidente admitir a personas “exclusivamente caso por caso por motivos humanitarios urgentes o beneficio significativo para la población”. Desde entonces ha sido ordenado en 126 ocasiones por cada presidente, con la excepción de Trump, según David Bier del Instituto Catón, un organismo partidario de la inmigración.

The Associated Press habló con inmigrantes que llegaron durante cuatro grandes oleadas de permisos condicionales humanitarios en los últimos 72 años.

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HUNGRÍA, 1956

Edith Lauer era una estudiante de 14 años cuando salió de Budapest con sus padres y su hermana mayor, Nora, en noviembre de 1956. Sus padres no se sentían a salvo después de que tanques soviéticos invadieron el país para sofocar un breve levantamiento contra el gobierno, que en aquel entonces estaba bajo el control de Moscú. Muchas personas huyeron, incluidas unas 32.000 que recibieron permisos condicionales humanitarios en Estados Unidos.

“Sabían que si se quedaban esperando, serían arrestados, (posiblemente) irían a un juicio comunista... y/o serían ejecutados”, recordó Lauer, de 81 años, desde su residencia en Cleveland.

Los cuatro acudieron a una base militar en Múnich, en donde pasaron varias semanas hasta que un primo de su madre los patrocinó y les ofreció su residencia en Silver Spring, Maryland.

Edith Lauer llegó a bordo de una aeronave militar a Camp Kilmer, Nueva Jersey, un excampamento militar adaptado para albergar a refugiados húngaros.

“Dios mío, esto es libertad, democracia; simplemente era un mundo completamente diferente”, recuerda haber pensado. “Me di cuenta de ello muy, muy pronto, y... todo el mundo fue muy acogedor y maravilloso”.

Su padre, un abogado y el único miembro de la familia que hablaba inglés, se convirtió en bibliotecario en la Biblioteca del Congreso. Su madre comenzó lavando platos y posteriormente trabajó en un laboratorio que producía suero de monos.

En 1963 Lauer se casó con un estudiante estadounidense al que conoció en la Universidad de Maryland y que posteriormente se convirtió en un ejecutivo empresarial. Se graduó de la Universidad Texas A&M y se volvió profesora. Tiene dos hijas y dos nietos, y fundó una organización sin fines de lucro para promover la cultura de su pueblo.

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VIETNAM, 1975

La guerra de Vietnam desató un éxodo del país del sureste asiático, ante el cual Estados Unidos otorgó permisos condicionales humanitarios para unas 340.000 personas.

Kim-Trang Dang era una estudiante de derecho de 25 años que trabajaba como maestra cuando salió de Saigón con quien entonces era su esposo, dos hermanos y otros cinco familiares. Su padre y dos hermanas habían salido del país unos días antes. Era abril de 1975, poco antes de que la capital de Vietnam del Sur cayera en manos de las fuerzas comunistas de Vietnam del Norte.

Condujeron durante media hora a mitad de la noche hacia un puerto ribereño en donde los esperaba una embarcación. Había bombas y disparos en las calles, pero les dijeron que un buque militar estadounidense los recogería en altamar.

Fueron a la bahía de Súbic, en Filipinas, y posteriormente a Guam, antes de ser transferidos a un campamento en Fort Chaffee, una instalación militar en el oeste de Arkansas en la que permanecieron cerca de un mes a la espera de un patrocinador que pudiera sacarlos de allí para vivir en Estados Unidos.

El patrocinador les ofreció su vivienda en Tampa, Florida. Kim-Trang obtuvo empleo en una planta camaronera, en donde pasaba ocho horas diarias pelando camarones, y por las noches tomaba clases de inglés. Se mudó a San Diego en la década de 1980 y consiguió un empleo como trabajadora social en una organización católica, de la cual se jubiló luego de 23 años.

Kim-Trang, de 73 años, tiene tres hijos nacidos en Estados Unidos y cinco nietos.

“Me alegra que aquí tengo una libertad, y no vivo bajo el comunismo”, subrayó. “Cuando los conocí por primera vez, los estadounidenses fueron realmente amables. Nos abrieron los brazos. Si no nos abren los brazos, no sabríamos a dónde ir”.

Creó su propio negocio de atención de adultos mayores. Ahora es voluntaria como presidenta de una organización de servicio a vietnamitas. Se naturalizó estadounidense en 1980.

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CUBA, 1980

Mabel Junco —quien llegó a Key West, Florida, a bordo de un barco pesquero que alquiló su tío— fue una de los casi 125.000 cubanos que recibieron un permiso condicional humanitario en Estados Unidos en 1980. Fueron procesados en campamentos para refugiados en el sur de Florida.

La familia de Junco estaba en contra del gobierno cubano. En abril de 1980 el gobernante Fidel Castro anunció sorpresivamente que cualquier cubano que quisiera podía abandonar la isla desde el puerto de Mariel.

Mabel, quien en ese entonces tenía 11 años, dependía de un tío que había vivido en Miami casi 10 años. Él alquiló un barco pesquero para ella, sus padres y una hermana mayor, que tenía 16 años. Salieron de su vivienda en La Habana hacia el puerto de Mariel y se dieron cuenta que la embarcación estaba en mal estado, y llena de personas.

Mabel, su madre y su hermana abordaron otra embarcación que llevaba a mujeres y niños. Su padre y su tío se quedaron en el barco dañado, el cual fue remolcado por otro hasta que un buque de la Guardia Costera de Estados Unidos los rescató. Después de pasar una noche en altamar, se volvieron a reunir en Key West como parte de lo que más tarde se le llamó Éxodo del Mariel.

Luego de pasar unos tres meses en casa del tío, la familia se mudó a un apartamento alquilado de una recámara. Los padres consiguieron permisos de trabajo y salían en la mañana temprano de la casa, a la cual volvían por las noches. Las dos niñas caminaban solas a la escuela, cocinaban y hacían limpieza del hogar.

La madre, quien era costurera en Cuba, trabajaba en una fábrica de ropa en Miami. Al igual que en la isla caribeña, su padre era camionero hasta que algunos años después abrió una compañía de transporte para ancianos. Cuatro años más tarde la familia tenía su propia casa, con una habitación para cada persona.

“En Cuba las cosas estaban muy difíciles, muy malas”, dijo Junco, que ahora tiene 55 años y es maestra en Jacksonville, Florida. “Aquí la vida nos ha dado muchas oportunidades, hemos luchado para adelante… mis padres siempre nos enseñaron que se viene a trabajar, y nada gratis del gobierno”.

Junco se casó con un cubano que salió de la isla a la edad de 3 años. Tienen dos hijos, de 30 y 26 años.

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VENEZUELA, 2023

Berioskha Guevara no tiene palabras para describir la felicidad que siente de vivir en Estados Unidos. Luego de décadas de temor como opositora al gobierno de Venezuela, y de problemas para comprar suministros básicos como leche y pan, la química de 53 años siente que está soñando.

Guevara y su padre, de 86 años, llegaron a Estados Unidos gracias al patrocinio de su hermano, un farmacéutico que salió de Venezuela después de que Hugo Chávez ascendió al poder en 1999.

“Ahora es como estar en el paraíso”, dijo Guevara, quien arribó en julio de 2023. “No he parado de sonreír, de hacer planes, de decir gracias a Dios porque sin el ‘parole’ nunca hubiera podido vivir mis sueños como ahora”, añadió refiriéndose en inglés al permiso humanitario.

Más de 7,7 millones de venezolanos han huido del país desde que se sumió en una profunda crisis económica a lo largo de la última década. Se dirigen cada vez con más frecuencia hacia Estados Unidos, lo que obligó al gobierno de Biden a ofrecer 30.000 permisos condicionales humanitarios mensuales a personas procedentes de Cuba, Haití, Nicaragua y Venezuela.

Texas y otros 20 estados interpusieron una demanda, argumentando que el gobierno federal “prácticamente creó un nuevo programa de visado, sin las formalidades de una ley por parte del Congreso” pero no impugna los permisos condicionales humanitarios a gran escala para afganos y ucranianos. Un juez aún no ha emitido un fallo luego del juicio realizado en agosto.

Guevara se graduó en Venezuela en 2003 con un título en química y durante la última década trabajó en una compañía petrolera extranjera, en donde ganaba unos 200 dólares mensuales. Era un salario relativamente bueno en el país sudamericano, pero la inflación era demasiado alta y la comida escaseaba. Le preocupaba que la fueran a detener por ser opositora del gobierno.

En Estados Unidos consiguió empleo en un supermercado cuatro meses después de solicitar un permiso de trabajo. Ahora busca un empleo en el que pueda aprovechar su experiencia en química mientras vive con su padre en el apartamento de una recámara de su hermano en Orlando, Florida.

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El periodista de The Associated Press Elliot Spagat contribuyó a este despacho desde San Diego.

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Esta historia se publicó por primera vez el 3 de marzo de 2024. Se actualizó el 7 de marzo de 2024 para corregir que Mabel Junco, de Cuba, tiene dos hijos y ninguna hija.