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Un pensamiento que reconcilie las realidades

“Y como pasa el tiempo, que de pronto son años…”, así se vencen las horas frente a las plataformas de redes sociales, frente a las pantallas pequeñas, hasta caben en el cuenco de la mano, un agotamiento empieza a producirse, un aturdimiento de datos, imágenes…, que como manantiales debilitan los cerebros para aceptar sin inmutarse la manipulación. Me explico, vivimos “el instante”, en medio de él, el diálogo se ha tornado muy delicado, cualquier juicio que se haga sobre persona, cosa, circunstancia, recibe una senda reprimenda de una suerte de ministerios públicos del lenguaje que actúan contra los juicios expresados por agravios a personas, cosas, animales, circunstancias. En política la cosa se pone peor, las inteligencias artificiales, arremeten o demandan perdón en lugar de tolerancia. La posmodernidad contagió el virus de la hipersensibilidad.

La modernidad prometió, como si fuera campaña política, “la luna y las estrellas”, “el progreso” una medicina que prometió salvar a la humanidad, se apostó por la comodidad, el confort, quedó en promesa incumplida. Un proyecto es sustituido por otro ante las inobservancias, poco a poco el cínico “no pasa nada” y si pasa “no pasa nada” se fue empoderando de lo efímero de procesos culturales, sociales, se escribió el epitafio de la modernidad. La palabra perdió coherencia y el pensamiento busca hoy afanoso salir de este bache.

Perdimos la cartografía de la moral y de la ética, costumbres y carácter abandonaron la vida compartida, renunciaron a la adaptación de nuevas realidades, siguieron el camino de la escolástica, siguieron poniendo todo en favor personas uniformes, las excepcionales siguen secuestradas, a veces consideradas “locas”. La franquicia colectiva se transforma en una protección del YO dominado por informaciones y datos puestos de rodillas ante las emociones, éstas secuestradas por ideologías. Un pensamiento relativista muy molesto con la inflexibilidad de la racionalidad científica. Las visiones fragmentadas se imponen a los grandes relatos, de manera que verdad y realidad quedan como puntos de vista, interpretaciones fraccionadas, sin duda válidas.

En fin, no se trata de un cuadrilátero en que se luche “a dos de tres caídas sin limite de tiempo”, modernidad contra posmodernidad. El tema es revisar si el “ahora” vivible es una buena opción. Si las redes sociales sirven para evadir el alcoholímetro, por supuesto que sirven para transformar los sistemas de enseñanza y educación, pero han creado una cultura, es tiempo de apuntar ese edificio, en ese espacio caben relatos y mega relatos, hay espacio para ambos. El equilibrio lo tendrá que dar una nueva pedagogía que sustituya los viejos esquemas de la escolástica por las pantallas que documentan a la velocidad de la luz, un “logos” capaz de explicar y enseñar cómo atender las nuevas tecnologías de la comunicación, sus nichos y sus riesgos.

Realidad concreta vs realidad imaginada, se enfrentan nuevamente objetividad y subjetividad, percepciones y experiencias, en un conversatorio que logre consensos y legitimidades. Las ideologías políticas nos tienen muy distraídos en temas que no son reales protagonistas del presente, guerra, corrupción, sustentabilidad, reconciliaciones con la naturaleza. Los movimientos sociales del siglo XXI se alejan de la economía política, las desigualdades se manifiestan para reivindicar lo simbólico y, desde luego, “si no me veo no existo”, el reconocimiento, en una atmosfera de escándalo en la brújula de la identidad. Las expresiones se hicieron estéticas, derrochadoras y, en las calles se muestran destructivas bajo el lema no más la “invisibilidad”, en complicidad de redes sociales, nuevo formato de mostrarse, enmarañar con el mundo de los superhéroes, las marcas, las banderas de la diversidad.

El presente siglo tiene lugar para todo, el pensamiento demanda reconciliaciones coherentes, lucidas, ir de la mano para crear un mundo apto para atener las nuevas realidades mediante una árbitra actualizada ágil, virtuosa: la pedagogía del siglo XXI. Es necesaria para entrever, exigir, adecuar, consensar, transformar, la diversidad en los medios y en la vida pública, entendiendo que el universo simbólico también moldea la cultura y, por ende, la realidad.

Sin embargo, las violencias y discriminaciones no se evaporarán sólo por tener series de televisión más diversas o, por reportar a un misógino desde las redes sociales. Partamos de una lógica sin estrés, toda injusticia contra identidades tiene como marco de referencia los formatos económico-políticos sostenidos por desigualdades, así se reproducen como algas. Atender estas deformaciones, estos cánceres producidos por la cultura judeocristiana, demanda con urgencia, por un lado, poner la vista en el regreso a lo colectivo y, por otro, crear una pedagogía que impulse una nueva enseñanza a ese colectivo de excepcionales. Las voces insistentes de adorar, como al cordero de oro, el mundo de los normales escuchan su ultimo estertor, debemos superar la lucha del yo por su propia singularidad, la democracia llama a recuperar el tejido social de todas y todos como EXEPCIONALES.