'Parece una película de terror': un pequeño hospital en la frontera México-EEUU

Edgar Sandoval
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Personal médico del Hospital Memorial del condado de Starr en Río Grande, Texas, lleva a un paciente a un helicóptero para que sea transportado a un hospital más grande en San Antonio, el 1 de agosto de 2020. (Christopher Lee/The New York Times)
Personal médico del Hospital Memorial del condado de Starr en Río Grande, Texas, lleva a un paciente a un helicóptero para que sea transportado a un hospital más grande en San Antonio, el 1 de agosto de 2020. (Christopher Lee/The New York Times)

RÍO GRANDE CITY, Texas — Durante semanas, una tensa escena de rescate se ha desarrollado afuera de un pequeño hospital rural ubicado en la frontera con México, la primera línea de defensa contra uno de los brotes más voraces del coronavirus en el país.

Casi todos los días, un equipo del Hospital Memorial del condado de Starr prepara a un paciente a quien no le pueden ayudar sus doctores, sube la camilla a un helicóptero y se resguarda, mientras la aeronave ruge y se eleva hacia el cielo campestre.

“Es una verdadera desgracia que, de todos los pacientes que hemos transferido, ninguno ha regresado con vida”, mencionó José Vázquez, la autoridad sanitaria del condado de Starr, una sección remota del Valle del Río Grande en Texas que, antes del brote de coronavirus, no tenía ni una sola cama de cuidados intensivos.

Hace no mucho tiempo, el ritmo era mucho menos frenético en el Hospital Memorial del condado de Starr, cuyas 45 camas alguna vez bastaron para las más o menos 65.000 personas que están desperdigadas a lo largo de la frontera cerca de Tamaulipas, México. El condado está salpicado de diminutos poblados, tramos largos de caminos abiertos, fincas ganaderas y ciudades pequeñas.

Antes del brote, en un día promedio del hospital, un puñado de médicos y enfermeras trataba a pacientes con “infecciones, neumonía, padecimientos cardiacos y, en esencia, eso era todo”, comentó Joseph Panlilio, uno de los supervisores de enfermería del nosocomio.

Sin embargo, la nueva ola de infecciones de coronavirus ha sido tan veloz como despiadada, con más de 2110 casos en el condado y casi 70 muertes que se sospecha están relacionadas con el COVID-19, según señalaron funcionarios locales.

Los condados cercanos también están combatiendo el aumento de infecciones, pero el condado de Starr carece del personal y las instalaciones médicas que tienen sus vecinos más poblados. En un buen día, unos doce doctores de tiempo completo atienden a todo el condado.

“Me quedaría corto si dijera que estamos saturados”, opinó Cruz Alberto Bernal, quien hasta hace poco tiempo era el único médico de guardia durante sus turnos en el hospital.

Frente a una cantidad abrumadora de casos, en julio, el hospital anunció que convocaría un comité de ética para que ayudara al momento de tomar decisiones difíciles sobre qué pacientes tratar ahí mismo, cuáles necesitaban una evacuación médica en hospitales mejor equipados y quiénes debían enviarse a casa a morir.

“Todos temíamos que llegara el momento de racionar la atención médica, pero parece que ahora estamos llegando a ese punto”, mencionó Vázquez el mes pasado.

En una entrevista posterior, Vázquez dijo que en esencia la decisión final era del pariente más cercano, en una región donde las familias son muy unidas y podrían preferir que un paciente terminal vaya a casa, en vez de dejar morir solo a un ser querido en una habitación de hospital.

“No estamos decidiendo quién vive o muere”, comentó. “No estamos creando comités de la muerte”.

Los funcionarios del hospital señalaron que la comunidad debía comprender que un centro médico tan pequeño no podía atender a todo el mundo por sí solo.

“No estamos equipados para enfrentar una situación así”, opinó Eloy Vera, el juez del condado de Starr.

El condado de Starr, uno de los más pobres de la nación, no es el único. Un estudio publicado esta semana, en la revista Health Affairs, advierte sobre la impactante disparidad en la disponibilidad de instalaciones cruciales de atención médica en medio de la pandemia. La investigación reveló que casi la mitad de las comunidades de la nación con un ingreso promedio de 35.000 dólares o menos no tenía ninguna cama de cuidados intensivos, en comparación con el tres por ciento de las comunidades con los ingresos más altos.

“Por desgracia, habrá muchas muertes y mucho sufrimiento innecesario a causa del COVID-19 por la falta de capacidad en las unidades de cuidados intensivos de estas zonas de bajos recursos”, comentó Genevieve Kanter, profesora adjunta en la Escuela Perelman de Medicina de la Universidad de Pensilvania, quien es coautora del estudio.

Cuando aumentaron los casos en el condado de Starr y el hospital tuvo dificultades, comenzó a trasladar a un puñado de sus casos más graves, en helicóptero y ambulancias, hacia hospitales más grandes ubicados en ciudades como Lubbock, Dallas, Houston, San Antonio e incluso del otro lado de la frontera estatal en Oklahoma.

La situación no da señales de estarse calmando. Una tarde reciente, médicos y personal de enfermería entraban y salían corriendo de una unidad improvisada para COVID-19, casi del tamaño de un semirremolque y medio.

La sala de espera del Hospital Memorial del condado de Starr, un hospital rural que atiende a pacientes con COVID-19, en Río Grande, Texas, el 31 de julio de 2020. (Christopher Lee/The New York Times)
La sala de espera del Hospital Memorial del condado de Starr, un hospital rural que atiende a pacientes con COVID-19, en Río Grande, Texas, el 31 de julio de 2020. (Christopher Lee/The New York Times)

Se instaló detrás de un muro provisional de madera contrachapada, plástico pesado y cinta aislante, para separar a los pacientes con coronavirus de los demás.

Los médicos y el personal de enfermería, muchos de los cuales usan varias capas de equipo protector, se abanicaban con desesperación durante sus rondas. El implacable calor de Texas que se filtra por los muros ha vencido cualquier ápice de aire frío que chisporroteaba del sistema de aire acondicionado sobresaturado del hospital.

“El aire acondicionado está funcionando”, comentó Bernal. “Está saturado, como nosotros”.

La mayoría de los pacientes en la unidad de COVID-19 son personas de la tercera edad y padecían afecciones preexistentes como obesidad, hipertensión y padecimientos cardiacos.

Roger García, de 38 años, señaló que su madre, Martha Ramos de García, de 65 años, había contraído el virus a finales de julio, mientras se sometía a quimioterapia para combatir un cáncer de seno.

En algún momento, la familia postergó su ingreso al Hospital Memorial del condado de Starr. Al respecto, García comentó: “Sabíamos que era un hospital pequeño. No tienen lo suficiente”.

Sin embargo, un día que hacía un calor abrasador, Martha no pudo respirar por sí sola, y uno de los paramédicos que respondió a la llamada de emergencia solo necesitó echarle un rápido vistazo. “Se ve malita”, le comentó a Roger García y sus palabras minimizaron una situación que todos reconocieron como grave. La madre de García murió unos pocos días después en la unidad improvisada para pacientes con COVID-19.

“Lo intentaron pero no pudieron salvarla”, declaró García. “Parece una película de terror. La gente se está muriendo en todas partes”.

Los residentes todavía no acaban de entender cómo fue que la situación se volvió tan grave de repente.

El aumento súbito llegó con lentitud. Después de que los condados vecinos comenzaron a reportar un repunte de infecciones en la primavera, pasaron 21 días para que se detectara un solo caso en el condado de Starr, mencionó Vázquez.

Sin embargo, cuando el estado reabrió su economía en mayo, el virus empezó a propagarse con rapidez por los condados cercanos de Hidalgo y Cameron, plagados de pobreza y enfermedades crónicas. Los enormes brotes intrafamiliares ocurrieron en cuanto se autorizó que la gente pudiera salir de sus casas, comentaron los funcionarios sanitarios.

La ayuda del estado y de la Armada ha mantenido a raya algunas de las bajas que pudieron ocurrir de no haberla recibido, señalaron los funcionarios del hospital. El pequeño personal del hospital recibió con una enorme sensación de alivio a los médicos especialistas y los suministros y equipo médico que tanto necesitaban, incluidos respiradores, oxígeno suplementario y bombas de infusión.

“Nos sirve cualquier tipo de ayuda que llegue”, comentó Vera, el juez del condado.

Bernal, quien se graduó de la escuela de medicina hace tres años, señaló que, cuando aceptó el trabajo en el hospital rural, nunca pensó que iba a enfrentar el ritmo de una clínica de la gran ciudad.

“Antes de la pandemia, firmaba tres o cuatro certificados de defunción al año”, comentó. “En estos días, he firmado al menos seis por semana. Y esa solo ha sido mi cuota”.

Una enfermera con una careta protectora le informó al doctor una noticia que había temido, pero llevaba esperando: una mujer de 72 años, que ya era un caso grave de obesidad, había sucumbido ante el virus hacía unos minutos.

No muy lejos de ahí, sus colegas intentaban salvar las vidas de otros pacientes que se estaban debilitando con rapidez.

Panlilio, el jefe de enfermería, vigilaba de cerca a otras tres enfermeras mientras vendaban las rodillas de una mujer de entre 60 y 70 años que estaba conectada a un respirador. Su tratamiento en el hospital había llegado a su fin, comentó.

“Necesita un nivel de atención más alto del que podemos darle”, mencionó. “Tenemos que abrirle la garganta y limpiar sus vías respiratorias. Simplemente no contamos con las herramientas necesarias para hacerlo aquí”.

Panlilio ordenó un traslado por vía aérea hacia un hospital más grande de otra ciudad… hacia cualquier lugar que la aceptara, dijo.

Sin perder tiempo, otra enfermera tomó un teléfono y llamó a un número.

“Intentamos que se realice lo más rápido posible”, señaló Panlilio.

Sin embargo, no hubo una respuesta.

Panlilio se quedó esperando mientras su colega probaba con otro número telefónico, y otro, y otro.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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