Cómo el paso del tiempo suavizó la furia por la muerte de Diana

·7  min de lectura
El príncipe Guillermo, en el centro a la izquierda, y su esposa, Catalina, se unen de manera inesperada al príncipe Enrique y su esposa, Meghan, en una caminata de 40 minutos para ver los homenajes y reunirse con la multitud fuera del castillo de Windsor en Windsor, Inglaterra, el domingo 11 de septiembre de 2022. (Mary Turner/The New York Times).
El príncipe Guillermo, en el centro a la izquierda, y su esposa, Catalina, se unen de manera inesperada al príncipe Enrique y su esposa, Meghan, en una caminata de 40 minutos para ver los homenajes y reunirse con la multitud fuera del castillo de Windsor en Windsor, Inglaterra, el domingo 11 de septiembre de 2022. (Mary Turner/The New York Times).

LONDRES — El ruido se extendió entre la multitud reunida cerca del Palacio de Buckingham para conmemorar la muerte de la reina Isabel: rumor de teléfonos, una repentina ovación, un estallido de aplausos. “¡Acabo de verla!”, exclamó emocionada una mujer cuando pasó a toda velocidad un auto oscuro, en el que tal vez había algún pasajero de la realeza, o afín a ella.

“¡Camila!”.

Cuán diferente de hace un cuarto de siglo. Camila, denostada entonces como la mujer que arruinó un matrimonio real y destruyó un cuento de hadas moderno, es ahora la reina consorte del Reino Unido, y su imagen se ha visto favorecida por el ablandamiento de los juicios de un país y el simple paso del tiempo.

“Creo que ella apoyará a Carlos, así como Felipe apoyó a la reina”, dijo Diane Pett, de 52 años, quien expresaba sus buenos deseos y hacía referencia al marido fallecido de Isabel y la esposa del nuevo rey Carlos. “¿Quiénes somos nosotros para juzgar?”.

Mientras miles de personas se dan cita en los palacios de Inglaterra y Escocia para marcar la (hasta ahora) perfecta transición de un monarca a otro, es difícil no transportarse a 1997, otro punto de inflexión nacional. Cuando Diana, la princesa de Gales de 36 años y exesposa de Carlos, murió en un accidente automovilístico, Londres estalló en un aullido colectivo de angustia e indignación.

Se sintió como algo salvaje, desconcertante, una ruptura del orden natural de las cosas. Había un peligroso crepitar en el aire, una furia contra la familia real por lo que se consideraba un trato insensible hacia Diana en vida y un grave error de cálculo de la profundidad del dolor por su muerte.

El príncipe Carlos, acusado (junto con Camila, entonces su novia) de haber sido el artífice de la infelicidad de Diana, se preocupó de que pudiera ser abucheado o incluso atacado por la multitud cuando él y otros miembros masculinos de la familia real siguieron durante unos instantes el féretro de Diana a pie en Londres. Las emociones estaban tan a flor de piel que se habló de que la propia monarquía podría estar al borde del colapso.

Camila, la reina consorte, se dirige a Clarence House, junto a una multitud de simpatizantes, el sábado 10 de septiembre de 2022, en el centro de Londres.  (Andrew Testa/The New York Times).
Camila, la reina consorte, se dirige a Clarence House, junto a una multitud de simpatizantes, el sábado 10 de septiembre de 2022, en el centro de Londres. (Andrew Testa/The New York Times).

Pero ya no. A medida que el Reino Unido se prepara para esperar el funeral de la Reina el lunes, pareciera que aquellos días hubieran quedado en el olvido.

Por ahora, se respira un ambiente de tranquilo acuerdo, si no sobre el futuro a largo plazo de la monarquía, sí sobre la importancia del momento. Hay respeto por el largo reinado de la reina e incluso una especie de aprecio por los rituales barrocos (la lectura de las proclamas, la firma de documentos, los juramentos, el sonido de las trompetas, los trajes de los cortesanos con sus sombreros de pelo y plumas) que se han desempolvado para la ocasión.

¿Será que la institución milenaria sí tiene sentido después de todo?

“La monarquía es un símbolo apolítico de unidad nacional y de la larga historia y la profunda estabilidad del Reino Unido”, afirmó Gideon Rachman, columnista jefe de asuntos exteriores de The Financial Times.

Rachman, cuyos padres emigraron de Sudáfrica a Inglaterra, observó que cada coronación real desde 1066 ha tenido lugar en la Abadía de Westminster. “Me parece que este tipo de cosas es una fuente de orgullo y consuelo para la gente; tal vez en especial para aquellos de nosotros cuyos padres vinieron aquí de países mucho más turbulentos”, dijo en una entrevista.

Pero tras la repentina y violenta muerte de Diana en París en 1997, el Reino Unido se vio sacudido por las turbulencias, la incertidumbre y un incipiente republicanismo. Entonces, como ahora, las multitudes acudían a los palacios reales y dejaban flores por doquier. Entonces, como ahora, la muerte de un miembro de la realeza era objeto de una amplia cobertura e interminables charlas televisivas sobre los preparativos de un funeral real. El dolor era diferente, ya que se trataba de la muerte repentina de una mujer joven y no del triste pero esperado fallecimiento de una monarca anciana.

“Era como si se viviera una época revolucionaria”, comentó el novelista y comentarista político Robert Harris. “Nunca he conocido una atmósfera como aquella en Londres. Estaba al borde de la histeria, como si pudiera producirse un golpe de Estado. Nadie sabía lo que podía pasar”, recordó.

Harris escribió sobre el funeral de Diana en la Abadía de Westminster, para la edición de domingo de The Mail. Estaba sentado no muy lejos del hermano de Diana, el conde Spencer, cuyo conmovedor discurso fúnebre incluyó un mordaz ataque a la decisión de despojar a Diana de su apelativo de “alteza real” e hizo una incisiva distinción entre la familia con la que se casó y su “familia de sangre” (el hecho de que él procediera de una antigua familia noble, mucho más antigua que la de la reina, y de que la reina fuera su madrina, aumentó la contundencia del insulto y dio a sus comentarios un aire de motín incipiente).

“Se produjo una pausa cuando terminó de hablar”, recordó Harris. “Entonces se oyó un curioso sonido, como el de la lluvia golpeando el tejado, y quedó claro que era el sonido lejano de los aplausos de toda la gente reunida fuera”, que observaba en una pantalla gigante cerca de la abadía. Al final, los aplausos se extendieron por toda la iglesia, aunque la reina y los miembros más importantes de la realeza se abstuvieron de participar.

“Parecía que, de haber estado en los tiempos de Shakespeare, las fuerzas de los Spencer habrían marchado en Londres, y habría habido una regencia de los Spencer con los dos príncipes”, dijo Harris, hablando de los hijos de Diana y Carlos, los príncipes Enrique y Guillermo.

Se podría decir que fue la última vez en su largo reinado que la reina abandonó la tradición y cedió a la voluntad popular. Ante la insistencia de Tony Blair, entonces primer ministro, alarmado por lo que consideraba una crisis de legitimidad real, Isabel regresó a Londres desde Escocia y pronunció un discurso televisado la noche anterior al funeral en el que reconoció el desconcierto y el dolor del pueblo. Eso ayudó a calmar parte de la urgencia de las emociones.

Los acontecimientos posteriores —el matrimonio de Carlos y Camila y la aceptación gradual de esta última por parte de la reina; el paso a la edad adulta de Guillermo y Enrique; la impasibilidad general de Isabel; el estallido de buena voluntad tras su muerte— parecen haber hecho el resto.

El otro día, de pie en Green Park, cerca del Palacio de Buckingham, con ramos de flores esparcidos por todas partes, Janet Ratcliffe, de 75 años, dijo que después de la desagradable época de Diana, había llegado a creer que la monarquía podría prosperar con Carlos e incluso con Camila al frente.

“La gente estaba muy triste y fue muy traumático”, afirmó sobre la muerte de Diana. Mencionó a Camila, que a estas alturas ya había pasado (o no) en el presunto auto real. Dijo que Carlos, por lo que pudo ver, estaba listo para su nuevo papel.

“Pensé que Camila era la mala”, dijo, “pero me he dado cuenta de que es más complicado que eso. Se preocupan el uno por el otro, y pueden hacerle bien al país”.

© 2022 The New York Times Company