A mi padre, alcohólico, distanciado y a quien no volveré a ver nunca: Siempre tuviste un hogar en mí

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Mucho antes de que mi padre muriera hace apenas un año, ya lo había perdido, por el tiempo, la distancia y el alcohol. Vivía en las calles de la misma ciudad en la que yo vivía, pero no podía verlo y me sobran cuatro dedos de una mano para contar el número de veces que lo abracé. Pero a pesar de que se había ido, lo amaba. Y aún ahora, lo amo.

Durante años intenté escribir sobre mi padre distanciado. Una vez tan fuerte y amoroso. Siempre trabajador y valiente. Pero no pude porque aún no había un final feliz, uno en el que se recuperara del alcoholismo y volviera a casa.

Pero nunca regresó.

Después de más de una década de luchar contra su enfermedad dentro y fuera de los centros de rehabilitación, principalmente con la ayuda de extraños, murió un martes por la mañana en junio de 2021, en una vieja camioneta blanca que soñaba con arreglar y volver a conducir.

Espero que sepa que fue amado. Se lo recordaba cada vez que contestaba el teléfono. Aunque trató de recuperarse, no pudo. La vergüenza en sus ojos cada vez que dejaba comida o ropa limpia me ayudó a comprender, con el tiempo, que no me estaba evitando porque no me amaba, me amaba tanto que prefería mantenerse distante para evitar lastimarme, a mí y a mis hermanos.

Sus luchas contra la adicción y la salud mental fueron más fuertes que su fuerza de voluntad para recuperarse, regresar a casa o formar su propio hogar. Eso es algo que tendemos a malinterpretar acerca de quienes se enfrentan al alcoholismo u otros problemas de abuso de sustancias y que permiten que se apodere de sus vidas. Su historia y su trauma son muy particulares; a menudo doloroso, incluso angustioso, diría yo.

Algunos se apresuran a juzgar a los que acaban en la calle, mendigando y completamente perdidos. Mi padre, aunque sin hogar, fue profundamente amado. Siempre tuvo un hogar en mí.

Su enfermedad y su ausencia en mi vida me enseñaron a extender la gracia a quienes, como él, están perdidos. Tras su muerte, prometí crear un hogar para otros padres que encuentre en las calles escuchándolos, aceptándolos tal como son y conectándolos con recursos si eligen caminar por ese sendero. Espero que otros hijos de alcohólicos aprendan a aceptar su realidad y la de sus padres, los perdonen y se perdonen a sí mismos.

En lugar de vergüenza, necesitamos mucho amor y apoyo mientras navegamos por la vida con un padre que está físicamente vivo pero que no es parte de nuestras vidas. Nunca hablé con nadie sobre mi padre. Era un dolor profundo que traté de ignorar, quizá porque tenía demasiado miedo a enfrentarlo. O porque no quería explicar todas las complejidades a los demás por temor a que la gente no lo entendiera. Con el paso del tiempo aprendí que no hay necesidad de que nadie entienda tu historia.

El proceso de aceptación y la fuerza para aceptar la situación me demostraron quién está dispuesto a tomar mi mano mientras me aferro a la memoria de mi padre. Porque las adicciones, como el amor, no conocen fronteras, raza o género.

Alguna vez hubo risas y abrazos en nuestra casa. Había esperanza. Mientras crecía, rezaba y le rogaba que buscara ayuda. “¿No nos amas lo suficiente como para parar?”, le preguntaba. Pensaba que no. Cuando mi mamá decidió dejarlo en 2009, llevaba meses bebiendo sin parar. Dejó de trabajar y perdimos nuestra casa. Siempre estaba ebrio en mis cumpleaños y no fue a ninguna de mis ceremonias de graduación.

Muchas veces traté de sostener su mano. Quería hacerle saber que lo amaba y que iba a estar a su lado sin importar nada. Pero necesitaba que lo intentara. Pero no lo hizo. Aunque estuvo en programas de rehabilitación varias veces a lo largo de su vida, siempre recayó. Su adicción procedía de un trauma infantil. Su madre murió poco después de que él naciera y su padre murió unos años después, y creció solo.

Al crecer, estaba enojado consigo mismo por no esforzarse lo suficiente para buscar ayuda. Entonces lo vi intentarlo por primera vez. Fue difícil encontrar recursos en el área de Chicago a bajo costo o centros de rehabilitación donde los facilitadores hablaran español. Cuando lo inscribí en un programa de rehabilitación en 2016, se mantuvo firme y asistió a Alcohólicos Anónimos durante meses. Rezó por fortaleza y parecía positivo sobre el futuro. Mis hermanos y yo lo recuperamos con la ayuda de hermosos extraños.

María, una señora mayor que conoció deambulando por las calles y que en ocasiones le daba de comer, lo trataba como si fuera su hijo. Cuando salió del programa de rehabilitación, ella le dio un lugar para quedarse y un trabajo permanente en su churrería. Le compré ropa y comida y me aseguré de visitarlo y llamarlo.

A los pocos meses, volvió a beber. Fue entonces cuando salió de la casa de María y dejó de llamar. Perdí la pista de su paradero durante casi tres años. Estaba devastada. Cada cumpleaños, Navidad y otras festividades, detrás de mi sonrisa, el recuerdo de mi padre distanciado aparecía en mi mente.

Me pregunté: ¿Cómo puedo escribir tantas historias y ayudar a tanta gente, pero no puedo ayudar a mi propio padre?

Durante los últimos años de su vida, hablamos principalmente por teléfono. Vivió en refugios, iglesias y sótanos de amigos. La mayoría de las veces sólo sabía que estaba vivo si su servicio telefónico estaba activo, llamaba o respondía.

A veces me llamaba y decía “mañana te hablo”, una promesa que sabía que rompería. Nunca llamó.

Temía que algún día lo encontraría muerto, luego me di cuenta de que en la última década de mi vida lo había visto morir poco a poco. Desaparecer. Rendirse.

Pero también reconocí lo fuerte que me ha hecho y lo mucho que me enseñó a amar incondicionalmente. Tener un corazón abierto y trabajar duro a través del dolor. Me enseñó que el amor nunca termina, sólo se transforma. Se transforma en fuerza, empatía, en amor por la vida y hacia los demás.

Gracias a mi padre alcohólico, soy la mujer que soy ahora. A veces frágil, pero siempre fuerte y con muchas ganas de aprender de la vida. Para aquellos con un padre alcohólico, un ser querido distanciado o un amigo sin hogar: no se avergüencen, recurran a los demás para obtener ayuda.

Uno de cada cinco adultos ha vivido con un familiar alcohólico mientras crecía. Los hijos de alcohólicos tienden a enfrentar mayores riesgos de tener problemas emocionales que los niños cuyos padres no son alcohólicos, según la Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente.

Aquí hay algunos recursos que desearía haber tenido mientras crecía.

Las reuniones locales de Alcohólicos Anónimos, Al-Anon y Adultos e Hijos de Alcohólicos ofrecen programas de recuperación para las familias y amigos de los alcohólicos. Estas reuniones a menudo se llevan a cabo en iglesias u otros espacios comunitarios y pueden conectar a las familias con otros recursos, incluidas referencias a centros de rehabilitación, ayuda monetaria y servicios de salud mental.

Latino Treatment Center es una institución sin fines de lucro que ofrece servicios bilingües para el tratamiento por abuso de sustancias, tratamiento para la familia y consejería individual y grupal.

Haymarket Center brinda tratamiento de abuso de sustancias para una variedad de personas que luchan contra una variedad de adicciones.

Gateway Foundation es una organización sin fines de lucro que brinda tratamiento asequible contra las drogas y el alcohol en el área de Chicago.

larodriguez@chicagotribune.com

  • Este texto fue traducido por Octavio López/TCA

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