El país de las últimas cosas: Alejandro Chomski y su singular sociedad con Paul Auster

Alejandro Lingenti
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Detrás de El país de las últimas cosas, película de Alejandro Chomski que será exhibida fuera de competencia en esta edición especial del Festival de Mar del Plata, hay una gran historia. Sobre todo por lo inusual: durante los últimos diecisiete años, el director argentino primero soñó con llevar al cine la novela homónima que Paul Auster publicó en 1987, después logró interesar seriamente al famoso escritor neoyorquino y finalmente, luego de mucho tiempo de intercambio de ideas y trabajo en conjunto, concretó ese proyecto tan particular. El resultado quedó materializado en una ficción distópica que conecta con la profunda crisis socioeconómica que vivió la Argentina en 2001 y también con este presente marcado por la incertidumbre provocada por la pandemia del coronavirus.

La protagonista de la película -que se podrá ver vía streaming los días 27, 28 y 29 de noviembre- es Anna (Jazmín Diz), una joven decidida a encontrar a un hermano desaparecido en una ciudad caótica y devastada. Completan el elenco el mexicano Christopher Von Uckermann, la portuguesa María De Medeiros y Juan Fernández. "En realidad, la película no habla de ningún momento en concreto. Es una historia de ciencia ficción que puede conectar con la literatura de George Orwell, Ray Bradbury o Philip K. Dick. Es decir, autores que enunciaron distintas profecías apocalípticas", explica Chomski, quien también ha llevado al cine la novela Dormir al sol de Adolfo Bioy Casares. "Sí es cierto que fue en 2001 cuando surgió el chispazo: era evidente que en la realidad argentina estaba pasando algo que remitía directamente a la ficción catastrófica de El país de las últimas cosas. De ahí en más empecé a trabajar en el guion de lo que terminó siendo film bastante abstracto, con un espíritu que también puede asociarse con el del neorrealismo italiano. El de la película es básicamente un mundo en el que las instituciones del capitalismo ya no funcionan".

Chomski conoció a Auster en 2002. Ya había estudiado cine en Nueva York y el American Film Institute, pero todavía no había dirigido ninguna película. Y también había pasado por la experiencia de la militancia política, en el Movimiento al Socialismo (MAS), el espacio de izquierda que lideraba en aquellos años Luis Zamora y la vía que encontró para canalizar la influencia ideológica de un abuelo polaco comunista, judío y exiliado. Un año más tarde, su primer largometraje, Hoy y mañana, fue estrenado en el Festival de Cannes.

"Auster vino a Buenos Aires y me contactó sin ninguna finalidad profesional. Para mí fue un honor, obviamente. Había leído algunos de sus libros y me habían impactado mucho, pero no imaginaba la posibilidad de hacer una película con una historia suya", recuerda el director, en diálogo con LA NACION. "Cenamos un par de veces y tuve el placer y el privilegio de charlar con él de cine y de libros. Un día me invitó a tomar un café al hotel donde estaba alojado y vimos por un ventanal a un grupo de cartoneros. Ahí apareció el recuerdo del título de su libro y la idea de llevarlo al cine. Auster ya lo había intentado sin éxito en Inglaterra".

"Cuando leí de nuevo El país de las últimas cosas en aquel contexto se me caían las lágrimas por las coincidencias entre lo que él contaba y lo que pasaba en Argentina", dice Chomski. "Hablamos varias veces por teléfono y él me dijo que empiece a escribir un guion. Lo escribí, se lo envié y me contestó con una carta traducida al español y todas las marcas y correcciones que sugería. Viajé un par de veces a Nueva York y trabajamos juntos en los ajustes. Laburamos a jornada completa, y él nunca llegaba a esos encuentros más allá de las 9 de la mañana. El único día que llegó cinco minutos tarde fue porque se había quedado tomando una botella de vino blanco y viendo una película de Chaplin hasta las 4 de la mañana. Y me pidió disculpas. Es un gran profesional y un caballero, sin dudas".

En algún momento, hasta se barajó para el protagónico el nombre de una gran estrella, la francesa Eva Green, pero no fue fácil conseguir financiamiento para la película y esa chance se diluyó. Hasta que apareció, de un lugar inesperado: República Dominicana.

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"Auster recibió cada corte de montaje que hicimos. Y fueron catorce en total. Tuvimos muchas conversaciones de una o dos horas para que él quede conforme. La discusión más ardua fue por una canción de Leo Dan que aparece en la historia de amor que tiene la película y con la que él no se identifica mucho. Pero su compromiso fue total y muy desinteresado. De hecho, me terminó regalando el libro: puso una opción simbólica de un dólar por diecisiete años para cederme los derechos. La película costó un millón de dólares, una cifra ridícula si la comparamos con otras que tienen un estilo similar. Pienso, por ejemplo, en Los hijos del hombre, de Alfonso Cuarón, que tuvo un presupuesto de 76 millones de dólares... La verdad es que estoy contento por la película que hicimos y agradecido por la generosidad de un escritor del prestigio de Auster, que tuvo conmigo una humildad y una predisposición que nunca hubiera imaginado", finaliza Chomski.

Además de ser exhibida en el Festival de Cine de Mar del Plata, El país de las últimas cosas, de Alejandro Chomski, podrá verse el domingo 29 a las 22 por CineAR TV y tendrá una función especial en el anfiteatro del Parque Centenario el 1 de diciembre a las 20.15.