Tu cerebro no está hecho para pensar (y asumirlo puede ayudarte más de lo que crees)

Lisa Feldman Barrett
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En tiempos de estrés, esta sorprendente lección de neurociencia podría ayudarte a reducir tu ansiedad. (Claire Merchlinsky para The New York Times)

Hace cinco millones de años, una diminuta criatura del mar cambió el curso de la historia: se convirtió en el primer depredador. De alguna manera, sintió la presencia de otra criatura cercana, se impulsó o se contoneó hasta ella y se la comió a propósito.

Esta nueva actividad de cazar dio inicio a una carrera armamentística evolutiva. Durante millones de años, los depredadores y las presas evolucionaron para tener cuerpos más complejos que pudieran sentir y moverse con mayor eficacia a fin de atrapar o eludir a otras criaturas.

Con el tiempo, algunas criaturas evolucionaron hasta tener un centro de comando que dirigiera esos cuerpos complejos. Lo llamamos cerebro.

Aunque es verdad que esta historia sobre la evolución de los cerebros es tan solo un bosquejo, pone énfasis en un concepto clave sobre los seres humanos que se omite con demasiada frecuencia. La función más importante de tu cerebro no es pensar; es dirigir los sistemas corporales que te mantienen con vida y en buen estado. De acuerdo con hallazgos recientes en la neurociencia, aunque tu cerebro produce pensamientos conscientes y sentimientos, estos sirven más a las necesidades de administración de tu cuerpo de lo que podrías darte cuenta.

Además, en tiempos de estrés como el que estamos viviendo, esta perspectiva curiosa sobre tu vida mental de hecho podría ayudarte a aminorar tus ansiedades.

Una gran parte de la actividad de tu cerebro ocurre sin que te des cuenta. En todo momento, tu cerebro debe descubrir las necesidades de tu cuerpo para el siguiente momento y ejecutar un plan para cubrir esas necesidades por adelantado. Por ejemplo, todas las mañanas cuando despiertas, tu cerebro prevé la energía que necesitarás para arrastrar tu lamentable cuerpo fuera de la cama y comenzar el día. De manera preventiva, inunda tu torrente sanguíneo con la hormona cortisol, la cual sirve para que la glucosa esté disponible a fin de obtener energía con rapidez.

Tu cerebro administra tu cuerpo usando algo parecido a un presupuesto. Un presupuesto financiero monitorea el dinero cuando se obtiene y se gasta. El presupuesto de tu cuerpo monitorea recursos como el agua, la sal y la glucosa cuando los ganas y los pierdes. Cada acción que gasta recursos, como pararte, correr y aprender, es como un retiro de tu cuenta. Las acciones que reabastecen tus recursos, como comer y dormir, son como depósitos.

El nombre científico del presupuesto corporal es alostasis: la predicción y la preparación automáticas para satisfacer las necesidades del cuerpo antes de que surjan. Consideremos qué ocurre cuando tienes sed y bebes un vaso de agua. El agua tarda 20 minutos en llegar a tu torrente sanguíneo, pero sientes menos sed en unos pocos segundos. ¿Qué alivia la sed con tanta rapidez? Tu cerebro. El órgano ha aprendido de experiencias pasadas que el agua es un depósito para el presupuesto de tu cuerpo que te hidratará, por eso tu cerebro sacia tu sed mucho antes de que el agua tenga un efecto directo en tu sangre.

Esta explicación presupuestaria de cómo funciona el cerebro quizá parezca creíble cuando se trata de tus funciones corporales. Tal vez suene menos natural pensar en tu vida mental como una serie de depósitos y retiros. Sin embargo, tu propia experiencia rara vez es una guía para conocer el funcionamiento interno de tu cerebro. Cada pensamiento que tienes, cada sentimiento de felicidad, enojo o asombro que experimentas, cada acto de bondad que brindas y cada insulto que soportas o arrojas son parte de los cálculos que hace tu cerebro mientras anticipa y asigna un presupuesto para tus necesidades metabólicas.

Esta perspectiva sobre el cerebro tiene muchas consecuencias en el entendimiento de los seres humanos. Por ejemplo, con mucha frecuencia, nos concebimos en términos mentales, separados de lo físico. Un fuerte dolor de estómago después de una comida indulgente podría mandarnos al gastroenterólogo, pero, si experimentamos ese mismo dolor durante un divorcio desagradable, tal vez mejor iremos con un psicoterapeuta. En el consultorio del gastroenterólogo, experimentamos nuestro malestar como un problema físico subyacente; en el consultorio del terapeuta, experimentamos el mismo malestar como ansiedad: una perturbación psicológica que se manifiesta físicamente.

Sin embargo, en términos del presupuesto corporal, esta distinción entre lo mental y lo físico no es significativa. La ansiedad no provoca dolores estomacales; más bien, los sentimientos de ansiedad y los dolores de estómago son mecanismos que usa el cerebro humano para darle sentido al malestar físico. No existe una causa mental única, porque cada una de las experiencias mentales tiene su origen en el presupuesto físico de tu cuerpo. Esta es una razón por la cual las acciones físicas como respirar profundo, o dormir más, pueden ayudar de una manera sorprendente a resolver problemas que comúnmente consideramos psicológicos.

Estamos viviendo una época difícil y todos corremos un alto riesgo de alterar nuestros presupuestos corporales. Si estás agotado de la pandemia y luchas contra la falta de motivación, considera tu situación desde la perspectiva del presupuesto corporal. Tu carga podría sentirse más ligera si comprendes el malestar como algo físico. Cuando aparezca un pensamiento desagradable en tu mente, como: “Ya no puedo soportar esta locura”, hazte preguntas relacionadas con el presupuesto corporal: “¿Dormí suficiente anoche? ¿Estoy deshidratado? ¿Debería salir a caminar? ¿Llamar a un amigo? Porque me vendría bien un depósito o dos para mi presupuesto corporal”.

No es un juego de semántica. Se trata de encontrar un nuevo significado a tus sensaciones físicas para guiar tus acciones.

No digo que puedas chasquear los dedos y disolver una tristeza profunda o sacudirte la depresión con un cambio de perspectiva. Sugiero que es posible reconocer qué está haciendo en realidad tu cerebro y encontrar algo de consuelo en ello. Tu cerebro no está hecho para pensar. Todo lo que conjura, desde pensamientos y emociones hasta sueños, le sirve a tu presupuesto corporal. Si adoptas esta perspectiva, con buen juicio, puede ser una fuente de resiliencia en tiempos difíciles.

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This article originally appeared in The New York Times.

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