Opinión: He trabajado, actuado y amado en otros países, porque no puedo hacerlo en el mío

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He trabajado, actuado y amado en otros países, porque no puedo hacerlo en el mío. (Jasjyot Singh Hans/The New York Times).
He trabajado, actuado y amado en otros países, porque no puedo hacerlo en el mío. (Jasjyot Singh Hans/The New York Times).

EN SINGAPUR, LAS PERSONAS ‘QUEER’ VEN LOS AVANCES A LA DISTANCIA.

El mes pasado estaba en una fiesta, esperando con emoción el anunciode que Singapur por fin despenalizaría el sexo consensuado entre hombres homosexuales.

El artículo 377A del Código Penal de Singapur, un resabio de los tiempos de la colonia británica, se ha cernido como una barrera para los derechos de las personas “queer”, ya que justifica la discriminación en áreas más extendidas como la vivienda, la atención médica y el empleo.

Aunque hace años el gobierno dejó de exigir su cumplimiento, la revocación de este artículo les dio a los singapurenses homosexuales como yo la esperanza de que por fin seríamos aceptados y las ovaciones se hicieron oír cuando el primer ministro Lee Hsien Loong dio la noticia. Pero momentos después reinó el silencio.

Lee, ansioso de tranquilizar a los conservadores, de inmediato agregó que el matrimonio se definía como la unión entre una mujer y un hombre, y que quedaría protegido de mayores impugnaciones jurídicas mediante una reforma constitucional. No se mencionaron cambios a otras políticas que nos marginan. El statu quo, justificado por la prevalencia conocida de los valores de la familia, se mantendría.

En lugar de un gesto conciliatorio, el gobierno validó con cinismo las facciones intolerantes que de manera histórica han agredido a la comunidad LGBTQ+ y se han organizado en su contra.

Pero esto es lo habitual en un país donde el ritmo del cambio es cruelmente lento, aun cuando los derechos de las minorías sexuales han avanzado en otras partes.

Ser “queer” en Singapur se siente como si vieras doble: Singapur es rico, moderno y multicultural; entre sus ciudadanos hay una gran movilidad social y los más altos grados de estudio en el mundo, además de que están al día con el flujo de ideas mundial. La gente como yo ha trabajado, actuado y amado en otros países donde estamos en libertad de ser quienes somos.

Pero eso no sucede en nuestro país, donde una minoría vocal de conservadores inflexibles, encabezada principalmente por los cristianos evangélicos de derecha, está obsesionada con eliminar la homosexualidad de la vida pública.

Las intervenciones reaccionarias son cosa de todos los días y suelen ser absurdas.

Hace varios años, surgió una controversia por un libro en la sección infantil de la biblioteca nacional sobre dos pingüinos machos que criaban juntos a un polluelo. La biblioteca estuvo a punto de destruir todas las copias de este panfleto peligroso, no fuera a ser que pervirtiera nuestros valores familiares, y solo cambió de opinión después de la indignación pública por los matices fascistas de un acto como ese. El libro acabó por ser transferido a la sección para mayores de 18 años.

La idea de reducir aquel libro para niños y a sus amables pingüinos de caricatura al ámbito sensacionalista me tocó de manera muy personal y fue un recordatorio de cuán vulnerables somos a los crueles impulsos de nuestros compatriotas.

Singapur no siempre fue tan asfixiante.

La calle Bugis de la ciudad un distrito de vida nocturna era famosa en los años cincuenta y sesenta por los visitantes extranjeros que asistían a cabarets subidos de tono, acompañados de prostitutas transgénero. La mayoría de las demás manifestaciones de deseo “queer” quedaban relegadas a callejones oscuros y baños, pero, en general, las autoridades dejaban en paz a la gente.

Sin embargo, en las décadas de 1980 y 1990, el Estado comenzó a vigilar la homosexualidad. La policía usaba a agentes encubiertos atractivos para identificar a los hombres homosexuales y los arrestaba. Doce hombres fueron detenidos en un operativo en 1993 y sentenciados a prisión y a golpes con un bastón de ratán.

Esto dejó de suceder, pero esa homofobia virulenta sigue presente en nuestra psique. A mediados de los 2000, yo formaba parte de un foro gay llamado SGBOY, donde los adolescentes como yo coqueteábamos e intercambiábamos chismes. Un día, un cuarentón al que no conocía me hizo una advertencia en un mensaje privado: “Ten cuidado. No es seguro ser tan ‘abierto’”.

Aquello me pareció exagerado. No fue sino hasta tiempo después, cuando me enteré de otros operativos policiales, que entendí su mensaje de cuidado y sabiduría. A menudo pienso en este hombre. ¿Solo habrá conocido el deseo en el contexto de la vergüenza y el peligro? ¿Acaso perdió amigos, vio a amantes ser víctima de ataques brutales?

En la actualidad, la comunidad LGBTQ+ es heredera de esta vergüenza, en particular, aquellos que todavía esconden su rostro en las aplicaciones, que no me ven a los ojos cuando nos vemos para un encuentro de índole sexual. Muchas parejas siguen sintiéndose inquietas con las muestras de afecto en público aun cuando tienen años de estar juntas.

La esperanza de una mayor aceptación ha aumentado a pesar de la respuesta religiosa negativa. En 2007, en los debates del Parlamento sobre el artículo 377A, Thio Li-ann, una parlamentaria cristiana, equiparó el sexo entre hombres con “meterse un popote por la nariz para tomar agua”. El comentario fue recibido con aplausos y golpeteo de curules.

Después, en una reunión de oración en la iglesia evangélica a la que asistía en aquel entonces, se invitó a la congregación a rezar por Thio y fue así como recé contra mí mismo.

Ahora, los organizadores conservadores se cuidan de usar términos seculares: en todo momento le recuerdan a la gente la necesidad de “proteger a las familias”, salvaguardar “los valores asiáticos conservadores” y resistir “las guerras culturales extranjeras”.

Sin importar cómo se les llame, estas cruzadas perpetúan la discriminación. A los singapurenses solteros no se les permite comprar vivienda pública asequible sino hasta los 35 años, lo que en la práctica excluye a las parejas homosexuales. No se protege de manera explícita a las minorías sexuales de la discriminación laboral. Las leyes que regulan los medios de comunicación limitan las representaciones de personas “queer”: este año, la película de “Lightyear” de Pixar fue clasificada como material “no apto para menores de 16 años” porque presenta a una pareja de lesbianas. Y hay poca comprensión en el gobierno de las necesidades de las personas trans, que tienen vías limitadas para cambiar legalmente su género sin una intervención médica o quirúrgica.

Esto tiene un precio. Muchas personas “queer” se sienten atrofiadas, incapaces de vivir sus vidas de manera plena y funcional. Obstaculizar el desarrollo de una minoría importante tiene consecuencias socioeconómicas: muchos solo hacen sus maletas y se van. Pude expresarme plenamente como individuo cuando dejé Singapur para vivir en el Reino Unido. Señalar estos resultados negativos y el posible impacto económico puede ser la única manera de razonar con el gobierno de Singapur.

Muchos de nosotros nunca pensamos que nos tocaría ver la despenalización del sexo entre hombres homosexuales. Pero poco después del anuncio de dos filos de Lee, se nos recordó lo mucho que aún nos falta por recorrer cuando la Corte Suprema de la India corrigió la definición jurídica de familia para incluir “manifestaciones atípicas” como las uniones entre personas del mismo sexo, lo cual amplía el acceso a varias prestaciones de bienestar social relacionadas con la familia.

Nuestro primer ministro dijo que esperaba que la revocación del artículo 377A hiciera sentir a los singapurenses homosexuales algún “alivio”, una palabra que de manera tácita reconoce nuestro dolor.

Necesitamos más que eso. Pero por ahora, hemos de conformarnos con sentir alivio.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2022 The New York Times Company