Los padres no podemos sucumbir a la crianza de nuestros hijos basados en el miedo, ni siquiera en la pandemia

Miranda Featherstone
·7  min de lectura
Grown up rebuking a little child for bad behavior
Grown up rebuking a little child for bad behavior

En un estudio de 1960, algunos bebés fueron convencidos por sus madres de que gatearan encima de un plexiglás colocado sobre un agujero profundo en el piso. La superficie era suave y segura, pero para los indefensos niños parecía peligrosa. El experimento “precipicio visual”, un clásico de la psicología del desarrollo, tenía como objetivo demostrar algo sobre la percepción de profundidad de los bebés.

He recordado durante mucho tiempo el experimento que le siguió: a mediados de los años ochenta, los investigadores quisieron saber si las expresiones faciales de las madres afectaban las probabilidades de que el bebé se arriesgara ante el peligro percibido. El resultado fue que las madres que realizaron expresiones alegres o de interés lograron convencer a sus bebés de que el precipicio no era un riesgo. Esos bebés observaron el agujero, vieron el rostro de sus madres y cruzaron sin problemas, a diferencia de los bebés de las madres que pusieron expresiones de miedo o molestia.

Mi hijo de 2 años y yo, ambos con cubrebocas, caminábamos por nuestro vecindario de Filadelfia una mañana temprano. Mi hijo iba detrás de mí y de vez en cuando volteaba para vigilarlo. Las calles estaban vacías, hasta que apareció un paseador de perro. Le extendí mi mano y llamé a mi hijo por su nombre: “Tomás”. Mi tono aspiraba ser informal, pero no utilicé su apodo usual. Corrió hacia mí y tomó mi mano. Algunas veces ni siquiera tengo que llamarlo: la mano extendida es suficiente.

“¡Mira al perrito!”, le dije con un tono alegre, intentando neutralizar lo extraño del ritual. Caminamos tomados de las manos hasta que pasaron. Apenas percibió que me había relajado, sacudió sus dedos ligeramente y se zafó de mi agarre. Está prestando atención.

¿Cuál madre soy, en el experimento? Estoy intentando ser alentadora, calmada. Pero, al igual que muchos padres en medio de una pandemia, le estoy enseñando a mi hijo a temerle al mundo de muchas maneras explícitas e implícitas. Es muy joven como para entender sobre portadores asintomáticos y ventiladores: lo que sabe es que ahora me preocupo cuando estamos en la calle y él no está a mi lado. Sabe que los lugares que ama no han sido seguros últimamente (“biblioteca cerrada”, entona de manera solemne durante la cena. “Escuela cerrada. Parque cerrado”).

Childhood. Education. Problem. Sad little girl is hugging her teddy bear, her father in the background
Childhood. Education. Problem. Sad little girl is hugging her teddy bear, her father in the background

Desde marzo, personas como yo han sido capaces de mantener a sus familias extremadamente aisladas, gracias a políticas de trabajadores ejecutivos de trabajar desde casa, viviendas de una sola familia y muchos otros privilegios. Pero debido a que las ciudades y pueblos están reabriendo, motivados no por seguridad sino por política, tendré que decidir por mi cuenta los parámetros de la “nueva normalidad” de mi hijo.

Explorar el mundo

¿Regresaremos a los juegos infantiles locales, ese en el que los niños pequeños disfrutan estornudarle en la boca abierta a otros? ¿Podremos dejar a mi hijo al cuidado de un amigo precavido, que tiene sus propios hijos, mientras yo me dedico a comprimir rápidamente tres semanas de trabajo en una mañana? Y, sobre todo, ¿cuándo lo enviaremos de vuelta a su adorado preescolar?

Psicoanalistas de mediados del siglo pasado como Margaret Mahler plantearon que la niñez temprana —cerca del tiempo comprendido entre 1 y 3 años— es un momento crítico para que los niños sean capaces de explorar el mundo mientras saben que sus padres están cómodos con esta exploración y están cerca por si se les necesita. Decirle a un niño que el mundo es demasiado peligroso como para que lo explore es fomentar miedo, falta de confianza o quizás una rebeldía nacida de los esfuerzos limitados por conseguir independencia.

Para los niños que regresan a las guarderías y otros lugares donde interactuarán con personas fuera de su familia tras este extraño periodo de aislamiento, podemos anticipar berrinches y llantos en el corto plazo, y ansiedad en el largo plazo. El retorno será más difícil si es aplazado de manera indefinida o si los padres proyectan sus propias dudas y temores cuando llegue el momento de volver a la escuela.

Una tarea importante para que los adultos apoyen a los niños pequeños en ese reingreso es abandonar el mito de que los niños —o cualquiera de nosotros— pueden estar completamente aislados de la exposición. No hay cura ni vacuna para el COVID-19 ni tampoco se sabe con claridad cuándo alguna de estas dos cosas podría materializarse. Pero esto no puede traducirse en que los niños deban permanecer aislados por meses o incluso años.

El entorno perfectamente seguro y desinfectado es quizás un delirio de la élite, en especial de la élite blanca. Las familias negras han sido obligadas desde hace tiempo a sopesar las realidades de políticas racistas y otras prácticas discriminatorias contra las necesidades de los niños de practicar su independencia y forjar vínculos sociales fuera del hogar. La posibilidad de salir lastimado no debe impedir la exploración y la independencia. Al contrario, significa que debemos tomar precauciones razonables y, con franqueza, enseñarles a los niños sobre seguridad y riesgos.

Mientras las comunidades comienzan a reactivarse, ¿Cómo podríamos mitigar el riesgo de exposición a la enfermedad mientras le permitimos a nuestros hijos interactuar con otros? Para algunos, esto podría traducirse en seleccionar una familia en específico con la cual compartir la carga del cuidado de los niños, socializar con amigos al aire libre o simplemente conversar con los hijos, con entusiasmo, sobre futuras interacciones sociales.

Para muchos de nosotros, eso podría significar enviar de nuevo a nuestros hijos a una guardería que esté consciente de la seguridad lo más pronto posible, mientras simulamos estar calmados y alegres por su bienestar. Evidencia reciente extraída de los centros de cuidado infantil que han permanecido abiertos durante la pandemia sugiere que los niños no son muy propensos a ser vectores de transmisión para adultos. Debemos asumir una estrategia de reducción de riesgos hacia el cuidado de niños y abogar por la seguridad de los trabajadores adultos mientras le permitimos a los niños acceder al mundo que está más allá de sus iPads y de sus padres estresados y con exceso de trabajo.

Explicar lo que está sucediendo

Es de suma importancia para los adultos enseñar incluso al niño más pequeño un lenguaje para explicar lo que está sucediendo: “No hemos ido a la escuela porque no queríamos propagar los gérmenes del coronavirus. Pero pronto volveremos a la escuela. Todavía podría haber gérmenes, pero vamos a ser muy cuidadosos para no propagarlos”. La amenaza no es vaga ni innombrable; puede ser invisible, pero es específica y descriptible.

Por lo general, nuestro impulso es evitar darles a los niños información abrumadora, pero lo que sabemos es que la ausencia de explicación y comunicación pueden llegar a ser bastante aterradoras por sí solas, pues deja esas explicaciones a la deriva de la imaginación amateur de los niños. El lenguaje les permite a los niños pequeños simbolizar y contener sus experiencias, y ese es el primer paso para comprender y regular las emociones.

Los niños necesitan que se les repitan las noticias. Vamos a estarles explicando una y otra vez que la maestra Laura utilizará un cubrebocas, pero que seguirá siendo la maestra Laura y que ellos de verdad, en serio, como ya les habíamos dicho ayer, deben evitar tocarse la nariz.

“Pronto vas a volver a la escuela”, le dije a Tomás.

“Me siento en una silla en la &aposcuela”, me dice, con el aire nostálgico que tenía Proust recordando una magdalena.

“Sí”, le contesto. “¡Te sentarás en una silla! Todavía habrá gérmenes, pero tú y yo, y papá, y tu hermana, y tus profesores vamos a ser muy cuidadosos para que los gérmenes no se propaguen”. Él asiente, con una mezcla de seriedad y entusiasmo.

Le diré esto una y otra vez. A veces le diré algo errado; a veces malinterpretará mis palabras. Pero en las próximas semanas, comenzará a entender lo que está sucediendo. No puedo garantizar su seguridad. Pero debo motivarlo a que se acerque a la tierra de los delantales escolares, los pasteles de arroz y los diminutos lavabos, donde continuará con el proyecto de convertirse en una pequeña persona en este gigante e imperfecto mundo.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company