Opinión: Todas somos Marilyn Monroe y ‘Blonde’ lo demuestra

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Dime la verdad: ¿alguna vez has... sentido que tenías que vestirte de cierta manera para el trabajo o para un evento; preocupada por si era lo bastante bonito/elegante/arreglado (elimina lo que corresponda)? ¿Te has quedado despierta preguntándote si bebiste demasiado o bailaste de forma muy llamativa y te sentiste mal por hacerlo?

¿Alguna vez... entraste en pánico porque tu ropa era demasiado corta, demasiado reveladora o no lo bastante reveladora; te reprendiste en silencio por reír demasiado fuerte o por tu voz demasiado aguda (o demasiado baja); te arrepentiste de no decir lo que pensabas o de sentirte incapaz de decir “no”; ¿o te regañaste a ti misma por hablarlo de forma muy pública, muy agresiva, muy feroz, muy lo que sea?

Lo más probable es que, si has sentido alguna de estas cosas, es probable que a) seas una mujer (aunque ninguno de nosotros es inmune al “síndrome del impostor”) y b) sufras de lo que hace poco ha inundado la conciencia pública y se nombró con precisión: el efecto Marilyn Monroe.

El término salió a la luz gracias al tráiler de una nueva película sobre el icono de Hollywood, Blonde, la cual se estrena en Netflix el 23 de septiembre y está protagonizada por Ana de Armas. Oportunamente, llega unos 60 años después de la muerte de la estrella por una sobredosis de drogas el 5 de agosto de 1962, y promete darnos una idea del “mundo interior” de la mujer cuyos rizos platinados, ojos de gacela y ondulante vestido blanco se han vuelto inmortales e inmediatamente reconocibles, mucho después de su muerte. Su apariencia está enmarcada por mil exhibiciones de arte pop y graffiti. Su nombre siempre será sinónimo de sexo, glamour y seducción de voz provocadora.

Según la autora y autoconfesada “mafiosa de los abrazos” Edie Weinstein, quien acuñó el término “efecto Marilyn Monroe” y escribió sobre él aquí, describe una cierta “comunicación no verbal de confianza”; la tendencia o la capacidad de ponerse en los zapatos de alguien que puede apropiarse de una habitación: la extraña habilidad de transformar “lo ordinario en extraordinario”, cuando a pocos (si es que a alguno) de nosotros se nos enseña a vernos a nosotras mismas bajo esa luz.

Sin embargo, se dice que Monroe, cuyo nombre de nacimiento era Norma Jeane Mortenson, albergaba muchas inseguridades. Al leer entre líneas, creo que “el efecto Marilyn Monroe” significa poder disfrazarlas o, tal vez, “fingir hasta que lo consigas”. Y creo que todas podemos relacionarnos.

¿Cómo? Pues como nos dice el tráiler de Blonde, “no existe Marilyn Monroe”. En cambio, como revela De Armas: “No puedo enfrentarme a hacer otra escena con Marilyn Monroe. Marilyn no existe. Cuando salgo de mi camerino, soy Norma Jeane. Sigo siendo ella cuando la cámara graba. Marilyn Monroe solo existe en la pantalla”.

Esto, creo, es el punto de su atractivo y de cómo nos identificamos con ella. Monroe es eternamente seductora, fascinante porque es tanto conocida como desconocida; accesible pero inalcanzable, a la vez omnipresente pero misteriosa de forma opaca. Ella es un ícono de Hollywood con múltiples facetas, más famosa de lo que cualquiera de nosotros probablemente sería (o querría ser), pero incluso ahora, no sabemos mucho sobre ella. Solo podemos adivinar. Pero si lo que De Armas dice acerca de sentir que su vida es una “actuación” suena familiar, entonces probablemente sea porque lo es: para todas nosotras.

Lo que parece ofrecer esta nueva versión de su vida (y debemos recordar que es un relato biográfico ficticio de la estrella, basado en esta novela de Joyce Carol Oates) es familiaridad: la rara oportunidad de sentir cierta afinidad con la celebridad. ¿Y por qué? Porque ahora todas somos Marilyn Monroe.

¿Quién de nosotras no ha sentido las emociones que se nos muestran en un monocromático destello de flash: la tragedia de tener que “poner cara de valiente” y salir y enfrentar el mundo, incluso cuando estamos tristes, heridas y afligidas? ¿Cuántas veces hemos tenido que “respirar hondo”, poner una sonrisa, calmar nuestros nervios y hacer algo que nos hace sentir enfermas, pequeñas y asustadas, pero lo hicimos de todos modos? ¿Cuántas veces les hemos dicho a las personas que nos importan que “solo lo hagan”? ¿Cuántas veces nos han dicho lo mismo?

Y aunque algunos fans están molestos con la nueva película, acusándola de “explotar” a Monroe: “contactaré con Marilyn Monroe a través de un tablero de ouija para decirle que mi opinión del tráiler de Blonde es la única que le hace justicia”, escribió una persona. Creo que nos puede dar a todos un momento de descanso.

Es una oportunidad para reflexionar sobre la visión “idealizada” que tantas celebridades y nosotros mismos ponemos en pantalla, y considerar que de verdad no importa si esa pantalla es de tamaño IMAX o solo la de nuestro iPhone 13, porque todos actuamos, todo el tiempo. Y la imagen que presentamos (o publicamos, o sobre la que publicamos en un blog) en Instagram o Twitter, o en una valla publicitaria enorme en un autobús o en el costado de un edificio en Leicester Square, no es el verdadero “nosotros”. Nada de eso lo es.

No muchas de nosotras, incluso quienes rezuman confianza o carisma, incluso esas pocas especiales que tienen lo que sea necesario para iluminar una habitación, nos sentimos así, en el fondo. Todos nos sentimos como personajes de nuestras propias películas seleccionadas.

Y en Blonde, Monroe nos insta a recordar que la mujer en pantalla es la misma que se desliza en la cama cada noche, exhausta y asustada, que “ser Marilyn” es un acto; una persona, una identidad que se le impone tanto como una elección para ella para adoptar su nombre.

Todas somos Marilyn Monroe. Deberíamos recordar eso.

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