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Opinión: Nadie sabe mejor lo que vale un título universitario como quien no lo tiene

Nadie sabe mejor lo que vale un título universitario como quien no lo tiene (Igor Bastidas para The New York Times).
Nadie sabe mejor lo que vale un título universitario como quien no lo tiene (Igor Bastidas para The New York Times).

LA EDUCACIÓN SUPERIOR SIEMPRE VA A SER UNA BUENA MANERA DE CONSEGUIR OPORTUNIDADES PROFESIONALES Y LA POSIBILIDAD DE ASCENSO SOCIAL. PERO, ¿ES NECESARIO QUE SEA LA ÚNICA?

Quizá haya sido la entrevista de trabajo más angustiosa de mi vida.

Delante de mí estaba una persona que lo tenía todo: años de experiencia profesional, confianza en sí misma y, quizá lo más impresionante desde mi punto de vista, una licenciatura y un posgrado en dos de las mejores escuelas de periodismo del país. Ahí estaba yo, con estudios hasta décimo grado y el certificado de preparatoria, esperando impresionar a un posible futuro colega en un sector que espera credenciales impresionantes.

Es normal sentirse ansioso en una entrevista de trabajo, así que, en cierto sentido, mi deseo de aprobación aquel día no era nada extraordinario. Salvo que yo no me estaba postulando a ningún trabajo. Yo era el entrevistador. En concreto, yo era un editor digital recién ascendido de una importante revista de negocios que quería contratar a mi primer redactor de plantilla.

Nunca he olvidado esta dinámica: estar en un puesto directivo en el sector de los medios de comunicación de Nueva York (en la cima de mi carrera, como suele decirse) y, de alguna manera, seguir preocupándome de que un candidato a un puesto de trabajo pudiera consultar mi formación académica y preguntarse qué derecho tenía yo a estar donde estoy.

Ese es el verdadero poder de la educación.

Cuando hablamos de la brecha educativa en Estados Unidos, a menudo lo hacemos a través del prisma de las diferencias políticas y culturales. Se supone que los estadounidenses con estudios universitarios son más progresistas, votan por el partido Demócrata, viven en ciudades y trabajan en profesiones que antes de la pandemia requerían estar en una oficina. Se dice que sus homólogos no titulados tienden a ser más conservadores, rurales y empleados en el tipo de trabajos manuales que han ido desapareciendo en los últimos 40 años.

Los estudios académicos y los datos de las encuestas respaldan estos estereotipos hasta cierto punto, pero son solo la pieza de un rompecabezas más grande sobre las enormes brechas que se han formado y se siguen formando entre los estadounidenses que se benefician de la educación superior y los que no.

La brecha educativa también tiene que ver con quién nos da una oportunidad, quien nos deja entrar y a dónde. Es lo que hizo que mi encuentro como editor sin una licenciatura que entrevista a un candidato con una maestría de una escuela de periodismo de alto nivel fuera tan angustiante. Es difícil imaginar que alguien hubiera considerado siquiera mi currículum de haber sido yo el entrevistado aquel día.

Incluso después de 17 años de trabajo como periodista, no puedo dar por sentada la posición en la que estoy. La búsqueda de empleo en el mundo profesional puede ser un ejercicio bastante desmoralizante cuando no se tiene una educación formal. Todavía recuerdo un mal momento personal en el verano de 2016, cuando me vi envuelto en una gran ronda de despidos, no muy diferente de la que tanto hemos oído hablar en los últimos tiempos. Tenía 45 años, acababa de casarme y de repente me despidieron de la publicación de noticias en línea en la que había trabajado como reportero y editor. Me sentía bien con mis perspectivas, pero a pesar de contar con una década de experiencia de tiempo completo en la redacción, no podía atraer la preciada atención de los gerentes de contratación de los medios de comunicación.

De hecho, ni siquiera podía hacerles llegar mi currículum. Sin una licenciatura (considerada durante mucho tiempo la calificación mínima de facto para una carrera en el periodismo), mis solicitudes de empleo en línea parecían estar siendo engullidas por fuerzas algorítmicas fuera de mi control, perdidas en el vacío de un software de contratación que fue construido para eliminar a los indeseables. Gracias a la selección de currículos, mis años de experiencia me favorecían tanto como mi falta de estudios me perjudicaba.

Estábamos en la era en la que empresas emergentes de software como Lever y Greenhouse atraían a los grandes inversionistas con la promesa de crear las plataformas de reclutamiento y contratación de la próxima generación. En mi búsqueda de 2016, encontrar trabajo parecía ser cuestión de apuntar y hacer clic, rellenar campos de formularios, pulsar enviar y esperar lo mejor. La tecnología había eliminado fricciones clave del proceso de solicitud, lo que requería un nuevo tipo de control automatizado. Los empresarios, al igual que los buscadores de pareja en los sitios web de citas, daban por sentado que sabían exactamente lo que buscaban. Las posibilidades de pasar el filtro dependían por completo de reunir una larga lista de atributos predeterminados.

Y en el caso del periodismo, esos atributos incluían la educación universitaria. Durante mi desalentadora búsqueda de empleo de ese verano, aprendí muy pronto lo fácil que es quedar atrapado por un sistema de seguimiento de candidatos cuando tu formación llega hasta el certificado de preparatoria o cuando tienes lagunas en tu experiencia laboral debido a problemas de adicciones, o cuando te pasaste tus veintes trabajando en el comercio minorista. Con matices, quizá podría explicar mi insólita historia a un ser humano, pero ¿cómo razonar con un portal?

La buena noticia es que las futuras búsquedas de empleo quizá no sean siempre tan sombrías como las mías. Empresas como Google, G.M. o Delta Air Lines están eliminando los requisitos de titulación universitaria para muchos puestos y, en su lugar, se centran en la “contratación basada en habilidades”, una filosofía que da más importancia a las personas que al pedigrí. Algunos altos ejecutivos, como Ryan Roslansky de LinkedIn, han destacado las ventajas de un enfoque basado en las habilidades para las empresas que buscan ampliar sus reservas de talento. Asimismo, The Business Roundtable presentó su Iniciativa de Caminos Múltiples con el objetivo de mejorar la diversidad, la equidad y la inclusión en todos los niveles de las empresas estadounidenses al enfatizar “el valor de las habilidades” en el reclutamiento, la retención y los ascensos. Este avance no es nuevo, pero el mercado laboral estrecho, junto con algunas de las desigualdades que se hicieron más aparentes debido a la pandemia, lo han traído al primer plano.

Como he pasado tantos años en una profesión en la cual la universidad es el punto de partida por defecto, sospecho que hará falta algo más que unos cuantos ajustes en los filtros del software de recursos humanos para lograr un cambio significativo. Pensemos en la persistente brecha salarial en la educación, que se ha ampliado desde hace décadas y que, según algunos indicadores, ha empeorado aún más en los últimos años. Datos actualizados hace poco y publicados por el Banco de la Reserva Federal de Nueva York indicaban que el salario promedio anual de los trabajadores jóvenes con licenciatura era de 52.000 en 2022, comparado con 34.320 para los graduados de preparatoria en el mismo grupo etario. Mientras tanto, las diferencias salariales entre hombres y mujeres persisten en todos los niveles educativos, como demuestra un informe de 2021 del Centro de Educación y Empleo de la Universidad de Georgetown. La educación puede ser un factor de predicción razonablemente confiable de los ingresos a lo largo de la vida, según el informe, pero es solo una parte de una “compleja ecuación”.

Quizá también valga la pena señalar que la mayoría de los estudios que se pueden leer sobre la brecha educativa están escritos por personas que se encuentran de un lado de la misma. Lo mismo ocurre con la mayoría de los artículos periodísticos. ¿Nos puede sorprender tanto que los medios de comunicación presenten una imagen incompleta de la educación superior cuando son tan pocos los periodistas que se mueven en el mundo laboral sin un título de cuatro años?

Los supuestos en torno a la educación superior solo necesitan evolucionar. Todavía recuerdo al jefe del semanario donde alguna vez trabajé que me dijo que tirara a la basura los currículos que no mencionaran estudios universitarios. Es difícil cambiar la mente y los corazones, pero cambiar los hábitos es aún más difícil. Un sondeo de 2022 realizado por Morning Consult encontró que aunque el 72 por ciento de los empleadores dijeron no creer que los estudios universitarios fueran un gran indicador de las habilidades de una persona, más de la mitad todavía seguía contratando de todos modos a candidatos procedentes de programas de licenciatura porque consideraban que hacerlo era una “opción menos arriesgada”.

Hasta yo entiendo por qué piensan así. Cuando entrevistaba a los candidatos para ese puesto de redactor, no recuerdo ni un solo currículum que no incluyera un título de cuatro años. La mayoría de las personas con las que acabo trabajando en periodismo son graduados universitarios, muchos de los cuales consideraron, con justa razón, que la universidad era su boleto para una vida mejor. Y la mayoría de ellos tienen talento, motivación y están más que calificados.

La educación superior siempre será una buena manera de asegurarse oportunidades profesionales y la posibilidad de ascender. Quizá sea incluso la mejor manera. Pero ¿es necesario que sea la única?

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2023 The New York Times Company