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Opinión: Cómo se reinventó un fraude científico

Hwang Woo-suk se comunica con su equipo canino antes de la cirugía en Sooam Biotech Research Foundation. (Jean Chung para The New York Times).
Hwang Woo-suk se comunica con su equipo canino antes de la cirugía en Sooam Biotech Research Foundation. (Jean Chung para The New York Times).

LA REINVENCIÓN DE HWANG WOO-SUK.

La ciencia es conocida por la rigurosa autorregulación de la comunidad investigadora, pero a veces da la sensación de que el fraude científico está descontrolado. ¿Por qué los defraudadores creen que pueden salirse con la suya?

La historia de Hwang Woo-suk, un científico surcoreano que se hizo de una mala reputación por asegurar que podía clonar embriones humanos, ofrece pistas. Después de abandonar el campo con su imagen desacreditada, Hwang ha aterrizado en la opulencia y ahora se pasa los días clonando camellos para exposiciones de belleza y de carreras para la realeza de los Emiratos Árabes Unidos.

La historia de Hwang volvió a captar la atención del público casi 20 años después de su caída en desgracia con dos nuevos documentales, en Netflix y YouTube. Su improbable carrera debería producir una reevaluación de las suposiciones populares sobre la eficacia del supuesto sistema autocorrectivo de la ciencia y el reconocimiento de las formas en que puede fallar a la hora de disuadir o castigar la mala conducta.

Hwang se convirtió en el centro de atención en 2004 cuando informó sobre su éxito en la fabricación de un clon embrionario humano y la obtención de células madre a partir de este. Fue la prueba de concepto de la “clonación terapéutica”, un proceso que alguna vez estuvo muy de moda en el que las propias células de los pacientes, de la piel o de otros tejidos, se podían usar para crear células madre embrionarias con su firma genética, las cuales luego podrían utilizarse para tratar enfermedades.

La distancia a la clínica se redujo con el estudio de seguimiento de 2005 que Hwang llevó a cabo. El equipo afirmó que había obtenido células madre embrionarias de nueve pacientes por medio de un protocolo mucho más eficaz que el del informe anterior. Gracias al avance aparente, Hwang fue aclamado de forma generalizada. Corea del Sur lo nombró “científico supremo” y emitió un timbre postal para celebrar su logro.

Sin embargo, no todo salió bien en la fábrica de clones, como se llegó a conocer al laboratorio de Hwang en la Universidad Nacional de Seúl. Como un periodista que daba cobertura a su ascenso hacia la revista Nature, fui el primero en informar sobre las grietas éticas del origen de los óvulos humanos que usó el equipo.

Los óvulos son una parte fundamental de la clonación y el prodigioso suministro de Hwang, el cual, según señaló, procedía de voluntarios no remunerados, era lo que le diferenciaba de otros científicos. No obstante, durante una entrevista, una estudiante de posgrado en su laboratorio me contó que ella y otra estudiante donaron sus propios óvulos al programa de investigación.

Las investigaciones posteriores a la caída de Hwang revelaron que la otra estudiante había realizado ella misma los intentos de clonación. “Aunque fui yo quien lo empezó, tengo miedo”, le escribió a una amiga justo antes del procedimiento. “Anestesia general, autoclonación (¿es inconcebible? ¿Clonación con mis propios óvulos? ¿Cuál es mi límite?)”. Y agregó: “No debí hacerlo así, no haber renunciado hasta el final, no haber confrontado al profesor. Trabajaré más duro para perdonarme”. Se compraron otros óvulos, lo cual iba en contra de los lineamientos éticos.

Hwang negó haber cometido algún acto indebido. Sin embargo, meses después de su informe de 2005, un valiente equipo coreano de noticias proporcionó evidencias que iban desde la compra poco ética de óvulos hasta el fraude. Los periodistas perseveraron a pesar de amenazas, el retiro de patrocinadores y por último la cancelación del programa.

Para el año siguiente, se retiraron los dos artículos de Hwang que alguna vez fueron pregonados, se cerró la fábrica de clonación y Hwang fue acusado de un cargo de fraude, violación de la ley de bioética del país y malversación de fondos. “La carrera de este caballero y tal vez su vida están arruinadas”, comentó en un programa estadounidense de noticias David Scadden, doctor y aclamado investigador de células madre de la Universidad de Harvard.

No obstante, un avance del equipo de Hwang que en apariencia era menos importante, y que se reveló justo antes de que se develara la noticia de la clonación humana, era la clave de su futuro: la primera clonación de un perro. Se habían clonado varias especies, desde ovejas hasta ratones, pero había sido complicado clonar especies domésticas como perros y gatos. Con la generosidad que se le otorgó al científico supremo, después de más de mil intentos, los colegas de Hwang habían logrado traer al mundo a un cachorro clonado de sabueso afgano llamado Snuppy.

En 2006, mientras aún se realizaban las investigaciones sobre el escándalo de la clonación de células madre humanas, Hwang fundó Sooam Biotech Research Foundation, una empresa privada de clonación de perros, con el apoyo financiero de sus seguidores a muerte en la industria. Entre sus clientes había unidades K-9 de la policía y dueños en duelo de mascotas fallecidas. El negocio iba viento en popa.

Durante la década siguiente, el nombre Hwang se asoció a una serie de esfuerzos de clonación animal, desde varios animales de corral para el aumento en la cría de ganado y el rescate genético de especies casi extintas como el lobo etíope hasta intentos inverosímiles para sacar del cementerio evolutivo a especies que ya estaban extintas como el mamut lanudo.

La mayoría de estos proyectos parecen haber fracasado. Sin embargo, sí le devolvieron un aire de autoridad al nombre de Hwang.

En 2010, un querido camello campeón de exhibiciones de Abu Dabi, llamado Mabrokan, murió de repente. El año anterior, algunos investigadores en Dubái habían informado sobre el primer camello clonado y veterinarios de Abu Dabi previeron crioconservar tejido y piel testicular con la esperanza de encontrar alguna ayuda para la clonación.

En 2021, un grupo liderado por Hwang produjo once clones de Mabrokan. El doctor ahora dirige un laboratorio de clonación de última generación en el desierto de Abu Dabi y vive en una villa en los terrenos de un hotel de siete estrellas donde nada a diario.

Había otro posible final para esta historia: uno en el que la investigación fraudulenta de Hwang nunca se retirara, él conservara su puesto académico y fuera recordado como el primero en clonar seres humanos con fines terapéuticos. El elogioso mecanismo de autocorrección de la ciencia, según el cual otros científicos intentan repetir los experimentos y, si fracasan, eliminan los resultados de los registros, no funcionó en este caso. El bajo índice de éxito de Hwang con óvulos humanos implicó que un fracaso total de otro grupo podía haberse atribuido a una técnica inferior, a la mala calidad de los óvulos o simplemente a la mala suerte.

El primer artículo de Hwang sobre la clonación terapéutica humana podría haberse sumado a las filas de otras numerosas afirmaciones prominentes sobre células madre que otros científicos no pueden replicar pero tampoco refutar. Las afirmaciones científicas revolucionarias esperan una aceptación o un rechazo generalizados. Algunas nunca salen de ese estado de limbo.

La saga de Hwang Woo-suk ilustra las graves deficiencias de la autorregulación de la ciencia. Su fraude se descubrió gracias a unos valientes reporteros de la televisión coreana. Incluso esos esfuerzos pudieron no ser suficientes, si el equipo de Hwang no hubiera sido tan descuidado en su fraude. Los documentos del equipo incluían datos inventados y pares de imágenes que, al compararlas de cerca, indicaban una duplicidad evidente.

No obstante, como moraleja sobre el precio del fraude, es, por desgracia, una historia contradictoria. Hwang perdió su prestigio académico y fue condenado por violaciones de la bioética y malversación de fondos, pero nunca llegó a pisar la cárcel. Aunque sus esfuerzos por clonar embriones humanos acabaron en fracaso y fraude, le proporcionaron las oportunidades y los recursos necesarios para emprender proyectos, como la clonación de perros, que estaban fuera del alcance de otros laboratorios. La fama que ganó en el mundo académico resultó ser una ventaja en un mundo empresarial donde no existe la mala publicidad.

Los científicos fraudulentos y los estafadores tecnológicos que fingen hasta el final, como la fundadora de Theranos, Elizabeth Holmes, quien acaba de empezar una pena de cárcel por estafar a inversores con afirmaciones espurias sobre la tecnología de análisis de sangre, producen titulares intrigantes. Al ver cómo se descubren y persiguen estos crímenes, es reconfortante pensar que la verdad científica es inevitable y que los fraudes científicos serán descubiertos y castigados.

Sin embargo, no siempre es así y el escándalo de Hwang sugiere algo distinto. Los investigadores no siempre tienen los recursos ni la motivación para reproducir los experimentos de otros. Aunque intentan reproducirlos y fracasan, la institución en la que trabaja el científico tiene el derecho y la responsabilidad de investigar un posible fraude. Los institutos de investigación y las universidades, ante la posibilidad de un escándalo vergonzoso, podrían no hacerlo.

La tarea de llevar el fraude a la superficie ha recaído con demasiada frecuencia en los periodistas, una nueva clase de detectives que monitorean fraudes de forma recreativa o incluso en el ocasional vendedor al descubierto al que le motivan las ganancias y quiere garantizar el colapso de una afirmación muy publicitada. Sus esfuerzos esporádicos no producen un mecanismo confiable. En el caso de Hwang, el fraude descuidado y las transgresiones bioéticas flagrantes no solo superaron los mecanismos de investigación bioética y científica, sino que las evidencias que los periodistas se esforzaron tanto por obtener casi quedaron enterradas.

Más que una historia reconfortante sobre el cumplimiento de la justicia, este escándalo sugiere que los sistemas centinela de la ciencia tienen una capacidad limitada para detectar conductas indebidas… y que es probable que haya muchos más defraudadores por ahí que desconocemos.

Este artículo originalmente en The New York Times.

c.2023 The New York Times Company