Opinión: Quizá nunca sepamos cuánto nos oculta el internet

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Internet es el compendio más completo del conocimiento humano jamás reunido, pero ¿su tamaño es una particularidad del mismo o es un error? ¿Su propia inmensidad socava su utilidad como fuente de información? ¿Con qué frecuencia sepulta datos valiosos bajo un montón de basura? Supongamos que se busca a una persona famosa o semifamosa: una celebridad, un influente, un político o un experto. ¿Obtienes una imagen precisa de la vida de esa persona o una falsa y manipulada?

Estas preguntas no son nuevas; en realidad son cosas que me he estado preguntando desde que doy cobertura al mundo digital, y las respuestas siguen cambiando a medida que cambia el internet. Sin embargo, una noticia reciente me ha hecho reflexionar sobre todo esto una vez más. Y me preocupa que sea más difícil que nunca sintonizar cualquier señal entre tanto ruido digital.

Karen Weise, una reportera del New York Times que da cobertura a la industria de la tecnología, publicó la semana pasada un artículo de gran repercusión en el que documentaba un patrón de comportamiento hostil y abusivo por parte de Dan Price, el director ejecutivo que se hizo famoso en internet en 2015 por instituir un salario mínimo de 70.000 dólares al año en su empresa de procesamiento de tarjetas de crédito con sede en Seattle. “Ha utilizado su celebridad para acechar a mujeres en línea que dicen que las lastimó, tanto física como emocionalmente”, informó Weise, después de entrevistar a más de una decena de mujeres que relataron en detalle encuentros terribles con él. (Price niega las acusaciones).

No obstante, esta no fue la primera vez que Weise desinfló el mito que rodea a Price. A finales de 2015, meses después de que los medios de comunicación de todo el mundo lo ensalzaran por primera vez por su supuesto enfoque benefactor del capitalismo, publicó un artículo en Bloomberg Businessweek en el que revelaba muchos secretos de su pasado: entre otras cosas, una exmujer que lo había acusado de violencia extrema y una explicación de los aumentos de sueldo de los empleados que parecía más egocéntrica de lo que había dejado entrever. Cuando Weise incluyó un enlace del artículo de hace siete años en la nueva historia, volví a él y me di cuenta de que definitivamente lo había leído en su momento. Recordé su titular, “El director general que paga a todo el mundo sueldos de 70.000 dólares tiene algo que ocultar”, y recordé que sus detalles habían sido ampliamente comentados.

Price, que denunció el artículo de Weise en Bloomberg como “imprudente” y “sin fundamento”, fue cancelado temporalmente tras la aparición del artículo. Luego, con el paso de los años, Price empezó a ser una presencia dominante en Twitter, llegando a acumular cientos de miles de seguidores y convirtiéndose en un personaje fijo en algunos círculos de izquierda de Twitter. “Tuit tras tuit, su personaje en línea volvió a crecer”, escribió Weise. “Las malas noticias pasaron a un segundo plano. Fue lo contrario de ser cancelado. Así como las redes sociales pueden arruinar a alguien, también pueden —a través del tiempo, la persistencia y la audacia— enterrar un pasado problemático”.

No es así como se supone que funciona el internet. De diferentes maneras, Google, Twitter, Facebook y otras grandes empresas tecnológicas han hecho de la difusión y organización de los datos en línea su misión. La primera historia de Weise sobre Price contenía información importante sobre una figura semiprominente en línea; debería haber sido destacada, no enterrada, mientras este acumulaba sus seguidores en internet.

Lo más preocupante es esto: ¿con qué frecuencia ocurre este tipo de cosas? En abstracto, la pregunta es casi imposible de responder; por definición, no se puede hacer una lista de historias que el internet nos oculta. Supongo que la historia de Price es un ejemplo extremo del entierro de una información, pero hay razones para sospechar que alguna versión de este tipo de supresión está ocurriendo todo el tiempo en línea.

¿Por qué? Por tres motivos. El sesgo de la actualidad: Google está mucho más concentrado en destacar la información del presente que antes, lo que hace que los acontecimientos del pasado sean más difíciles de detectar. Manipulación organizada: las mafias en Internet se empeñan en moldear la realidad en línea y, aunque las plataformas dicen estar conscientes del problema, las mafias parecen tener el sartén por el mango. Y, por supuesto, el capitalismo: al carecer de mucha competencia y estar deseosas de aumentar sus cifras trimestrales, las empresas tecnológicas pueden tener pocos incentivos para resolver estos problemas.

El primer problema, el de sesgo de recurrencia, tiene que ver sobre todo con Google, y es algo de lo que periodistas como yo nos venimos quejando desde hace años. El algoritmo de búsqueda de Google favorece en gran medida el contenido publicado de manera más reciente en detrimento del contenido del pasado, incluso si los datos más antiguos proporcionan una historia mucho más completa. Esto tiene cierto sentido: nadie quiere leer noticias antiguas. Pero, como lo insinúa la historia de Price, si se busca a alguien con una presencia activa en Internet —alguien que tuitea mucho, que hace muchas apariciones en los medios de comunicación o cuya personalidad se basa en irritar a la gente— los resultados se vuelven turbios.

La situación se vuelve mucho peor cuando hay partes motivadas que intentan dar forma a lo que nos muestran las plataformas. No ha habido mejor ejemplo de esto que el desagradable giro que dio el internet durante el reciente caso de difamación entre Johnny Depp y su exesposa Amber Heard. Si uno echaba un vistazo a Twitter, YouTube o TikTok durante el juicio, se veía inundado de memes, clips y publicaciones de troles sobre lo terrible que era Heard y lo justo que era Depp.

Esto no se debió a que el caso de Depp fuera mucho más sólido que el de Heard; como han demostrado los investigadores, se debió más bien a que las plataformas estaban invadidas por bots y troles asociados con gente de la derecha misógina que se propusieron describir a Heard de la peor manera posible. Parece que lo lograron; incluso ahora, hay que rebuscar en internet para encontrar información que la apoye.

Las plataformas dicen que luchan de manera constante contra esas campañas organizadas. Sin embargo, sus esfuerzos son opacos y, en el mejor de los casos, parecen poco entusiastas. Como los bots son un tipo de interacción y la interacción es lo que paga las facturas, hay pocas razones para que los servicios luchen realmente contra esas campañas. Como dijo Peiter Zatko, exdirector de seguridad de Twitter, en una denuncia reciente, “los ejecutivos de Twitter tienen poco o ningún incentivo personal para ‘detectar’ o medir con precisión la prevalencia de los bots de spam”. Del mismo modo, YouTube tenía pocos incentivos para presentar una imagen más justa y menos manipulada del caso Depp-Heard, no cuando los clips de Depp estaban generando grandes cifras.

Para muchos lectores, nada de esto será una sorpresa. No estoy revelando ninguna noticia cuando les digo que no confíen en todo lo que ven en internet. Pero después de leer la historia de Dan Price, creo que vale la pena repetirlo: el internet quizá no te da una imagen justa de lo que ocurre en el mundo. Y, en cuanto a cualquier historia, puede que nunca sepas realmente todo lo que no estás viendo.

© 2022 The New York Times Company