Opinión: Pasé semanas en el frente de batalla de Ucrania. Todo ha cambiado

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LA GUERRA NO TIENE LÍMITES CLAROS QUE INDIQUEN DÓNDE TERMINA EL CONFLICTO Y DÓNDE SE REANUDA LA VIDA NORMAL.

Primero vino un zumbido; luego, la explosión un segundo después. Una tras otra. Una tras otra.

Estaba oculta en un refugio subterráneo, difícilmente podría llamarse un búnker: no tenía una puerta de entrada sólida ni un suministro suficiente de comida y agua. Los muros eran de madera y había dos camas improvisadas, un par de tapetes y unas sillas de madera. El lugar estaba desordenado con cargadores de celular e indumentaria militar —cascos, chalecos antibalas— desperdigados por doquier. Había unas cuantas galletas y algunas barras de chocolate. Era el hogar de los militares ucranianos apostados en el frente de guerra.

El sonido de la artillería se hacía cada vez más fuerte. “Todos los días es igual”, me dijo con ánimo Denis Gordiev, un comandante de pelotón del ejército ucraniano. Yo había llegado con unos cuantos periodistas británicos a Pisky, un poblado a unos 10 kilómetros de la ciudad ocupada de Donetsk en el este de Ucrania. Eran finales de abril y Rusia ya había pasado a la segunda fase de su guerra: retirar a sus militares de las cercanías de Kiev y escalar sus ataques en el este.

“Están tratando de abrirse paso”, explicó con calma el teniente Gordiev. “Primero con artillería y luego con tanques”. Nos sirvió té.

Durante varias semanas, estuve recorriendo Ucrania de extremo a extremo, informando sobre la guerra. He aprendido que la guerra puede sonar muy ordenada cuando se describe con palabras como “fases”, “ofensivas” y “territorio”, pero no es nada ordenada. La primera línea de combate quizá abarca unos 482 kilómetros, desde la región del Donbás en el sudeste hasta la ciudad de Járkov, pero ¿dónde acaba la guerra? No tiene límites claros que indiquen dónde termina el conflicto y dónde se reanuda la vida normal.

He conocido a personas que han perdido todo lo que tenían, mujeres con hijos que no tienen adónde ir, niños cuyos cuerpos están fracturados y cuyas vidas nunca volverán a ser las mismas. He entrevistado a familiares de personas que han sido torturadas y asesinadas. He visto desplazamientos, heridas y pérdidas en todos los lugares que he visitado al grado que he dejado de creer que quede un área o una persona en Ucrania que no haya sufrido por esta guerra.

Rusia puede decir todo lo que quiera sobre sus “fases” y sus objetivos territoriales, pero todo mi país ha sido trastocado junto con toda la gente que lo habita.

Unos días antes de llegar a Pisky nos detuvimos en Kramatorsk, una ciudad unos 96 kilómetros al norte, donde los bombardeos son una amenaza diaria. Más o menos una semana antes, un ataque con misiles había destruido una estación de tren y cobrado la vida de al menos 50 civiles, muchos de ellos mujeres y niños; estaban esperando un tren de evacuación que creían que los llevaría a un lugar seguro, o esa era su esperanza.

“Fue horrible”, me dijo un policía. “Había gente en el suelo sin manos ni piernas. Todos estaban pidiendo ayuda a gritos”.

Los oficiales de policía con los que hablé fueron de los primeros en llegar a la escena. Mientras hablábamos, sonó su radio: “Atención a todas las unidades… diríjanse al refugio. Es un bombardeo”.

Corrimos a su lado hasta un refugio subterráneo mientras el sonido de los impactos se escuchaba más y más cerca. No fue sino hasta que estábamos bajo tierra que pudimos relajarnos con té verde y humor negro.

Ahora Pokrovsk, un par de horas al sur de Kramatorsk, es el último lugar donde se puede tomar un tren para salir del Donbás. Un tren medio vacío parte todas las tardes de ahí al oeste de Ucrania. Pero muchas personas ya se fueron; las pocas que quedan, en su mayoría, son de edad muy avanzada o tienen demasiado miedo de irse.

Antes de llegar a Kramatorsk, estuvimos en Zaporiyia, en el sur. (Una de nuestras muchas visitas a Zaporiyia). La guerra también se hizo presente ahí, más que nada en la forma de heridos y desplazados, pero a veces se manifestaba en misiles de crucero. La gente huyó a Zaporiyia desde Mariúpol, que está más de 160 kilómetros al este, donde, según los cálculos que los funcionarios ucranianos dieron a conocer en abril, unas 20.000 personas habían sido asesinadas desde el inicio de la guerra.

Conocí a Milena, de 11 años, en un hospital infantil de Zaporiyia. Había tratado de escapar de Mariúpol con su familia en un auto cuando se desató un ataque ruso. Le dispararon en el rostro. Cuando la vi estaba conectada a un respirador. Abrió los ojos un momento y de inmediato empezó a ahogarse, tuvieron que sedarla.

En una cama al lado de Milena estaba Masha, una niña de 15 años que iba caminando con su madre cerca de su casa en Polohy, una ciudad ubicada entre Zaporiyia y Mariúpol, cuando estalló un proyectil a unos 3 metros de distancia y las hirió a las dos. La metralla destrozó el brazo derecho de Masha y le fracturó el hombro; tuvieron que amputarle la pierna derecha por encima de la rodilla.

Milena ya está mucho mejor, pero las cicatrices en su rostro no le permitirán olvidar lo que vivió. Masha está recibiendo rehabilitación en Alemania; ella tampoco podrá olvidar lo sucedido. Muchos otros niños se encuentran en hospitales ucranianos con historias que no han sido contadas y una urgente necesidad de ayuda.

Zaporiyia, Kramatorsk y Pisky solían ser lugares con sus propias culturas y complexiones. Antes de la guerra, cuando pensaba en Zaporiyia lo que me venía a la mente era la hermosa isla de Jórtytsia en el río Dniéper o el ZAZ Zaporozhets, un auto icónico fabricado en la época soviética. Kramatorsk y Mariúpol eran la puerta de entrada al resto del Donbás. Pisky solía ser una de las localidades más ricas de Ucrania, donde las casas eran elegantes y los autos, costosos.

Ahora, cuando pienso en Zaporiyia, lo que viene a mi mente son las dificultades para respirar de Milena y el dolor de Masha. Kramatorsk es el horror de la estación de tren. Pisky es el teniente Gordiev con su entusiasmo y su té.

Cuando estuvimos en Pisky, Gordiev nos llevó a dar un recorrido fuera del refugio —sin cascos— y nos mostró las armas enviadas de Occidente. Nos explicó que las armas antitanque ligeras de próxima generación (NLAW, por su sigla en inglés) eran muy fáciles de usar. Pero necesitan muchas más. En esencia, estaban defendiéndose con lo que sobró de la época soviética y cocteles mólotov.

Después de Pisky, fuimos al oeste rumbo a Dnipró. Tres días después, Gordiev me envió un mensaje de texto: los rusos estaban tratando de abrirse paso de nuevo. “Todo está bien”, escribió, con la misma alegría de antes, “pero no todos sobrevivieron”, agregó. Planeaban quedarse y mantener su posición. “Rusia se detendrá donde nosotros la detengamos”, escribió. Cuando dice “nosotros” se refiere a Ucrania.

Según indican los registros, a principios de los años 2000, Pisky tenía 2160 habitantes. No sé cuántos tenía antes de que comenzara la invasión, pero para finales de abril, los militares nos dijeron que solo quedaban 11 civiles, en su mayoría de edad avanzada. Hace poco, partió otra familia, después de que un ataque directo con artillería destruyera su casa e hiriera a algunos de sus integrantes. En su puerta, sigue habiendo un letrero que dice: “Aquí vive una familia”, pero ya no residen ahí. Espero que estén en un lugar seguro.

© 2022 The New York Times Company

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